viernes, 28 de agosto de 2026

Una mujer. Una torera. Una leyenda.

 




Un 09 de agosto de 1922,nace en Antofagasta, Chile, Concepción Cintrón Verrill, la mujer que la historia de la tauromaquia conocería como Conchita Cintrón y que, con el tiempo, recibiría el sobrenombre de «La Diosa Rubia». Su nacimiento fue chileno, pero su vida taurina tuvo esencialmente dos patrias: Perú, donde creció y comenzó a torear, y México, donde alcanzó la categoría de figura. Después vendrían España y Portugal, escenarios en los que su nombre quedó definitivamente inscrito en la historia. Desde muy niña mostró una pasión poco común por los caballos. Una de las anécdotas que mejor retratan aquella vocación cuenta que, mientras otras niñas jugaban con muñecas, ella prefería los caballos de cartón. Cuando hizo la Primera Comunión recibió como regalo un caballo de verdad y, según se ha contado, aquel fue uno de los días más felices de su infancia. 

Pero Conchita no quería limitarse a montar. A los doce años ingresó en la escuela de equitación del portugués Ruy da Câmara, quien se convertiría en su maestro y apoderado. Allí comenzó a familiarizarse con el rejoneo, mientras el célebre matador Diego Mazquiarán «Fortuna» le enseñaba los secretos del toreo a pie. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de su vida: Conchita Cintrón sería considerada una de las mejores rejoneadoras de su tiempo, pero lo que realmente amaba era torear a pie. Ella misma explicaría años después que prefería enfrentarse al toro cuerpo a cuerpo. El caballo era extraordinario, pero entre el torero y el toro, decía, existía una relación más íntima, más directa y más bella. 

DE LA PLAZA DE ACHO A LA GLORIA MEXICANA

Con apenas trece años, en enero de 1936, apareció por primera vez en público en la plaza de Acho, en Lima, dentro de un festival hípico-taurino. No tardaría en demostrar que aquello no era un capricho juvenil. El 31 de julio de 1938, en Tarma, Perú, se presentó como novillera y comenzó una carrera que pronto adquiriría dimensiones internacionales. Fue el gran matador mexicano Jesús «Chucho» Solórzano quien descubrió sus extraordinarias condiciones y contribuyó decisivamente a llevarla a México. El 20 de agosto de 1939, en la plaza de El Toreo de México, se produjo su presentación. 

El público acudió en buena medida movido por la curiosidad de ver a una muchacha enfrentarse a los toros, pero pronto comprendió que no estaba ante una simple atracción. Había torera. Entre 1939 y 1943 llegó a actuar en más de doscientas corridas y estoqueó varios centenares de toros. Las cifras exactas varían según las fuentes, pero todas coinciden en señalar la magnitud de aquella carrera. Y Conchita empezó a ganarse algo que ninguna campaña publicitaria podía concederle: el respeto de los públicos y de sus compañeros. 

UNA CORNADA Y UNA DE SUS LOCURAS DE VALOR 

Uno de los episodios que mejor explican su carácter ocurrió en México con el toro «Chiclanero». La res la hirió gravemente y Conchita quedó inconsciente. Fue trasladada a la enfermería. Cuando recuperó el conocimiento, se negó a permanecer allí. Quería volver. Regresó a la plaza, terminó su actuación y consiguió matar al toro de una estocada. Después volvió a desplomarse. Aquella escena resume a la mujer que había elegido el toreo como profesión: el miedo podía existir, pero nunca debía gobernar sus actos. No fue la única experiencia dramática. Durante su carrera estuvo presente en varias ocasiones en festejos en los que compañeros de profesión perdieron la vida. Vio de cerca la cara más terrible de la tauromaquia y, aun así, siguió toreando. 

«FORTUNA», SU MAESTRO 

Entre quienes contribuyeron a su formación estuvo Diego Mazquiarán «Fortuna», un torero de extraordinaria personalidad. «Fortuna» había pasado a la historia, entre otras cosas, por un episodio insólito: en 1928, en plena Gran Vía madrileña, se escapó un toro y él salió a enfrentarse con el animal, consiguiendo darle muerte. Aquel hombre de carácter legendario fue quien transmitió a Conchita muchos de los secretos del toreo. No deja de resultar curioso que una de las mujeres más rebeldes de la historia taurina aprendiera a torear de un hombre que también había demostrado que el valor podía aparecer en los lugares y circunstancias más insospechados. 

CONCHITA CINTRÓN LLEGA A ESPAÑA 

En 1945 llegó a España. El 23 de abril actuó en la Real Maestranza de Sevilla como rejoneadora y, semanas después, el 13 de mayo, se presentó en la plaza de Las Ventas de Madrid. Pero en España se encontró con un obstáculo que no había tenido que afrontar de la misma manera en América: las mujeres tenían prohibido torear a pie. Y para Conchita aquello era sencillamente inaceptable. Ella no había llegado a España para ser solamente rejoneadora. Quería hacer lo que sabía hacer y lo que más amaba. Consiguió torear a pie en algunos festejos y plazas donde se lo permitieron, entre ellas Ceuta y Melilla, además de participar en festivales y realizar tentaderos y actuaciones privadas. Pero la historia tenía reservado para ella un último y espectacular desafío. 

JAÉN, 18 DE OCTUBRE DE 1950 

La fecha quedó grabada para siempre en la historia de la tauromaquia femenina. Conchita Cintrón actuaba en Jaén, compartiendo cartel con Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez. Estaba anunciada como rejoneadora. Después de realizar su actuación a caballo quiso hacer lo que verdaderamente deseaba: bajarse del caballo y torear a pie. No le dieron permiso. Conchita hizo caso omiso. Tomó la muleta y se enfrentó al toro. Los alguacilillos intentaron impedirlo. Ella continuó. El público se puso de su parte y la plaza se convirtió en un auténtico tumulto. La torera fue detenida y conducida al palco presidencial. Lo que ocurrió después pertenece ya a la leyenda. La presión popular fue enorme y finalmente se permitió que regresara al ruedo. Recibió una extraordinaria ovación y dio varias vueltas al ruedo. Aquel día, Conchita no solamente había toreado un toro. Había toreado contra una prohibición. Y había ganado. Ella misma resumiría aquella decisión con una sencillez extraordinaria: «No pude evitarlo». 

LA «DIOSA RUBIA» TAMBIÉN FUE ESCRITORA 

Conchita Cintrón se retiró de los ruedos en 1950. Al año siguiente, el 5 de noviembre de 1951, contrajo matrimonio en Portugal con Francisco de Castelo Branco, sobrino de su antiguo maestro Ruy da Câmara. Se estableció en Portugal y tuvo seis hijos. Pero tampoco entonces desapareció del mundo taurino. Escribió artículos para periódicos de México y Perú, entre ellos Excélsior y El Comercio, y escribió sus memorias, que fueron publicadas en diferentes idiomas. Su libro llamó incluso la atención de Orson Welles, extraordinario aficionado a los toros, que escribió el prólogo. No podía ser de otra manera: Welles había quedado fascinado por aquella mujer que había conseguido convertir su propia vida en una aventura taurina. Y Conchita también dejó una frase que retrata perfectamente la intensidad con la que vivía su recuerdo: «Cuando escribo, lloro de pasión». 

VOLVIÓ AL MUNDO DEL TOREO 

En 1991, cuatro décadas después de retirarse, volvió a aparecer públicamente en un ambiente taurino. Fue en Nimes, con motivo de la presentación de la francesa Marie Sara, que comenzaba entonces su carrera como rejoneadora. Conchita, que había tenido que enfrentarse a las prohibiciones para abrirse camino, acudía ahora a respaldar a otra mujer que pretendía conquistar su propio lugar en los ruedos. Era, de alguna manera, el cierre perfecto de una historia. La mujer que había luchado por abrir una puerta para las toreras veía cómo, décadas después, otras mujeres podían atravesarla. 

EL FINAL DE UNA VIDA EXTRAORDINARIA 

17 de febrero de 2009. Lisboa. Conchita Cintrón murió a los 86 años, víctima de un paro cardíaco. Había nacido en Antofagasta, crecido en Lima, alcanzado la gloria en México, toreado en España, vivido en Portugal y recorrido buena parte del mundo. Fue rejoneadora. Fue novillera. Fue torera de a pie. Fue escritora y periodista. Pero, por encima de todo, fue una mujer que se negó a aceptar que alguien decidiera qué podía o no podía hacer dentro de una plaza de toros por el simple hecho de ser mujer. Quizá por eso su figura conserva todavía una fuerza especial. Porque Conchita Cintrón no fue únicamente una extraordinaria mujer a caballo. Fue una torera que, cuando le dijeron que no podía bajar del caballo, bajó. Cuando le dijeron que no podía coger la muleta, la cogió. Y cuando intentaron impedirle torear, toreó. Por eso, al cumplirse hoy 104 años de su nacimiento, merece ser recordada no solamente como «La Diosa Rubia», sino como una de las mujeres que con mayor valor, personalidad y determinación contribuyeron a cambiar la historia del toreo. Conchita Cintrón. Antofagasta, 9 de agosto de 1922 — Lisboa, 17 de febrero de 2009. 

Texto e ilustración de Antonio Román Romero Agosto de 2026

jueves, 27 de agosto de 2026

29 DE JUNIO DE 1905: HACE 121 AÑOS NACIÓ EL PASODOBLE TAURINO MÁS FAMOSO DEL MUNDO

 




Un 26 de junio de 1905, la plaza de toros de Valencia, se estrenó el inmortal pasodoble "Gallito", obra del compositor valenciano Santiago Lope Gonzalo. Lo que pocos saben es que esta música no fue dedicada a Joselito "El Gallo", como mucha gente cree, sino a su hermano mayor, Fernando Gómez Ortega, conocido precisamente como "Gallito". Aquel 29 de junio de 1905 se celebraba una corrida de novillos benéfica organizada por la Asociación de la Prensa de Valencia. 

