viernes, 26 de diciembre de 2025

LA EMBOSCADA COMANCHE: OCHO HORAS DE POLVO Y POLVORA.

 


El tren avanzaba con esfuerzo por la vasta soledad del norte. El hierro de las ruedas golpeaba los rieles como un aviso constante de presencia humana en territorio ajeno. En la década de 1840, viajar por aquellas tierras no era una comodidad moderna, sino un desafío abierto. A bordo iban comerciantes, arrieros, viajeros… y una cuadrilla taurina encabezada por el torero español Bernardo Gaviño y Rueda, acompañado por uno de sus hombres de mayor confianza, el banderillero Fernando Hernández. Ambos conocían el riesgo. 

Gaviño, figura ya asentada en la tauromaquia mexicana, sabía que los caminos —y ahora los rieles— del norte no distinguían fama ni oficio. Hernández, curtido en plazas y viajes, entendía que aquel tren no era solo transporte: era un blanco visible en tierras donde los comanches seguían imponiendo su ley. El convoy ferroviario partió de Durango rumbo a Chihuahua. Más de sesenta hombres viajaban en vagones de madera y hierro, atravesando una región donde la autoridad del Estado era frágil y la vida dependía del instinto. El tren ofrecía rapidez, pero también encierro. Cuando se detenía, no había escapatoria. El ataque fue fulminante. En un tramo aislado —recordado en la tradición como Palo Chico— el tren redujo la marcha. 


De pronto, los disparos. Los cristales estallaron. Desde ambos lados de la vía surgieron jinetes comanches, apareciendo entre el polvo con una coordinación implacable. El tren quedó prácticamente inmovilizado, convertido en una trampa sobre rieles. Lo que siguió no fue un asalto breve, sino una batalla prolongada. Durante horas —ocho, según la tradición— el combate se sostuvo alrededor y dentro del tren. Los comanches atacaban en oleadas, disparando desde la llanura y acercándose a los vagones. Dentro, los hombres se defendían como podían. Bernardo Gaviño, lejos del ruedo, empuñó un arma con la misma firmeza con la que había empuñado la espada ante el toro. No dio órdenes de torero, sino de superviviente. 

A su lado, Fernando Hernández resistía con igual determinación. Banderillero en la plaza, combatiente por necesidad en aquel instante. Cargaba, disparaba, auxiliaba a los heridos y volvía a defender su posición. No había jerarquías ni cuadrillas: solo hombres luchando por seguir con vida. El tren se llenó de humo, pólvora y gritos. Vagones perforados por balas, cuerpos cayendo sobre la madera manchada de sangre. La noche avanzó y con ella el agotamiento. Uno a uno, los defensores fueron cayendo. Los comanches, dueños del terreno, no cedían. Cuando el ataque cesó y el silencio regresó al lugar, el resultado fue devastador. De los más de sesenta hombres que viajaban en el tren, solo tres sobrevivieron: 
Bernardo Gaviño, herido, pero erguido. 
Fernando Hernández, exhausto, con el rostro y el alma marcados para siempre. 
Vicente Cruz, picador de la cuadrilla. 
Nada más. 


No hubo informes oficiales ni reconocimiento alguno. El ataque a un tren civil en tierras de frontera quedó fuera de los registros militares. 

Pero la historia sobrevivió. Pasó de boca en boca, fue recogida por cronistas taurinos y se transformó en relato, verso y leyenda. Y en todas las versiones aparecen juntos Gaviño y Hernández, no como matador y subalterno, sino como hombres que compartieron el mismo límite. Después, ambos volvieron a los toros. A las plazas, al aplauso, al riesgo conocido. 

Pero aquel episodio quedó grabado como una herida invisible. Para Gaviño, fue una prueba fuera del ruedo; para Hernández, una experiencia que lo definió para siempre. La emboscada comanche no fue solo una anécdota extrema. Fue un retrato del México de frontera, donde incluso los toreros viajaban armados y donde la vida podía perderse no ante un toro, sino dentro de un tren detenido a tiros en medio de la nada. Bernardo Gaviño y Fernando Hernández no fueron héroes de estatua. Fueron hombres de su tiempo, unidos por la profesión, el peligro y una supervivencia que los convirtió, sin buscarlo, en parte de la historia.

JOAO MOURA

 



João António Romão de Moura nació el 24 de marzo de 1960 en Portalegre. El mayor de dos hermanos, creció en el seno de una familia apasionada por la vida rural. Desde pequeño, João António mostró una especial predilección por los caballos, los toros y los galgos. Inspirado por su padre, quien montaba a caballo diariamente, empezó a tomar lecciones de equitación con la ferviente aspiración de convertirse en jinete. A los 3 años ya cabalgaba y, a los 7, en mayo de 1967, toreó su primera vaca en Portalegre, marcando el inicio de una brillante carrera. 

