Hubo un tiempo en España en que las enfermerías de las plazas de toros eran poco más que una habitación improvisada: una mesa de madera, un barreño con agua, vendas reutilizadas y la voluntad de salvar vidas con lo mínimo. En muchos pueblos, durante las fiestas patronales, aquello representaba la frontera exacta entre la vida y la muerte.
Las plazas de toros de antaño, especialmente las rurales, portátiles o desmontables, carecían muchas veces de medios adecuados.
No existían quirófanos modernos, ni anestesia avanzada, ni ambulancias medicalizadas esperando a las puertas del coso. El médico del pueblo, el practicante y, en ocasiones, incluso el veterinario, se enfrentaban a cornadas brutales con instrumental escaso y conocimientos limitados para heridas tan complejas.
Y aun así, luchaban.
Porque una cornada no es una herida cualquiera. Los cirujanos taurinos siempre han explicado que el pitón “entra y destroza”, desgarrando músculos, arterias y órganos de manera imprevisible. Muchas muertes no se producían por la gravedad inmediata de la cogida, sino por hemorragias imposibles de controlar, infecciones posteriores o por la tardanza en trasladar al herido hasta un hospital.
¿Cuántas vidas se habrían salvado con una enfermería moderna?
Probablemente cientos.
Durante décadas, en numerosas plazas de pueblo, las condiciones sanitarias fueron dramáticas. Algunas enfermerías se instalaban en cuadras, almacenes o habitaciones anexas sin ventilación ni higiene adecuadas. En capeas y festejos populares se atendía a heridos sobre simples camillas portátiles o incluso en una silla. La rapidez lo era todo, pero la cirugía taurina todavía estaba naciendo.
Los propios especialistas recuerdan que en las décadas de 1950 y 1960 era frecuente operar prácticamente con lo mínimo, reutilizando instrumental y atendiendo varias cornadas simultáneamente durante encierros y festejos.
Sin embargo, las tragedias también impulsaron avances.
A partir del siglo XX, y especialmente desde los años 60, comenzaron a establecerse reglamentos específicos sobre las enfermerías taurinas.
Poco a poco se exigieron quirófanos, material de reanimación, oxígeno, instrumental quirúrgico, sistemas de evacuación y personal médico especializado. La cirugía taurina terminó convirtiéndose en una auténtica especialidad médica.
Casos como la muerte de Francisco Rivera “Paquirri” en Pozoblanco en 1984 marcaron un antes y un después.
Muchos especialistas señalaron entonces la gravedad de la cornada, pero también la insuficiencia de medios quirúrgicos avanzados en la enfermería de la plaza y la dificultad para controlar la hemorragia antes del traslado hospitalario.
La muerte de José Cubero “Yiyo” en 1985 y, décadas después, la de Víctor Barrio en 2016, reabrieron el debate sobre la seguridad sanitaria en los festejos taurinos y la importancia de contar con equipos médicos preparados para actuar en segundos.
Porque detrás del brillo del traje de luces existe otra batalla silenciosa:
la de médicos, practicantes, enfermeros y cirujanos peleando contra el reloj para arrancarle vidas a la muerte.
Y muchas veces, con más valentía que medios.
Los datos médicos son contundentes. Diversos estudios reflejan que la mayoría de los heridos no se producen en las grandes corridas, sino en encierros y festejos populares.
Un estudio publicado en Cirugía Española analizó 271 festejos y contabilizó 516 heridos, siendo los encierros los eventos con mayor número de lesionados por celebración.
Actualmente, las comunidades autónomas con más incidencias registradas son Navarra —especialmente durante San Fermín—, la Comunidad Valenciana, Castilla y León y Castilla-La Mancha.
La Comunidad Valenciana merece un capítulo aparte. Cada año celebra miles de “bous al carrer” y concentra centenares de cogidas, convirtiéndose en uno de los territorios con mayor presión sanitaria taurina del país.
Y ya no hablamos solo de toreros profesionales.
La mayoría de víctimas actuales son aficionados, corredores de encierros o participantes de festejos populares. Personas sin experiencia, jóvenes e incluso mayores de 65 años aparecen cada verano entre los heridos graves.
Mientras tanto, las grandes plazas han evolucionado enormemente. Hoy cuentan con auténticas unidades médico-quirúrgicas capaces de intervenir de inmediato: quirófanos completos, respiradores, anestesia avanzada, equipos de reanimación y cirujanos especializados en trauma taurino.
Muchas de estas enfermerías están consideradas auténticas unidades de guerra.
Pero el debate sigue abierto en los festejos pequeños:
¿están todos realmente preparados para responder a una cornada grave?
Porque una cornada sigue siendo una de las heridas más destructivas que existen.
El pitón no corta:
desgarra.
Rompe arterias.
Perfora órganos.
Y crea trayectorias imprevisibles dentro del cuerpo humano.
Por eso, en el mundo taurino, cada minuto cuenta.
FUENTES CONSULTADAS:
• Biblioteca Digital de Castilla y León.
• Estudios médicos publicados en Cirugía Española sobre lesionados en festejos taurinos.
• Reglamentos taurinos autonómicos sobre servicios médico-quirúrgicos.
• Estadísticas sanitarias de festejos populares en España.
• Documentación histórica sobre cirugía taurina y enfermerías de plazas de toros.
Imagen: El cadáver de Antonio Carpio es trasladado desde la enfermería de la plaza al hospital de Astorga.






