Para dar mayor brillantez al festejo, encargaron a Santiago Lope varios pasodobles dedicados a los toreros anunciados. Compuso cuatro piezas: "Gallito", "Dauder", "Angelillo" y "Vito". Solo una de ellas acabaría convirtiéndose en leyenda. Fernando era el segundo hijo del mítico Fernando Gómez "El Gallo" y de la célebre bailaora Gabriela Ortega, "la Seña Gabriela". 
Hermano de Rafael "El Gallo" y de José Gómez Ortega "Joselito", pertenecía a una de las familias más importantes de la historia del toreo. Tomó la alternativa en México, aunque nunca llegó a confirmarla en Madrid. Su carrera como matador fue breve y terminó actuando como banderillero en las cuadrillas de sus hermanos. Nunca alcanzó la fama de Rafael ni la grandeza de Joselito, pero el destino le tenía reservada una inmortalidad inesperada. 

Cuando Fernando dejó de torear como matador, el pasodoble siguió sonando cada vez que hacía el paseíllo Joselito. Con el paso de los años, el público terminó asociando la música al llamado "Rey de los Toreros", y durante décadas se creyó erróneamente que la obra había sido compuesta para él. Sin embargo, las partituras originales y los documentos de la época dejan claro que el verdadero homenajeado fue Fernando Gómez Ortega. Con el paso del tiempo, "Gallito" dejó de pertenecer a un solo torero para convertirse en la banda sonora universal de la Fiesta. 

Su brillante introducción y su inolvidable trío han emocionado a generaciones de aficionados en plazas de España, Francia, Portugal y América, hasta ser considerado por muchos el pasodoble taurino más famoso de todos los tiempos. La historia guarda un desenlace tan triste como hermoso. Apenas un año después del estreno de "Gallito", Santiago Lope Gonzalo enfermó gravemente de cáncer de estómago y falleció en Burjassot el 25 de septiembre de 1906, con tan solo 35 años. 

Durante su entierro ocurrió un hecho que refleja mejor que ningún otro la grandeza de su legado: por expreso deseo de quienes acudieron a despedirlo, la Banda Municipal de Valencia interpretó "Gallito" mientras acompañaba el cortejo fúnebre. El pasodoble que él había estrenado apenas quince meses antes se convirtió así en su último homenaje Fernando Gómez Ortega no pasó a la posteridad por una gran faena ni por una tarde gloriosa, sino porque una obra maestra de la música taurina llevó su apodo para siempre. Cada vez que una banda interpreta los acordes de "Gallito", no solo revive el nombre de aquel discreto torero sevillano, sino también el genio de Santiago Lope Gonzalo, el músico que, sin imaginarlo, compuso hace 121 años la banda sonora eterna de la tauromaquia. 

Texto e ilustración Antonio Román Romero © Junio 2026.

CRÓNICA DE UN MITO: 177 AÑOS DEL DÍA EN QUE NACIÓ EL ENCASTE MIURA Y EL LEGADO DE SU FUNDADOR




El 26 de julio de 1849,se cumple un aniversario clave para entender la evolución del campo bravo en España Don Juan Miura Rodríguez cerró la compra de un lote de 200 vacas y 168 machos a José Luis Alvareda. Aquella transacción comercial no fue una simple compraventa de ganado; fue el acta de nacimiento de la vacada más célebre, temida e influyente de la historia taurina: la ganadería de Miura. Detrás de ese lote inicial se escondía una genealogía nómada. 

Las reses provenían de Don Pedro Echeverrigaray y eran oriundas de la histórica casta de los hermanos Gallardo, radicados en El Puerto de Santa María (Cádiz). Antes de eso, habían pertenecido al clérigo de Rota, Don Marcelino Bernaldo de Quirós, quien a su vez las adquirió de los monjes dominicos sevillanos del convento de San Jacinto. Sumando una compra previa realizada el 15 de mayo de 1842 a Gil Herrera, la familia unificó una sangre única que hoy en día pasta en la mítica finca de Zahariche, en Lora del Río (Sevilla). 

Para dimensionar este hito, resulta indispensable conocer la biografía del hombre que estampó su apellido en la leyenda: Juan Manuel Miura Rodríguez. Nacido en Sevilla el 27 de febrero de 1802 en el seno de una familia humilde de artesanos, inició su vida laboral de la forma más alejada posible del campo bravo, desempeñándose como un simple oficial de sombrerero. Contrajo matrimonio a los veinte años con la gaditana María Josefa Fernández, con quien llegó a procrear nueve hijos. Tras años de esfuerzo, Miura prosperó notablemente en el sector textil e industrial de la época, logrando establecer un taller propio en la plaza de La Encarnación y un reconocido despacho en la céntrica calle Sierpes de Sevilla. El giro definitivo en su vida ocurrió por la intensa vocación y persistencia de su hijo mayor, Antonio Miura Fernández, quien sentía una devoción absoluta por el campo y convenció a su padre de invertir la fortuna sombrerera en la compra de terrenos agrícolas y reses bravas. 

Juan Miura Rodríguez dirigió el rumbo de la ganadería brava con mentalidad empresarial hasta su fallecimiento el 8 de diciembre de 1854, legando a su descendencia un encaste que desafió los cánones establecidos de la fiesta nacional. El prestigio internacional de Miura se ha forjado con base en un respeto absoluto que, en varias ocasiones, se transformó en tragedia pura, poseyendo la dolorosa reputación de ser una de las divisas que más vidas de matadores se ha cobrado en los ruedos. La trágica lista negra la encabeza José Rodríguez "Pepete" en 1862, quien murió en la plaza de la Puerta de Alcalá de Madrid después de que el toro Jocinero le propinara una cornada en el corazón al salir al quite de un picador. 

 Años más tarde, en 1894, Manuel García "El Espartero", una de las máximas figuras de su época, perdió la vida en la misma plaza madrileña tras sufrir una brutal e instantánea cornada por parte del toro Perdigón. Sin embargo, el percance más universal y mítico aconteció el 28 de agosto de 1947 en la plaza de Linares, cuando el toro Islero —un astado de 495 kilos con el legendario hierro de la A con asas— asestó una letal cornada en el muslo derecho al monstruo cordobés Manuel Rodríguez "Manolete" en el momento de entrar a matar, terminando con la vida del coloso de la tauromaquia.A la par del peligro en el ruedo, la fiereza y el particular comportamiento de los miuras desataron sonados escándalos dentro y fuera del sector taurino. 

 Uno de los mayores conflictos históricos fue el célebre "Pleito de los Miuras" en 1908, una huelga formal encabezada por el matador Ricardo Torres "Bombita" en la que un grupo de toreros se unió para exigir cobrar el doble de sus honorarios habituales cada vez que se anunciaran con toros de esta ganadería, argumentando que el descomunal tamaño, su frialdad y su extrema capacidad para aprender rápido durante la lidia justificaban un caché especial. En tiempos más recientes, las polémicas han salpicado al hierro con acusaciones de "afeitado" (manipulación ilegal de las astas para restarles peligro). En 1984 sufrieron sanciones administrativas por manipulación de cornamentas en las ferias de Valencia y Huesca, una situación que volvió a encender las alarmas en 2009 en el coliseo de Arles (Francia) y en Madrid durante la feria de San Isidro de 2018, donde un examen veterinario dio positivo por presunto afeitado, desatando un terremoto en la prensa especializada, aunque la sanción fue finalmente anulada en 2020 por la justicia al no comprobarse la responsabilidad directa del ganadero. 

La influencia de esta divisa trascendió por completo las fronteras de la tauromaquia clásica e impactó la cultura popular internacional. El constructor italiano Ferruccio Lamborghini quedó tan impresionado tras visitar la finca andaluza de Zahariche en la década de los 60 que no solo adoptó el toro bravo como el emblema corporativo de su empresa, sino que inmortalizó los apellidos y los nombres de los toros más temibles de la casa en sus modelos de superdeportivos más radicales, dando vida a joyas del asfalto como el Lamborghini Miura, el Murciélago o el imponente Islero. A 177 años de aquella firma fundacional, el hierro de Miura sigue siendo el sinónimo definitivo de la emoción, el peligro y la historia viva del campo español. 

Existe otro elemento esencial en la génesis de la leyenda: el origen de su inconfundible hierro. Antes de dedicarse al ganado bravo, Juan Miura había adquirido un hato de reses mansas perteneciente al ganadero Antonio Cáriga. Cuando Antonio Miura Fernández decidió sustituir aquel ganado por reses de lidia, se negó a renunciar al hierro con el que durante años habían sido marcados aquellos animales y optó por conservarlo. Aquel anagrama formado por las letras "A" y "C", iniciales de Antonio Cáriga, fue adaptándose con el paso del tiempo hasta convertirse en la célebre "A con asas", una de las marcas ganaderas más reconocibles y prestigiosas de la historia de la tauromaquia. Paradójicamente, el hierro más famoso del toro bravo español nació identificando un ganado manso y terminó convertido en el símbolo universal del encaste más legendario del campo bravo. 

Texto e ilustración Antonio Román Romero ® Julio 2026. 

