Hoy todos conocen la alternativa de un matador, pero hubo un tiempo en que también los picadores recibían solemnemente la vara que los acreditaba como profesionales. El 31 de mayo de 1914, en Madrid, se celebró la última de aquellas ceremonias. Con ella desaparecía una tradición que había sido símbolo del orgullo y del prestigio de uno de los oficios más duros del toreo.
31 DE MAYO DE 1914: LA ÚLTIMA ALTERNATIVA DE UN PICADOR, EL FINAL DE UNA TRADICIÓN OLVIDADA
La historia de la tauromaquia está llena de ceremonias que marcaron durante siglos la vida profesional de quienes vestían el traje de luces o formaban parte de una cuadrilla. Muchas de ellas han llegado hasta nuestros días, como la alternativa de los matadores o la confirmación en Madrid. Otras, sin embargo, desaparecieron con el paso del tiempo y hoy apenas son recordadas incluso por muchos aficionados.
Una de esas tradiciones olvidadas tuvo su último capítulo el 31 de mayo de 1914.
Aquella tarde, en la plaza de toros de Madrid, se concedió por última vez una alternativa a un picador. El protagonista fue Tomás Castillo “Relámpago”, que recibió la vara de manos de Manuel Gil “Cachiporra”. El toro de la ceremonia se llamaba “Matajacas” y pertenecía a la ganadería de Esteban Hernández.
Puede parecer un hecho menor visto desde la perspectiva actual, pero en realidad aquella ceremonia representó el final de una costumbre que durante generaciones había simbolizado el reconocimiento profesional de uno de los oficios más respetados y peligrosos de la tauromaquia.
CUANDO LA ALTERNATIVA NO ERA EXCLUSIVA DE LOS MATADORES
Hoy la palabra alternativa está asociada casi exclusivamente al momento en que un novillero se convierte en matador de toros. Sin embargo, durante los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX, no sólo los espadas podían recibirla.
También los picadores y los banderilleros accedían a su categoría profesional mediante una ceremonia pública que servía para reconocer oficialmente su capacidad y su antigüedad dentro del escalafón taurino.
La alternativa suponía una auténtica consagración profesional. No era un mero trámite. Significaba que el interesado había demostrado conocimientos, experiencia y valor suficientes para ejercer plenamente su oficio. Desde ese momento pasaba a formar parte de una categoría superior y obtenía el reconocimiento de sus compañeros.
En el caso de los picadores, además, la ceremonia tenía una particularidad que hoy resulta poco conocida. El nuevo picador debía demostrar públicamente sus condiciones actuando durante buena parte de la corrida. En la alternativa de Tomás Castillo “Relámpago”, como era costumbre entonces, tuvo que intervenir en los seis primeros tercios del festejo para acreditar ante el público y los profesionales que era digno de la nueva categoría que acababa de recibir.
LOS PICADORES: PROTAGONISTAS DE UNA ÉPOCA
Para comprender la importancia de aquella alternativa hay que recordar que el papel del picador en el toreo antiguo era muy diferente al actual.
Durante buena parte de los siglos XVIII y XIX el tercio de varas era uno de los momentos culminantes de la corrida. La bravura del toro se juzgaba principalmente por su comportamiento frente al caballo. El encuentro entre toro y picador despertaba una expectación enorme entre los aficionados.
De hecho, hubo épocas en las que algunos picadores gozaban de una popularidad comparable a la de los propios matadores. Sus nombres eran conocidos por el público y sus actuaciones eran comentadas en las tertulias taurinas con la misma intensidad que las faenas de los espadas.
Aquellos hombres eran considerados auténticos especialistas. Sobre ellos recaía una gran responsabilidad: medir la bravura del toro, dosificar el castigo y preparar las condiciones para el resto de la lidia.
Pero además desarrollaban su labor en circunstancias extremadamente peligrosas.
Los caballos acudían al ruedo sin los petos protectores que hoy conocemos. Las caídas eran frecuentes y muchas veces dramáticas. Los caballos resultaban destripados por los pitones y los propios picadores sufrían graves percances. No era extraño que acumularan fracturas, luxaciones y cornadas a lo largo de su carrera.
Precisamente por ello la profesión gozaba de un enorme prestigio. El valor demostrado en la suerte de varas era considerado una de las mayores credenciales que podía exhibir un torero.
EL ORGULLO PROFESIONAL DE LOS PICADORES
La consideración social y profesional que tenían los picadores queda perfectamente reflejada en una anécdota ocurrida apenas trece años antes de la última alternativa celebrada en Madrid.