Con solo 10 años, debutó en la plaza de toros de Campo Pequeno alternando con figuras nacionales como João Branco Núncio y Mestre Batista. Su estilo único y progresión constante pronto lo destacaron en el mundo taurino. En 1976, a los 16 años, João Moura debutó en la prestigiosa plaza de Las Ventas de Madrid, cortando una oreja y obteniendo el trofeo "António Cañero". Ese año, Moura se consagró como un prodigio, atrayendo multitudes y ganando reconocimientos. En 1977, toreó 91 corridas, cortando 146 orejas y convirtiéndose en el "cabeza de escalafón" a los 17 años. El 11 de junio de 1978, tomó la alternativa en Santarém, apadrinado por el Maestro David Ribeiro Telles. Moura actuó en 77 ocasiones ese año, consolidando su renombre. 

En 1979, su regreso a Santarém fue histórico, toreando 7 corridas de toros, incluidas las legendarias Miuras, y revolucionando el toreo con su estilo personal. Entre 1981 y 1982, cruzó el Atlántico, deslumbrando en México y Colombia. A lo largo de su carrera, Moura acumuló innumerables triunfos y trofeos, siendo reconocido por la Real Federación Taurina de España y celebrando hitos como los 10, 20 y 30 años de su alternativa. João Moura llevó el nombre de Portugal a plazas de renombre mundial como Las Ventas de Madrid, La Maestranza de Sevilla, y Nimes, entre otras. Sus 9 salidas a hombros en Madrid son legendarias, solo superadas por Curro Romero. Momentos inolvidables incluyen su actuación en Santarém el 30 de septiembre de 1979, con un lleno total y un desempeño extraordinario con sus caballos taurinos. La continuidad de la dinastía Moura está asegurada por sus hijos João y Miguel, y sus sobrinos João Augusto y Benito. 

Las 9 salidas a hombros por la puerta principal de Madrid, por su importancia y carisma, quedan en la memoria de cualquiera. En cuanto a jinetes, sólo João Moura logró semejante hazaña histórica, e incluso en todo el universo taurino. Alternativa de João Moura Jr, apadrinar a cualquier caballero siempre es un honor, pero cuando se trata del propio hijo las emociones son aún más nobles y sentidas. 


La continuidad de la dinastía Moura estuvo asegurada por João que en Campo Pequeno el 3 de mayo de 2007 y en una noche memorable recibió a Alternativa. Pocas personas disfrutan de esta sensación, del paso del testimonio de padres a hijos, que la convierte en una noche muy memorable para cualquier torero. 

El talento de João Moura no solo elevó la reputación del toreo portugués, sino que también dejó una huella indeleble en la historia de la tauromaquia mundial. Monforte, su tierra natal, le rinde homenaje al nombrar su plaza de toros en su honor, perpetuando así su legado. João Moura, con su carisma y pasión, ha contagiado a generaciones de aficionados a la Festa Brava. Y cuando decida retirarse, lo hará a hombros, tal como vivió su brillante carrera: con grandeza y aplausos.

jueves, 25 de diciembre de 2025

FERNANDO VAN ZELLER

 


Fernando de Castro van Zeller Pereira Palha nació el 13 de abril de 1932 en Vila Franca de Xira, en la región del Ribatejo (Portugal), una ciudad profundamente vinculada a la cultura taurina portuguesa y cuna de una de las ganaderías más históricas de reses bravas del país. Su familia mantenía una estrecha relación con el mundo del toro desde hacía generaciones: su bisabuelo, Palha Blanco, dio nombre a la histórica plaza de toros de Palha Blanco de Vila Franca de Xira, y su primo, José van Zeller Pereira Palha, fue uno de los fundadores de la fiesta del Colete Encarnado en 1932, el mismo año del nacimiento de Fernando.  

Desde 1952 hasta 1955, Fernando de Castro actuó como torero a caballo, participando en festejos y vinculándose desde joven al arte taurino, práctica que formó parte de su formación dentro de la tradición ecuestre lusa. Tras su etapa como caballero, orientó su vida profesional al campo bravo. Fue responsable de su propia ganadería de reses bravas, fundada formalmente en 1973 en la Quinta da Foz, en Vila Franca de Xira, partiendo de vacas y sementales adquiridos de distintos encastes clásicos portugueses. Su trabajo como ganadero fue determinante para la conservación y recuperación de linajes antiguos de toro bravo en Portugal, y su vacada se caracterizó por mantener una extraordinaria variedad de colores de pelaje —incluidos berrendos, jaboneros, capirotes y ensabanados— constituyendo un caso inusual y prácticamente único en el toro de lidia mundial. 

Fernando de Castro combinó su labor ganadera con un compromiso social sostenido: durante décadas estuvo vinculado a la Santa Casa da Misericórdia de Vila Franca de Xira, donde ejerció funciones dirigentes y contribuyó a proyectos solidarios, en una trayectoria que le granjeó el respeto de aficionados, profesionales y vecinos. Falleció el 11 de febrero de 2016 en Vila Franca de Xira, a los 83 años de edad, tras una enfermedad prolongada, dejando tras de sí un legado de preservación genética del toro bravo y una profunda huella en la afición portuguesa al toro y la ganadería brava.