PABLO ROMERO: LA LEYENDA DE UN TORO IRREPETIBLE

 




Hablar de Pablo Romero es hablar de una de las ganaderías más legendarias de la historia del toro bravo. Su nombre evoca un toro de imponente presencia, de capa cárdena en muchas ocasiones, con una personalidad única y capaz de emocionar tanto al aficionado como al torero. Pero, ¿cómo nació esta leyenda y qué ocurrió para que hoy la conozcamos como Partido de Resina? Los orígenes de la ganadería se remontan al siglo XVIII, cuando una vacada de procedencia Gallardo fue pasando por diferentes propietarios hasta que, en 1885, llegó a manos de Felipe de Pablo Romero. 

Él no creó la ganadería desde cero, pero sí tuvo el enorme mérito de seleccionar durante años un tipo de toro con unas características muy definidas, hasta convertirla en una de las divisas más prestigiosas de España. Aunque oficialmente el encaste Pablo Romero procede de la antigua casta Gallardo, la realidad histórica es más compleja. Antes de llegar a la familia Pablo Romero, la ganadería ya había recibido aportaciones de otras castas como Jijona, Cabrera o Hidalgo-Barquero. 

Además, durante décadas han circulado rumores sobre la posible incorporación de sangre Saltillo en el primer tercio del siglo XX. Nunca se ha podido demostrar y la familia siempre lo negó, pero el notable cambio que experimentó el toro alimentó un debate que aún hoy sigue abierto entre historiadores y aficionados. El momento de mayor esplendor llegó entre los años treinta y finales de los sesenta. Aquellos toros reunían belleza, trapío, bravura y emoción como pocos. Eran corridas muy esperadas en todas las plazas y muchas figuras del toreo las anunciaban con orgullo. Para numerosos aficionados, el Pablo Romero de aquella época representa uno de los modelos más completos de toro bravo que ha existido. 

Sin embargo, a partir de los años setenta comenzaron las dificultades. La consanguinidad, la pérdida de casta y algunos problemas de fuerza hicieron que la ganadería iniciara un lento declive. La familia trató de recuperar el nivel mediante una rigurosa selección, pero finalmente, en 1997, decidió vender la vacada. La adquirió la sociedad Partido de Resina, que conservó el histórico hierro, la divisa, la antigüedad y toda la ganadería, aunque el nombre "Pablo Romero" quedó en poder de la familia. Desde entonces, las corridas se anuncian con el nombre de Partido de Resina. Lejos de buscar soluciones rápidas mediante cruces con otros encastes, los nuevos propietarios optaron por un camino mucho más difícil: recuperar la esencia del antiguo Pablo Romero trabajando exclusivamente con su propio patrimonio genético. 

Ha sido una labor paciente, desarrollada durante décadas, que ha permitido devolver a la ganadería buena parte de la casta, la movilidad y el carácter que siempre la hicieron diferente. Quizá el legendario toro de mediados del siglo XX sea irrepetible, porque la historia nunca vuelve exactamente sobre sus pasos. Pero Partido de Resina sigue representando hoy uno de los mayores esfuerzos por conservar un patrimonio genético único y una de las páginas más importantes de la historia de la tauromaquia. Algunas ganaderías producen toros. Otras, además, construyen leyendas. 

Texto e ilustración: Antonio Román Romero © Junio 2026 Ver menos

24 DE AGOSTO DE 1822: NACE NICOLÁS BARÓ, UN HOMBRE DE PLATA DE LA GRAN ESCUELA TAURINA DE CHICLANA

 




Se cumplen 204 años del nacimiento de Nicolás Baró, uno de aquellos toreros de plata cuya historia quedó inevitablemente ligada a una generación irrepetible de la tauromaquia española. Nicolás Baró nació el 24 de agosto de 1822 en Chiclana de la Frontera, Cádiz. 
Y nacer torero en la Chiclana de aquellos años significaba hacerlo en una tierra extraordinariamente fecunda para la fiesta de los toros. Antes que él habían destacado José Cándido y su hijo Jerónimo José Cándido, nombres fundamentales en la evolución de la lidia. Poco después, Chiclana daría al mundo del toreo a Francisco Montes «Paquiro», figura esencial en la configuración de la tauromaquia moderna, y a José Redondo «El Chiclanero», uno de los grandes rivales de Cúchares y una de las personalidades más admiradas del toreo romántico. 
En aquel ambiente nació Nicolás Baró. Sus primeros aprendizajes tuvieron lugar en las capeas y en el entorno del matadero, como ocurría con tantos jóvenes que aspiraban entonces a abrirse camino en la profesión. Sus condiciones debieron de llamar pronto la atención, pues llegó a trabajar a las órdenes de Francisco Montes «Paquiro» entre 1842 y 1845. No era poca escuela. Formar parte de la cuadrilla de Paquiro suponía aprender el oficio junto a uno de los hombres que más habían contribuido a ordenar, desarrollar y prestigiar la lidia moderna. Después pasó a formar parte de la cuadrilla de otro paisano suyo: José Redondo «El Chiclanero», con quien además estaba unido por vínculos familiares, pues era su cuñado. El Chiclanero llegó a confiar en las posibilidades de Nicolás Baró como espada. Por eso, durante una etapa de su carrera, Baró no se limitó a banderillear. Actuó en ocasiones como media espada y en 1850 figuró como sobresaliente en Madrid. 

Sin embargo, una grave cornada sufrida en Algeciras el 3 de junio de 1851 acabó por hacerle abandonar sus aspiraciones con la espada. Y quizá fue entonces cuando Nicolás Baró demostró una cualidad que no siempre acompaña a los hombres que quieren ser toreros: la capacidad de reconocer cuál era su verdadera condición. Porque si había probado fortuna como espada, su auténtico terreno estaba en las banderillas. Allí era donde realmente brillaba. Una semblanza de época lo describía como un banderillero joven, airoso, poderoso y ligero, «el que más luce en la suerte», aunque también señalaba su tendencia a ejecutar con excesiva precipitación ante los toros que no se arrancaban con claridad. Era, en definitiva, un torero de facultades y de personalidad, capaz de entusiasmar al público con los palos. Tras la muerte de José Redondo «El Chiclanero» en 1853, Nicolás Baró pasó a formar parte de la cuadrilla de Julián Casas «El Salamanquino», continuando así su carrera en una época en la que los banderilleros compartían con frecuencia cartel y cuadrilla con algunos de los nombres más importantes del toreo. Después trabajó a las órdenes de diversos matadores y nunca parece haberle faltado ocupación. Sus condiciones eran conocidas y apreciadas. 

Pero hubo un toro que contribuyó especialmente a consolidar su prestigio. Se llamaba «Caramelo», pertenecía a la ganadería de Saltillo y fue uno de aquellos animales difíciles que permanecieron durante años en la memoria de los aficionados. El toro puso en serios problemas al espada José Ponce, que tuvo que luchar mucho para darle muerte. Sin embargo, Nicolás Baró consiguió banderillearlo con una habilidad extraordinaria y dejó un par al cuarteo, clavando «en los mismos rubios», que, según la tradición taurina recogida posteriormente, hizo época. Aquella actuación resume bien lo que fue Baró. Quizá no estaba destinado a convertirse en una figura del toreo de oro. Pero sí era un hombre capaz de engrandecer un tercio y de hacer memorable una suerte de banderillas. Su vida, sin embargo, no fue fácil. Después de más de tres décadas de profesión, en 1875, cuando tenía 53 años, sufrió una caída de un carruaje que le fracturó el brazo izquierdo y le dejó prácticamente inutilizado para continuar ejerciendo su oficio. Gastó en su curación los escasos recursos de que disponía y terminó atravesando una situación económica difícil. Entonces ocurrió algo que hoy resulta especialmente significativo. Sus compañeros respondieron. 

El jueves 12 de agosto de 1875 se celebró una corrida en beneficio del antiguo banderillero de Chiclana. En ella participaron nada menos que Lagartijo y Frascuelo, junto al media espada Cosme González. Y Nicolás Baró quiso volver a vestirse de luces. Fue su última aparición. Con el brazo izquierdo inutilizado, salió vestido de encarnado y plata y todavía tuvo valor y facultades suficientes para banderillear utilizando únicamente el brazo derecho al toro de Veragua «Tortolito», lidiado en quinto lugar. Una escena que por sí sola define toda una época. La de aquellos toreros que, aun derrotados físicamente por los percances y por los años, no podían concebir fácilmente una vida alejada del ruedo. Retirado después en su Chiclana natal, vivió allí sus últimos años. 

Una referencia publicada en la prensa taurina histórica señala expresamente que, retirado desde 1875, falleció el 18 de febrero de 1905. Esta fecha parece hoy la más consistente frente a otras versiones posteriores que situaron erróneamente su muerte en 1874 o dieron fechas diferentes para 1905. Nicolás Baró murió, por tanto, a los 82 años. Había vivido prácticamente toda la historia de una generación. Conoció el esplendor de Paquiro. Formó parte de la cuadrilla de El Chiclanero. Vivió la muerte prematura de su cuñado. Continuó después con El Salamanquino. Trabajó durante más de treinta años en los ruedos. Intentó abrirse camino como espada, actuó como media espada y sobresaliente, pero terminó comprendiendo que su verdadera grandeza estaba en las banderillas. Y dejó, además, una historia de valor y dignidad que merece ser recordada: la de aquel viejo banderillero que, con un brazo prácticamente perdido para el oficio, volvió a vestirse de luces para despedirse de los toros poniendo todavía los palos con el otro. 

La historia de Nicolás Baró es también la historia de Chiclana y su extraordinaria tradición taurina. Una ciudad que dio a la tauromaquia nombres como Jerónimo José Cándido, Paquiro, El Chiclanero y Manuel Jiménez «El Cano», y que fue durante el siglo XIX una de las grandes cunas de toreros de España. Nicolás Baró quizá no ocupa hoy el lugar que merecería en la memoria colectiva. No fue una gran figura de oro. Pero fue algo igualmente importante. Fue uno de aquellos hombres de plata que sostuvieron la grandeza de una época, un banderillero que compartió ruedo con los grandes nombres del Romanticismo taurino y que tuvo la inteligencia de saber dónde estaba su auténtica categoría. 204 años después de su nacimiento, Chiclana tiene también en Nicolás Baró una página taurina digna de ser recordada. 