El 5 de mayo de 1901 se celebró una corrida en la recién inaugurada plaza de Las Arenas de Barcelona. Estaban anunciados Antonio de Dios “Conejito” y José García “Algabeño”, que debían enfrentarse a seis toros de Eduardo Ibarra.
La corrida estuvo a punto de suspenderse antes incluso de comenzar.
Los picadores de la cuadrilla de “Conejito” —Manuel de la Haba “Zurito”, Agustín Molina y Ricardo Moreno “Onofre”— comunicaron que no pensaban actuar porque uno de los picadores de la cuadrilla rival, Emilio de Sales, no había hecho pública su alternativa.
A ojos de aquellos veteranos, alternar con alguien que no hubiera alcanzado oficialmente esa categoría suponía una falta de respeto a la profesión.
Ni las explicaciones de “Conejito” lograron hacerles cambiar de opinión. Hubo que recurrir a la intervención de la autoridad gubernativa, que determinó que Emilio de Sales tenía derecho a actuar porque ya había ejercido como picador en aquella plaza y debía ser considerado profesional de pleno derecho.
La situación llegó a tal extremo que se amenazó con la intervención de la Guardia Civil si persistían en su negativa.
La respuesta de “Zurito” pasó a la pequeña historia del toreo:
“No vamos a venir desde Córdoba para alternar con el primer gachó que se suba a un caballo”.
La frase puede parecer exagerada hoy, pero refleja perfectamente la importancia que aquellos hombres concedían a la alternativa y al prestigio profesional que representaba.
EL PRINCIPIO DEL FIN
A comienzos del siglo XX la tauromaquia estaba evolucionando rápidamente.
El protagonismo del espectáculo fue concentrándose cada vez más en la figura del matador. La prensa, los empresarios y el público dirigían su atención principalmente hacia los espadas, mientras que los integrantes de las cuadrillas fueron perdiendo presencia mediática.
Paralelamente, la organización profesional del sector se fue modernizando. Los reglamentos taurinos comenzaron a regular el acceso a la profesión mediante registros oficiales y escalafones, lo que hizo menos necesaria la existencia de ceremonias específicas para reconocer la condición profesional de picadores y banderilleros.
La alternativa dejó de ser un requisito práctico y fue perdiendo relevancia hasta desaparecer.
Por eso la celebrada por Tomás Castillo “Relámpago” en Madrid el 31 de mayo de 1914 quedó como la última de la que se tiene constancia.
UN CAMBIO QUE TRANSFORMÓ LA SUERTE DE VARAS
Curiosamente, aquella última alternativa se produjo apenas nueve años antes de otro acontecimiento que cambiaría para siempre la historia del tercio de varas: la implantación obligatoria del peto protector para los caballos en España.
La medida, adoptada en la década de 1920, redujo enormemente las lesiones sufridas por las monturas y transformó la percepción pública de la suerte.
Muchos historiadores consideran que ese cambio marcó el final definitivo de la época heroica de los picadores.
Hasta entonces, el encuentro entre toro y caballo era contemplado por los aficionados como una auténtica prueba de bravura y resistencia. Después, la corrida evolucionó progresivamente hacia un mayor protagonismo del toreo de muleta y de la figura del matador.
EL FINAL DE UNA LITURGIA TAURINA
La última alternativa de un picador no fue únicamente una curiosidad histórica.
Representó el final de una tradición que había acompañado a generaciones de profesionales y que formaba parte de la compleja liturgia de la tauromaquia clásica.
Aquellas ceremonias tenían un profundo valor simbólico. Convertían al aprendiz en maestro, otorgaban antigüedad, reconocían méritos y establecían una jerarquía respetada por todos los integrantes de la profesión.
Por eso la efeméride del 31 de mayo de 1914 merece ser recordada. Porque no sólo nos habla de Tomás Castillo “Relámpago”, de Manuel Gil “Cachiporra” o del toro “Matajacas”. Nos habla de un tiempo en que los picadores constituían una verdadera aristocracia profesional dentro del mundo taurino; hombres que se jugaban la vida sobre caballos desprotegidos y que defendían con orgullo una categoría cuya importancia fue tan grande que llegó a merecer una ceremonia propia de consagración.
Aquella tarde de Madrid se cerró silenciosamente una página de la historia del toreo. Una página que hoy, más de un siglo después, casi ha caído en el olvido.
Fuentes
Artículo "La alternativa de los picadores" en la revista especializada
La Suerte de Varas:
La Suerte de Varas
Voz "Alternativa (tauromaquia)" con referencias históricas y evolución del concepto:
Wikipedia - Alternativa (tauromaquia)
Información histórica sobre la evolución de la corrida y el papel del tercio de varas:
Historia de la corrida de toros.



