Texto e ilustración de Antonio Román Romero Agosto de 2026

¿DÓNDE SE HA IDO LA RAZA DEL TORO?

 




Hay algo que cualquier aficionado que conserve un mínimo de memoria taurina está viendo con demasiada frecuencia: las corridas se están llenando de toros mansos, descastados, sin raza, sin celo y sin verdadera capacidad para transmitir emoción. No hablo de un toro que, después de una pelea encastada, termine agotado. Eso ha ocurrido siempre. Hablo de otra cosa: de animales que salen sin interés, que no se emplean, que rehúyen la pelea, que se paran, que se defienden o que simplemente pasan por el ruedo sin decir absolutamente nada. Y cuando el toro no dice nada, la corrida tampoco tiene nada que decir. Porque conviene recordar algo elemental: el toro no es un elemento decorativo colocado en el ruedo para que el torero pueda exhibir su repertorio. 

El toro es la razón de ser de la corrida.Sin su bravura, su casta, su movilidad, su poder y su capacidad para exigir, la lidia pierde su fundamento. Una investigación basada en el análisis del comportamiento de 2.577 toros lidiados durante veinticinco años ha puesto de manifiesto una evolución muy significativa en los criterios de selección. El toro moderno ha sido orientado hacia una mayor nobleza y «toreabilidad», especialmente pensando en su comportamiento ante la muleta. Al mismo tiempo, han disminuido parámetros como la codicia, una de las manifestaciones de la casta, y han aumentado determinados signos relacionados con la mansedumbre o la falta de fuerza. Y aquí puede estar una de las claves del problema. Durante demasiado tiempo se ha confundido el toro bravo con el toro cómodo. Se ha buscado un animal que repita, que humille, que permita ligar muchos muletazos y que haga posible una faena larga. Todo eso puede ser magnífico si detrás existe raza. El problema comienza cuando, en nombre de la nobleza, se elimina el temperamento; cuando, buscando duración, se pierde la codicia; cuando se prefiere la docilidad a la emoción. Porque nobleza no es mansedumbre. Un toro verdaderamente bravo puede tener clase, humillar y repetir. Pero, además, debe querer pelear. Debe acudir con prontitud, perseguir el engaño, emplearse, crecerse ante el castigo y conservar ese fondo de poder y de raza que obliga al torero a imponerse. 
El toro que simplemente sigue una muleta porque se la ponen delante no es necesariamente bravo. Y otro error frecuente consiste en creer que agresividad equivale a bravura. Tampoco es así. Los estudios sobre el comportamiento del ganado de lidia distinguen claramente ambos conceptos: un animal puede resultar violento, incierto o difícil y, sin embargo, ser manso. La bravura se manifiesta en la decisión de atacar, la repetición, el celo, la movilidad y la capacidad de mantener la pelea. 

EL CABALLO HA PERDIDO IMPORTANCIA EN LA SELECCIÓN 

Éste es, probablemente, uno de los puntos fundamentales. La investigación de la Universidad de León sobre la evolución del toro lidiado señala expresamente que el toro predominante en nuestro tiempo se selecciona dando un peso muy importante a su comportamiento en la muleta, mientras que su comportamiento en el caballo ha dejado de tener la importancia que tuvo en otros tiempos. Y eso tiene consecuencias. Si el tercio de varas se convierte en un simple trámite y la selección deja de valorar suficientemente la respuesta del animal ante el caballo, estamos renunciando a una de las pruebas fundamentales para conocer el fondo del toro. No se trata de pedir castigos desmedidos ni de defender una lidia mal ejecutada. Se trata de preguntarnos si puede mantenerse intacto el concepto de bravura cuando una de las pruebas esenciales para medirla ha ido perdiendo protagonismo. 

EL MERCADO TAMBIÉN SELECCIONA 

El ganadero cría toros, pero no vive aislado del mundo. Cría para un mercado. Y ese mercado tiene nombres: empresarios, figuras, apoderados y un público que, muchas veces, ha sido educado para considerar bueno únicamente al toro que permite una sucesión interminable de muletazos. Cuando la demanda premia sistemáticamente al toro previsible, noble y cómodo, la selección acaba orientándose hacia ese modelo. No es una simple opinión: los trabajos sobre selección reconocen que las características que se valoran en el toro están condicionadas también por las características y exigencias de los distintos mercados y tipos de festejos. La bravura, además, posee variabilidad genética y puede ser objeto de selección. Es decir, lo que se selecciona termina apareciendo en el ruedo. Y quizá la pregunta incómoda sea ésta: ¿Estamos criando el toro que necesita la Fiesta o el toro que resulta más conveniente para una determinada forma de entender el toreo? 

MÁS HOMOGENEIDAD, MENOS SORPRESA 

La diversidad de encastes ha sido siempre una de las grandes riquezas del toro de lidia. Cada procedencia aportaba temperamentos, formas de embestir y dificultades diferentes. Sin embargo, la tendencia hacia determinados troncos genéticos y líneas de mayor demanda ha contribuido a una considerable uniformidad. La propia Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia de México recuerda que, en la actualidad, alrededor del 90 % de las divisas proceden de la casta Vistahermosa, mientras que la evolución de otros encastes ha quedado reducida o marginal. La uniformidad no significa necesariamente falta de bravura, pero sí puede significar menos diversidad de comportamientos. Y una Fiesta en la que todos los toros se parecen, todos embisten de forma parecida y todos están concebidos para responder al mismo modelo corre el riesgo de perder uno de sus principales atractivos: la incertidumbre. Porque el aficionado no debería saber de antemano cómo va a ser la corrida. 

TAMBIÉN EXISTEN PROBLEMAS DE MANEJO Y PREPARACIÓN 
 
No toda la culpa es genética. La condición física del toro, la alimentación, el transporte, el manejo, el estrés y el tiempo de permanencia en corrales y chiqueros pueden influir en su comportamiento posterior. Los estudios científicos han señalado que determinados niveles de nerviosismo y estrés previos a la lidia pueden relacionarse con una menor acometividad y codicia en el ruedo. Por tanto, cuando un toro se para, se viene abajo o pierde interés, no siempre estamos ante un problema exclusivamente de raza o selección. Pero tampoco podemos utilizar esas circunstancias para negar una evidencia: hay demasiadas corridas en las que la falta de raza se ha convertido en norma y la bravura auténtica en excepción. 

EL RESULTADO: UNA FIESTA SIN EMOCIÓN 

Y éste es el verdadero problema. Una corrida puede tener muletazos técnicamente perfectos, música, orejas, vueltas al ruedo y triunfos estadísticos. Pero si el toro no transmite peligro, poder, emoción ni capacidad de imponerse, al espectador le falta algo esencial. Porque la emoción taurina nace precisamente del enfrentamiento entre dos voluntades. Cuando una de ellas desaparece, queda una representación. Se podrá adornar, alargar y repetir. Se podrán dar cincuenta o cien muletazos. Pero la cantidad jamás sustituirá a la emoción. La Fiesta no necesita toros imposibles. Nadie sensato defiende eso. Pero tampoco necesita animales domesticados por una selección excesiva hacia la comodidad. Lo que necesita es el equilibrio perdido: un toro bravo, encastado, con movilidad, con clase si la tiene, pero también con poder; noble, sí, pero no aborregado; repetidor, sí, pero con codicia; toreable, pero capaz de exigir al torero. Porque un toro que no plantea ninguna pregunta difícilmente puede producir una respuesta extraordinaria. Y mientras sigamos confundiendo la bravura con la docilidad, la nobleza con la mansedumbre y la duración de una faena con su importancia, seguiremos viendo plazas en las que ocurre lo peor que puede ocurrir en una corrida de toros: "que no pase nada." 

Texto e imagen de Antonio Román Romero Agosto 2026 ®

LA PLAZA DE TOROS DE MONTSERRAT: EL BREVE Y OLVIDADO COSO TAURINO DEL BUENOS AIRES COLONIAL

 




26 de agosto de 1793. Esta fecha ha quedado vinculada a la inauguración oficial de la plaza de toros de Montserrat, en Buenos Aires, aunque la documentación histórica permite afirmar que el recinto ya se encontraba en funcionamiento desde febrero de 1791. 
Una precisión importante que no resta interés a la efeméride, sino que nos permite conocer mejor la historia de la que fue la primera plaza de toros permanente de la capital del Virreinato del Río de la Plata. Hasta entonces, las corridas se celebraban en la Plaza Mayor, la actual Plaza de Mayo. Para cada festejo era necesario levantar andamios y estructuras provisionales que, una vez terminada la función, debían desmontarse. En 1790, el maestro carpintero Raimundo Mariño propuso construir un recinto estable destinado exclusivamente a las corridas de toros. 
El lugar elegido fue el llamado Hueco de Montserrat, en la manzana comprendida aproximadamente entre las actuales calles Belgrano, Lima, Moreno y Bernardo de Irigoyen. Allí se levantó un coso de construcción principalmente de madera, con capacidad para unos 2.000 espectadores. Sus gradas, palcos y andamios acogían a un público diverso, mientras que las autoridades disponían de lugares privilegiados desde los que presenciar el espectáculo. Pero aquella plaza no nació solamente para satisfacer la afición taurina. Tenía también una finalidad económica muy concreta: contribuir a financiar el empedrado de las calles de Buenos Aires. 

La ciudad crecía y sus caminos se convertían en lodazales durante las lluvias y en incómodas polvaredas durante la estación seca. Los ingresos obtenidos por las corridas debían ayudar a resolver uno de los grandes problemas urbanos de la época. La plaza comenzó a funcionar en febrero de 1791 y casi inmediatamente surgieron los conflictos. El obispo trató de limitar la celebración de corridas en días festivos, lo que dio lugar a disputas entre las autoridades eclesiásticas y civiles. Finalmente, el virrey Nicolás Antonio de Arredondo autorizó las funciones en determinados días de precepto, entre ellos los domingos. La actividad taurina atraía a una multitud y, como suele ocurrir allí donde se concentra el público, alrededor del coso surgieron vendedores, negocios y todo un ambiente popular. La calle oficialmente llamada Aroma, utilizada para la entrada de los toros, recibió entre los vecinos el expresivo nombre de «calle del Pecado». 

Con el paso de los años, sin embargo, la presencia de la plaza comenzó a generar rechazo entre buena parte del vecindario. Se denunciaban problemas de tránsito, molestias, deterioro de la zona y la presencia de establecimientos y personajes de dudosa reputación atraídos por la actividad de los días de corrida. El recinto, además, resultaba pequeño y difícil de ampliar. Ya en 1796 algunos vecinos promovían su traslado. Durante sus aproximadamente ocho años de existencia se celebraron 114 corridas, que produjeron importantes ingresos: unos 7.200 pesos destinados al empedrado de las calles y otros 5.700 para el contratista. 

Pero el conflicto con los vecinos, las disputas sobre su explotación y las limitaciones del propio recinto terminaron por condenarlo. En 1799, por orden del virrey Gabriel de Avilés, comenzó la demolición de la plaza de Montserrat. El espectáculo taurino sería trasladado posteriormente a una nueva y mucho mayor plaza en el Retiro. La plaza de Montserrat desapareció físicamente hace más de dos siglos y de ella apenas han quedado representaciones directas. Por eso, la imagen que acompaña este artículo es una reconstrucción visual basada en los datos históricos conocidos: un recinto modesto, predominantemente de madera, levantado en el Buenos Aires colonial, con sus gradas, palcos y el ambiente popular que debió rodear aquellas corridas. 

Fue una plaza de vida breve, apenas ocho años, pero de enorme importancia histórica. Representó el paso de las corridas ocasionales celebradas en la Plaza Mayor a la creación de un recinto estable destinado al espectáculo taurino. Un pequeño coso de madera perdido en el tiempo, del que hoy apenas queda el recuerdo, pero que ocupa un lugar fundamental en la historia de la tauromaquia en el Río de la Plata. Para quien quiera profundizar en la investigación histórica, resulta especialmente recomendable el estudio académico de Bettina Sidy, La diversión de toros en Buenos Aires, basado en documentación de época y archivos históricos. 

Texto e ilustración de Antonio Román Romero ® Agosto 2026.

sábado, 13 de junio de 2026

IGNACIO VAZQUEZ

 



La historia de la tauromaquia está llena de nombres llamados a escribir páginas de gloria que, por caprichos del destino, quedaron detenidos antes de tiempo. Uno de esos casos es el de Ignacio Vázquez Silva, miembro de una de las sagas taurinas más importantes de Sevilla y hermano del matador Pepe Luis Vázquez Silva. 
Nacido en el seno de la histórica familia de los Vázquez, Ignacio era hijo del maestro Pepe Luis Vázquez Garcés, considerado una de las figuras más relevantes del toreo del siglo XX. Además, pertenecía a una auténtica dinastía taurina en la que también destacaron sus tíos Manolo, Antonio, Rafael y Juan Vázquez Garcés. Siguiendo la tradición familiar, Ignacio se enfundó el traje de luces siendo muy joven. 

Su debut como novillero sin picadores tuvo lugar el 18 de agosto de 1979 en Aroche (Huelva) despertando el interés de los aficionados por su apellido y por las esperanzas depositadas en él como continuador de una estirpe legendaria. El percance que truncó una carrera Pero apenas un año después llegaría la tragedia. 

El 15 de agosto de 1980, en la localidad cacereña de San Vicente de Alcántara, Ignacio sufrió un gravísimo accidente durante un festejo taurino. Según las referencias biográficas conservadas, el novillero se golpeó accidentalmente con el estoque, sufriendo un severo traumatismo en el ojo derecho. Las consecuencias fueron devastadoras: perdió completamente la visión de ese ojo. Aquel percance puso fin a su trayectoria taurina cuando apenas comenzaba. Mientras su hermano mayor Pepe Luis alcanzaría la alternativa y una larga carrera profesional, Ignacio se vio obligado a abandonar los ruedos antes de poder desarrollar todo su potencial. 

El episodio quedó grabado en la historia de la familia Vázquez como una de las más dolorosas tragedias sufridas por la dinastía sevillana. Una nueva vida lejos de los ruedos Sin embargo, Ignacio Vázquez Silva supo rehacer su camino. Tras abandonar el toreo decidió orientar su vida hacia los estudios universitarios y terminó ejerciendo como farmacéutico en el pueblo de Bormujos, Sevilla, profesión en la que desarrolló su actividad durante décadas. 


Su historia constituye un ejemplo de resiliencia: cuando el destino le cerró las puertas de la plaza, encontró una nueva vocación lejos de los focos y de la fama taurina. 

El recuerdo de un sueño interrumpido La muerte de su hermano, el matador Pepe Luis Vázquez Silva, en julio de 2024, volvió a traer a la memoria la historia de aquella familia irrepetible y de aquel joven novillero que vio truncados sus sueños por un accidente tan insólito como cruel. Hoy, Ignacio Vázquez Silva permanece como una figura casi olvidada para el gran público, pero su nombre sigue ocupando un lugar en la memoria de los aficionados como el torero que nunca pudo llegar a demostrar hasta dónde habría alcanzado su apellido en los ruedos. La foto es de su página de Facebook.

viernes, 12 de junio de 2026

LUCIO SANDÍN Y LA TARDE QUE DESAFIÓ TODOS LOS LÍMITES


 

La historia de la tauromaquia está jalonada de gestas, triunfos y tragedias. Entre estas últimas ocupa un lugar destacado la gravísima cogida sufrida por el novillero madrileño Lucio Sandín el 12 de junio de 1983 en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, un percance que le costó la pérdida del ojo derecho y que, sin embargo, no logró apartarle de los ruedos. Aquella tarde, Sandín, que contaba apenas diecinueve años y figuraba entre las más firmes promesas del escalafón novilleril, lidiaba a "Santanero", un ejemplar de la ganadería de Baltasar Ibán. 

La faena transcurría con interés hasta que el novillo, desarrollado y con sentido, prendió al torero de forma estremecedora al finalizar una serie con la mano derecha. El pitón alcanzó de lleno el rostro del novillero, provocándole la pérdida inmediata del globo ocular derecho y penetrando en la cavidad craneal. La gravedad de las lesiones hizo temer por su vida durante las horas siguientes. Los servicios médicos lograron estabilizarlo, pero nada pudo hacerse para salvar el ojo. La reacción de Sandín durante su recuperación contribuyó a convertir el episodio en uno de los más recordados de la tauromaquia contemporánea. Lejos de plantearse el abandono, manifestó desde el hospital su intención de volver a vestirse de luces. 

Y cumplió su propósito. Menos de tres meses después reaparecía en Medina del Campo, donde obtuvo un sonoro triunfo que simbolizó su victoria personal sobre la tragedia. 

Una de las secuelas más temidas 

La pérdida de un ojo constituye una de las consecuencias más severas que puede afrontar un torero. Más allá de la evidente lesión física, afecta a la percepción de las distancias, al cálculo de los terrenos y a la visión espacial, elementos fundamentales en el ejercicio del toreo. Pese a ello, la historia registra varios ejemplos de profesionales que lograron continuar sus carreras después de sufrir lesiones oculares irreversibles. Entre los casos más conocidos figura el de Juan José Padilla, quien perdió el ojo izquierdo tras la gravísima cornada sufrida en Zaragoza el 7 de octubre de 2011. Su rápida recuperación y posterior regreso a los ruedos lo convirtieron en uno de los símbolos de superación más destacados de la tauromaquia moderna. 

También el madrileño Javier Vázquez continuó ejerciendo como matador de toros después de perder la visión de un ojo a consecuencia de una cogida sufrida en la década de los noventa. Especialmente dramático fue igualmente el caso del sevillano Luis de Pauloba. El 31 de marzo de 1991, cuando era una de las grandes esperanzas del toreo andaluz, sufrió en Cuenca una espeluznante cornada que le penetró por la boca y le ocasionó gravísimas lesiones maxilofaciales. 
Como consecuencia del percance perdió la visión de un ojo, aunque logró recuperarse y alcanzar posteriormente la alternativa en la Maestranza de Sevilla en 1993, convirtiéndose en un ejemplo de fortaleza y perseverancia. 

La relación incluye asimismo al matador salmantino Juan José, que perdió un ojo siendo novillero y logró mantenerse en activo, así como al histórico Manuel Domínguez "Desperdicios" una de las figuras más destacadas del siglo XIX, que continuó toreando tras sufrir una grave lesión ocular. 

A esta nómina debe añadirse también el murciano Paco Ureña. El 14 de septiembre de 2018 sufrió una gravísima cornada en la plaza de Albacete cuando un toro de Alcurrucén le alcanzó en el ojo izquierdo mientras lo recibía de capote. Las lesiones fueron devastadoras: rotura del globo ocular, destrucción del nervio óptico y pérdida irreversible de la visión. Aunque los médicos lograron conservar inicialmente el ojo, posteriormente hubo de ser sustituido por una prótesis estética. Lejos de abandonar la profesión, Ureña regresó a los ruedos y continuó desarrollando una de las trayectorias más admiradas del toreo contemporáneo, convirtiéndose en otro ejemplo de superación frente a una de las secuelas más difíciles que puede afrontar un torero. 

No todos, sin embargo, siguieron ese camino. Ignacio Vázquez, perteneciente a una reconocida dinastía taurina, perdió un ojo al comienzo de su carrera y decidió abandonar definitivamente la profesión. 

El recuerdo de una tarde imborrable Cuarenta y tres años después, la cogida de Lucio Sandín continúa siendo evocada como uno de los episodios más impactantes de la historia reciente del toreo. No sólo por la brutalidad del percance, sino por lo que ocurrió después. La capacidad del novillero madrileño para sobreponerse a una lesión devastadora y regresar a los ruedos convirtió aquella tragedia en una historia de determinación y entrega. Un ejemplo que sigue ocupando un lugar destacado en la memoria de los aficionados y que recuerda hasta qué punto el ejercicio del toreo ha estado siempre ligado al riesgo, al sacrificio y a una voluntad de hierro. Al cumplirse un nuevo aniversario de aquel 12 de junio de 1983, la figura de Lucio Sandín permanece como testimonio de una de las páginas más duras y, al mismo tiempo, más admiradas de la tauromaquia contemporánea.

sábado, 30 de mayo de 2026

31 DE MAYO DE 1914: LA ÚLTIMA ALTERNATIVA DE UN PICADOR, EL FINAL DE UNA TRADICIÓN OLVIDADA

 



Hoy todos conocen la alternativa de un matador, pero hubo un tiempo en que también los picadores recibían solemnemente la vara que los acreditaba como profesionales. El 31 de mayo de 1914, en Madrid, se celebró la última de aquellas ceremonias. Con ella desaparecía una tradición que había sido símbolo del orgullo y del prestigio de uno de los oficios más duros del toreo. 

31 DE MAYO DE 1914: LA ÚLTIMA ALTERNATIVA DE UN PICADOR, EL FINAL DE UNA TRADICIÓN OLVIDADA 

La historia de la tauromaquia está llena de ceremonias que marcaron durante siglos la vida profesional de quienes vestían el traje de luces o formaban parte de una cuadrilla. Muchas de ellas han llegado hasta nuestros días, como la alternativa de los matadores o la confirmación en Madrid. Otras, sin embargo, desaparecieron con el paso del tiempo y hoy apenas son recordadas incluso por muchos aficionados. Una de esas tradiciones olvidadas tuvo su último capítulo el 31 de mayo de 1914. Aquella tarde, en la plaza de toros de Madrid, se concedió por última vez una alternativa a un picador. El protagonista fue Tomás Castillo “Relámpago”, que recibió la vara de manos de Manuel Gil “Cachiporra”. El toro de la ceremonia se llamaba “Matajacas” y pertenecía a la ganadería de Esteban Hernández. Puede parecer un hecho menor visto desde la perspectiva actual, pero en realidad aquella ceremonia representó el final de una costumbre que durante generaciones había simbolizado el reconocimiento profesional de uno de los oficios más respetados y peligrosos de la tauromaquia. 
 
CUANDO LA ALTERNATIVA NO ERA EXCLUSIVA DE LOS MATADORES

Hoy la palabra alternativa está asociada casi exclusivamente al momento en que un novillero se convierte en matador de toros. Sin embargo, durante los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX, no sólo los espadas podían recibirla. También los picadores y los banderilleros accedían a su categoría profesional mediante una ceremonia pública que servía para reconocer oficialmente su capacidad y su antigüedad dentro del escalafón taurino. La alternativa suponía una auténtica consagración profesional. No era un mero trámite. Significaba que el interesado había demostrado conocimientos, experiencia y valor suficientes para ejercer plenamente su oficio. Desde ese momento pasaba a formar parte de una categoría superior y obtenía el reconocimiento de sus compañeros. En el caso de los picadores, además, la ceremonia tenía una particularidad que hoy resulta poco conocida. El nuevo picador debía demostrar públicamente sus condiciones actuando durante buena parte de la corrida. En la alternativa de Tomás Castillo “Relámpago”, como era costumbre entonces, tuvo que intervenir en los seis primeros tercios del festejo para acreditar ante el público y los profesionales que era digno de la nueva categoría que acababa de recibir. 

LOS PICADORES: PROTAGONISTAS DE UNA ÉPOCA 

Para comprender la importancia de aquella alternativa hay que recordar que el papel del picador en el toreo antiguo era muy diferente al actual. Durante buena parte de los siglos XVIII y XIX el tercio de varas era uno de los momentos culminantes de la corrida. La bravura del toro se juzgaba principalmente por su comportamiento frente al caballo. El encuentro entre toro y picador despertaba una expectación enorme entre los aficionados. De hecho, hubo épocas en las que algunos picadores gozaban de una popularidad comparable a la de los propios matadores. Sus nombres eran conocidos por el público y sus actuaciones eran comentadas en las tertulias taurinas con la misma intensidad que las faenas de los espadas. Aquellos hombres eran considerados auténticos especialistas. Sobre ellos recaía una gran responsabilidad: medir la bravura del toro, dosificar el castigo y preparar las condiciones para el resto de la lidia. Pero además desarrollaban su labor en circunstancias extremadamente peligrosas. Los caballos acudían al ruedo sin los petos protectores que hoy conocemos. Las caídas eran frecuentes y muchas veces dramáticas. Los caballos resultaban destripados por los pitones y los propios picadores sufrían graves percances. No era extraño que acumularan fracturas, luxaciones y cornadas a lo largo de su carrera. Precisamente por ello la profesión gozaba de un enorme prestigio. El valor demostrado en la suerte de varas era considerado una de las mayores credenciales que podía exhibir un torero.

EL ORGULLO PROFESIONAL DE LOS PICADORES 

La consideración social y profesional que tenían los picadores queda perfectamente reflejada en una anécdota ocurrida apenas trece años antes de la última alternativa celebrada en Madrid. El 5 de mayo de 1901 se celebró una corrida en la recién inaugurada plaza de Las Arenas de Barcelona. Estaban anunciados Antonio de Dios “Conejito” y José García “Algabeño”, que debían enfrentarse a seis toros de Eduardo Ibarra. La corrida estuvo a punto de suspenderse antes incluso de comenzar. Los picadores de la cuadrilla de “Conejito” —Manuel de la Haba “Zurito”, Agustín Molina y Ricardo Moreno “Onofre”— comunicaron que no pensaban actuar porque uno de los picadores de la cuadrilla rival, Emilio de Sales, no había hecho pública su alternativa. A ojos de aquellos veteranos, alternar con alguien que no hubiera alcanzado oficialmente esa categoría suponía una falta de respeto a la profesión. Ni las explicaciones de “Conejito” lograron hacerles cambiar de opinión. Hubo que recurrir a la intervención de la autoridad gubernativa, que determinó que Emilio de Sales tenía derecho a actuar porque ya había ejercido como picador en aquella plaza y debía ser considerado profesional de pleno derecho. La situación llegó a tal extremo que se amenazó con la intervención de la Guardia Civil si persistían en su negativa. La respuesta de “Zurito” pasó a la pequeña historia del toreo: “No vamos a venir desde Córdoba para alternar con el primer gachó que se suba a un caballo”. La frase puede parecer exagerada hoy, pero refleja perfectamente la importancia que aquellos hombres concedían a la alternativa y al prestigio profesional que representaba. 
 
EL PRINCIPIO DEL FIN 

A comienzos del siglo XX la tauromaquia estaba evolucionando rápidamente. El protagonismo del espectáculo fue concentrándose cada vez más en la figura del matador. La prensa, los empresarios y el público dirigían su atención principalmente hacia los espadas, mientras que los integrantes de las cuadrillas fueron perdiendo presencia mediática. Paralelamente, la organización profesional del sector se fue modernizando. Los reglamentos taurinos comenzaron a regular el acceso a la profesión mediante registros oficiales y escalafones, lo que hizo menos necesaria la existencia de ceremonias específicas para reconocer la condición profesional de picadores y banderilleros. La alternativa dejó de ser un requisito práctico y fue perdiendo relevancia hasta desaparecer. Por eso la celebrada por Tomás Castillo “Relámpago” en Madrid el 31 de mayo de 1914 quedó como la última de la que se tiene constancia. 
 
UN CAMBIO QUE TRANSFORMÓ LA SUERTE DE VARAS 

Curiosamente, aquella última alternativa se produjo apenas nueve años antes de otro acontecimiento que cambiaría para siempre la historia del tercio de varas: la implantación obligatoria del peto protector para los caballos en España. La medida, adoptada en la década de 1920, redujo enormemente las lesiones sufridas por las monturas y transformó la percepción pública de la suerte. Muchos historiadores consideran que ese cambio marcó el final definitivo de la época heroica de los picadores. Hasta entonces, el encuentro entre toro y caballo era contemplado por los aficionados como una auténtica prueba de bravura y resistencia. Después, la corrida evolucionó progresivamente hacia un mayor protagonismo del toreo de muleta y de la figura del matador. 

EL FINAL DE UNA LITURGIA TAURINA 

La última alternativa de un picador no fue únicamente una curiosidad histórica. Representó el final de una tradición que había acompañado a generaciones de profesionales y que formaba parte de la compleja liturgia de la tauromaquia clásica. Aquellas ceremonias tenían un profundo valor simbólico. Convertían al aprendiz en maestro, otorgaban antigüedad, reconocían méritos y establecían una jerarquía respetada por todos los integrantes de la profesión. Por eso la efeméride del 31 de mayo de 1914 merece ser recordada. Porque no sólo nos habla de Tomás Castillo “Relámpago”, de Manuel Gil “Cachiporra” o del toro “Matajacas”. Nos habla de un tiempo en que los picadores constituían una verdadera aristocracia profesional dentro del mundo taurino; hombres que se jugaban la vida sobre caballos desprotegidos y que defendían con orgullo una categoría cuya importancia fue tan grande que llegó a merecer una ceremonia propia de consagración. Aquella tarde de Madrid se cerró silenciosamente una página de la historia del toreo. Una página que hoy, más de un siglo después, casi ha caído en el olvido. 

Fuentes
Artículo "La alternativa de los picadores" en la revista especializada 
La Suerte de Varas: La Suerte de Varas 
Voz "Alternativa (tauromaquia)" con referencias históricas y evolución del concepto: Wikipedia - Alternativa (tauromaquia) Información histórica sobre la evolución de la corrida y el papel del tercio de varas: Historia de la corrida de toros.

sábado, 23 de mayo de 2026

LAS ENFERMERÍAS TAURINAS: pasado y presente.




Hubo un tiempo en España en que las enfermerías de las plazas de toros eran poco más que una habitación improvisada: una mesa de madera, un barreño con agua, vendas reutilizadas y la voluntad de salvar vidas con lo mínimo. En muchos pueblos, durante las fiestas patronales, aquello representaba la frontera exacta entre la vida y la muerte. Las plazas de toros de antaño, especialmente las rurales, portátiles o desmontables, carecían muchas veces de medios adecuados. 

No existían quirófanos modernos, ni anestesia avanzada, ni ambulancias medicalizadas esperando a las puertas del coso. El médico del pueblo, el practicante y, en ocasiones, incluso el veterinario, se enfrentaban a cornadas brutales con instrumental escaso y conocimientos limitados para heridas tan complejas. 
Y aun así, luchaban. 

Porque una cornada no es una herida cualquiera. Los cirujanos taurinos siempre han explicado que el pitón “entra y destroza”, desgarrando músculos, arterias y órganos de manera imprevisible. Muchas muertes no se producían por la gravedad inmediata de la cogida, sino por hemorragias imposibles de controlar, infecciones posteriores o por la tardanza en trasladar al herido hasta un hospital. ¿Cuántas vidas se habrían salvado con una enfermería moderna? Probablemente cientos. 

Durante décadas, en numerosas plazas de pueblo, las condiciones sanitarias fueron dramáticas. Algunas enfermerías se instalaban en cuadras, almacenes o habitaciones anexas sin ventilación ni higiene adecuadas. En capeas y festejos populares se atendía a heridos sobre simples camillas portátiles o incluso en una silla. La rapidez lo era todo, pero la cirugía taurina todavía estaba naciendo. Los propios especialistas recuerdan que en las décadas de 1950 y 1960 era frecuente operar prácticamente con lo mínimo, reutilizando instrumental y atendiendo varias cornadas simultáneamente durante encierros y festejos. Sin embargo, las tragedias también impulsaron avances. A partir del siglo XX, y especialmente desde los años 60, comenzaron a establecerse reglamentos específicos sobre las enfermerías taurinas.

Poco a poco se exigieron quirófanos, material de reanimación, oxígeno, instrumental quirúrgico, sistemas de evacuación y personal médico especializado. La cirugía taurina terminó convirtiéndose en una auténtica especialidad médica. Casos como la muerte de Francisco Rivera “Paquirri” en Pozoblanco en 1984 marcaron un antes y un después. 

Muchos especialistas señalaron entonces la gravedad de la cornada, pero también la insuficiencia de medios quirúrgicos avanzados en la enfermería de la plaza y la dificultad para controlar la hemorragia antes del traslado hospitalario. La muerte de José Cubero “Yiyo” en 1985 y, décadas después, la de Víctor Barrio en 2016, reabrieron el debate sobre la seguridad sanitaria en los festejos taurinos y la importancia de contar con equipos médicos preparados para actuar en segundos. 

Porque detrás del brillo del traje de luces existe otra batalla silenciosa: la de médicos, practicantes, enfermeros y cirujanos peleando contra el reloj para arrancarle vidas a la muerte. Y muchas veces, con más valentía que medios. Los datos médicos son contundentes. Diversos estudios reflejan que la mayoría de los heridos no se producen en las grandes corridas, sino en encierros y festejos populares. 

Un estudio publicado en Cirugía Española analizó 271 festejos y contabilizó 516 heridos, siendo los encierros los eventos con mayor número de lesionados por celebración. Actualmente, las comunidades autónomas con más incidencias registradas son Navarra —especialmente durante San Fermín—, la Comunidad Valenciana, Castilla y León y Castilla-La Mancha. La Comunidad Valenciana merece un capítulo aparte. Cada año celebra miles de “bous al carrer” y concentra centenares de cogidas, convirtiéndose en uno de los territorios con mayor presión sanitaria taurina del país. Y ya no hablamos solo de toreros profesionales. 

La mayoría de víctimas actuales son aficionados, corredores de encierros o participantes de festejos populares. Personas sin experiencia, jóvenes e incluso mayores de 65 años aparecen cada verano entre los heridos graves. Mientras tanto, las grandes plazas han evolucionado enormemente. Hoy cuentan con auténticas unidades médico-quirúrgicas capaces de intervenir de inmediato: quirófanos completos, respiradores, anestesia avanzada, equipos de reanimación y cirujanos especializados en trauma taurino. Muchas de estas enfermerías están consideradas auténticas unidades de guerra. Pero el debate sigue abierto en los festejos pequeños: ¿están todos realmente preparados para responder a una cornada grave? 
Porque una cornada sigue siendo una de las heridas más destructivas que existen. 
El pitón no corta: desgarra. 
Rompe arterias. 
Perfora órganos. 
Y crea trayectorias imprevisibles dentro del cuerpo humano. 
Por eso, en el mundo taurino, cada minuto cuenta. 

FUENTES CONSULTADAS: • Biblioteca Digital de Castilla y León. • Estudios médicos publicados en Cirugía Española sobre lesionados en festejos taurinos. • Reglamentos taurinos autonómicos sobre servicios médico-quirúrgicos. • Estadísticas sanitarias de festejos populares en España. • Documentación histórica sobre cirugía taurina y enfermerías de plazas de toros. 

Imagen: El cadáver de Antonio Carpio es trasladado desde la enfermería de la plaza al hospital de Astorga.

domingo, 17 de mayo de 2026

La Doble Lidia en los Siglos XVIII y XIX: Análisis Histórico de los Toros Retornados al Ruedo Área: Crónica y Documentación Histórica de la Tauromaquia

 


En la tauromaquia contemporánea, el indulto representa un salvoconducto biológico absoluto. Una vez que un astado gana el perdón en la arena debido a sus excepcionales condiciones de bravura, nobleza y trapío, su destino queda confinado exclusivamente a las dehesas como semental. No obstante, el corpus reglamentario e institucional del siglo XIX distaba ostensiblemente de estos criterios, permitiendo episodios hoy considerados inverosímiles: la devolución de toros indultados y curados a las plazas para cumplir una segunda lidia. 1. Contexto Histórico y Fundamento Normativo Durante la centuria decimonónica, la consideración del toro indultado poseía matices más comerciales y pragmáticos que puramente preservacionales. 

El indulto no siempre emanaba de una estricta valoración zootécnica para la mejora de la cabaña brava, sino que en numerosas ocasiones constituía una respuesta al fervor popular o a la suspensión imprevista del festejo por causas de fuerza mayor. Tras ser curados en los corrales o en las dehesas de origen, no era extraño que los ganaderos o las propias empresas organizadoras —amparadas en la ausencia de un marco reglamentario unificado que lo impidiese— optaran por rentabilizar nuevamente la fama y el trapío del animal, reintegrándolo a los carteles de ferias posteriores. 

 2. Casuística Documentada 

Caso I: «Libertado» — El Utrero de Don Vicente Romero Origen: Ganadería de D. Vicente Romero y García (Jerez de la Frontera, 1864 / Cádiz, 1869) Registro Bibliográfico: José Corralero y Burgos (1908). De acuerdo con las crónicas recopiladas de la época, el toro «Libertado» fue lidiado inicialmente en la plaza de Jerez de la Frontera el 22 de diciembre de 1864. Clasificado primitivamente en los libros de campo como un "utrero, desecho de tienta" (ejemplar que inicialmente no cumplía con las expectativas de la casa), superó con creces toda estimación inicial al protagonizar un tercio de varas descomunal: tomó treinta y seis puyazos y causó la muerte de seis caballos. A instancias del respetable y en atención a su incombustible fondo, se le perdonó la vida, retornando a manos de su criador. Tras sanar de sus graves heridas, permaneció padreando en la dehesa durante tres años. Sin embargo, su ciclo vital en el campo se vio interrumpido al ser embarcado y lidiado por segunda vez en la plaza de Cádiz el 16 de mayo de 1869, donde volvió a ratificar sus extraordinarias condiciones de casta ante la expectación pública. 

Caso II: «Morriones» — El Coloso de Cabra Origen: Ganadería por determinar (Cabra, Córdoba, 1878 / 1882) Registro Bibliográfico: Archivo de Efemérides de J.M. Cossío. Un suceso de idéntica naturaleza cronológica fue el de «Morriones», toro lidiado en primer término en la localidad cordobesa de Cabra en el año 1878. Aquella tarde, el astado desarrolló un sentido de la acometividad tan violento que desbordó a las cuadrillas, hiriendo de gravedad a varios picadores y dando muerte a ocho equinos. Manuel Fuentes «Bocanegra» consumó una faena de gran exposición antes de que el público forzara su gracia. Tras cuatro años ejerciendo funciones de reproducción en la dehesa, la empresa local, con el fin de capitalizar el mito popular arraigado en la comarca, pactó su regreso al mismo redondel en 1882. En esta segunda comparecencia, el animal, con las resabias y el "sentido" lógicos de su experiencia previa, ofreció una lidia sumamente peligrosa, buscando los muslos antes que las telas, siendo finalmente estoqueado con gran dificultad por el diestro José Machío. 

Caso III: «Elefante» — El Criterio del Retorno en el Toreo Americano Origen: Ganadería por determinar (Ciudad de México, Plaza de San Rafael, 1887 / Plaza de Bucareli, 1889) Registro Bibliográfico: Hemeroteca de El Arte de la Lidia.

La práctica de la doble lidia también cruzó el Atlántico. En julio de 1887, en la desaparecida Plaza de San Rafael de la capital mexicana, saltó al ruedo un imponente astado bautizado como «Elefante». Su casta frente a la cabalgadura fue de tal magnitud que llegó a recibir la cifra récord de cuarenta varas, agotando la existencia de monturas disponibles en los patios. En los prolegómenos del tercio de muerte, sobrevino un fuerte diluvio torrencial que anegó por completo el ruedo, decretándose la suspensión del festejo y el regreso forzado del toro vivo a los corrales. Lejos de ser destinado de por vida al campo de labor o semental, dos años después —el 10 de marzo de 1889— la empresa de la Plaza de Bucareli decidió anunciarlo nuevamente como el gran atractivo comercial del cartel. El espada Ponciano Díaz asumió la lidia de un ejemplar que ya conocía los engaños, evidenciando las enormes dificultades que plantean los toros resabiados que conocen el curso de la lidia y cuyo comportamiento distaba por completo de la embestida franca de su primera tarde. 3. Conclusiones y Evolución Veterinaria La paulatina regularización de los espectáculos taurinos y la redacción de los primeros reglamentos unificados a finales del siglo XIX y principios del XX clausuraron definitivamente la posibilidad de la doble lidia. 

Desde la perspectiva de la tauromaquia moderna, este fenómeno se erradicó bajo estrictos criterios de seguridad, lógica y sentido común. El toro de lidia posee una extraordinaria memoria asociativa; una vez que ha experimentado el estímulo del capote, la muleta y el castigo de las armas, desarrolla de forma inmediata un aprendizaje cognitivo y defensivo (denominado técnicamente "sentido"). En una segunda salida, el animal ignora el engaño textil, calcula las distancias y dirige sus embestidas de manera certera hacia el cuerpo del lidiador, tornando la lidia en un ejercicio impracticable y potencialmente mortal. 

Fuentes Documentales y Bibliográficas 
Corralero y Burgos, José (1908). Toros célebres: Resumen histórico de las lidias más notables ejecutadas en las plazas de España desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Imprenta de la Viuda de J. Ducazcal, Madrid. (Pág. 183, registro del toro «Libertado»). 
Cossío, José María de (1943). Los Toros: Tratado técnico e histórico. Tomos I y II. Editorial Espasa-Calpe, Madrid. (Sección de efemérides y anales de toros célebres de los siglos XVIII y XIX). 
Sánchez de Neira, José (1896). Gran Diccionario Taurino: Colectador de noticias históricas y biográficas de cuantos revisten interés en el arte de lidiar los toros. Imprenta de Alaria, Madrid.
 
Archivos Históricos de la Prensa Taurina Mexicana (1887-1889). Reseñas de las corridas de las Plazas de San Rafael y Bucareli. Periódicos especializados: El Arte de la Lidia y La Muleta, Ciudad de México.

jueves, 2 de abril de 2026

CANDIDO LOPEZ CHAVES






Cándido López-Chaves Galache fue un destacado rejoneador español, nacido el 15 de enero de 1935 en Ledesma, Salamanca. Desde 1950 residió en Segovia, donde desarrolló gran parte de su carrera profesional. Su trayectoria en el mundo del rejoneo alcanzó su apogeo en las décadas de 1960 y 1970, período en el que se consolidó como una figura prominente en las principales ferias taurinas de España. Iniciado en el arte del rejoneo bajo la tutela de su padre, Cándido López-Chaves Vicent, Cándido destacó por su destreza y elegancia en la plaza. Actuó en ferias de renombre como Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao y Valencia, compartiendo cartel con figuras consagradas del rejoneo como Ángel y Rafael Peralta, Álvaro Domecq, Manuel Vidrié, Joao Moura y Javier Buendía. 

Durante un período de dos años, formó una exitosa pareja artística con su hermana Lolita López-Chaves, liderando juntos el escalafón de rejoneadores y sumando un gran número de festejos y triunfos en las plazas más importantes del país. En una temporada particularmente destacada, Cándido llegó a participar en 73 corridas de rejones. Su retirada de los ruedos fue progresiva, iniciándose en 1977 y culminando en 1988. Ese año, fue homenajeado en un festival celebrado en Ortigosa del Monte (Segovia), donde compartió cartel con destacados rejoneadores como Javier Buendía, Álvaro Domecq, Manuel Vidrié, Curro Bedoya y Joao Moura. El evento fue un éxito artístico y emotivo, destacando especialmente la actuación de Cándido López-Chaves . 

Conocido cariñosamente como "Popi" por sus allegados, Cándido dedicó sus años posteriores al rejoneo a su otra gran pasión: los caballos. Reconocido como un gran jinete tanto en la plaza como fuera de ella, transmitió sus conocimientos ecuestres a sus hijos, Tito y Carmen, con quienes estableció una escuela de equitación de alto nivel. Cándido López-Chaves Galache falleció el 26 de diciembre de 2008 en Segovia, a los 73 años de edad

lunes, 2 de marzo de 2026

JOAQUIM JOSÉ CORREIA (QUIM ZE)

 


Joaquim José Correia "Quim Ze": Una Promesa Truncada del Toreo a Caballo Joaquim José Antunes Correia, conocido en los carteles como "Quim Zé", nació el 16 de octubre de 1945 en Évora, Portugal. Desde muy joven sintió una fuerte atracción por la tauromaquia, mostrando una notable habilidad para el rejoneo y consolidándose como una de las grandes promesas del toreo a caballo portugués de los años 60. A lo largo de su trayectoria inicial, tuvo la oportunidad de aprender de dos grandes maestros del rejoneo, Simão da Veiga y António Anão, quienes influyeron en su estilo y le transmitieron la esencia de la equitación taurina portuguesa. 

Tras sus primeras actuaciones como aficionado, "Quim Zé" fue adquiriendo experiencia y reconocimiento en el circuito taurino, hasta que el 18 de abril de 1965, en la Monumental de Campo Pequeno, recibió la alternativa de manos del renombrado rejoneador José Athayde. La ceremonia, celebrada en un ambiente de gran expectación, marcó el inicio oficial de su carrera profesional y lo posicionó como una de las figuras emergentes del rejoneo luso. Su estilo elegante, su valentía y su extraordinaria conexión con los caballos lo convirtieron en un torero de gran proyección, capaz de rivalizar con figuras consolidadas como José Mestre Batista. Durante la temporada de 1966, toreó en numerosas plazas, destacando especialmente sus actuaciones en Lisboa, donde formó parte del cartel de la IV Corrida TV y de la corrida de la reaparición del matador español Juan García "Mondeño". 




El 16 de octubre de 1966, en la Plaza de Toros de Campo Pequeno, se celebró la tradicional Fiesta de Fin de Temporada, un festival benéfico a favor del Orfanato-Escuela Santa Isabel. Aquella tarde lluviosa, "Quim Zé" cabalgaba sobre "Tirol" cuando el toro "Carvoeiro", de la ganadería de Rio Frio, se abalanzó sobre la montura. En un trágico instante, el caballo resbaló sobre el suelo mojado, cayendo aparatosamente y dejando a su jinete expuesto. El toro lo embistió violentamente, provocándole heridas mortales. Inconsciente, fue trasladado al Hospital de Santa María, donde ingresó en estado de muerte cerebral. Horas después, falleció, precisamente el día de su 21º cumpleaños. La trágica noticia conmocionó a la afición portuguesa y al mundo taurino en general. 

Su funeral se convirtió en un multitudinario homenaje, con un cortejo que, por primera vez en la historia, cruzó el recientemente inaugurado Puente Salazar. La dimensión de la pérdida se hizo evidente en las muestras de afecto y respeto recibidas por su familia y amigos, así como en los numerosos artículos que la prensa taurina dedicó a su memoria. En reconocimiento a su talento y entrega a la tauromaquia, la Casa da Imprensa le concedió póstumamente el Premio Bordalo en la categoría de "Tauromaquia", una distinción que también recibirían posteriormente otros grandes toreros como José Júlio y Ricardo Rhodes Sérgio. 

A pesar de su corta carrera, Joaquim José Correia dejó una huella imborrable en la historia del rejoneo portugués. Su nombre permanece junto al de otras figuras que, como él, desafiaron la suerte en la arena y encontraron en ella su destino final. "Quim Zé" fue el segundo caballero rejoneador en perder la vida en la plaza de Campo Pequeno, tras la muerte de Fernando de Oliveira en 1904. Su historia, trágica y apasionada, es un recordatorio de la grandeza y el riesgo que encierra la tauromaquia. En su corta pero intensa carrera, demostró su pasión por el arte del rejoneo, convirtiéndose en un símbolo de entrega y valentía, y dejando en la memoria taurina el eco de su infortunado destino.