En la tauromaquia contemporánea, el indulto representa un salvoconducto biológico absoluto. Una vez que un astado gana el perdón en la arena debido a sus excepcionales condiciones de bravura, nobleza y trapío, su destino queda confinado exclusivamente a las dehesas como semental. No obstante, el corpus reglamentario e institucional del siglo XIX distaba ostensiblemente de estos criterios, permitiendo episodios hoy considerados inverosímiles: la devolución de toros indultados y curados a las plazas para cumplir una segunda lidia. 1. Contexto Histórico y Fundamento Normativo Durante la centuria decimonónica, la consideración del toro indultado poseía matices más comerciales y pragmáticos que puramente preservacionales.
El indulto no siempre emanaba de una estricta valoración zootécnica para la mejora de la cabaña brava, sino que en numerosas ocasiones constituía una respuesta al fervor popular o a la suspensión imprevista del festejo por causas de fuerza mayor.
Tras ser curados en los corrales o en las dehesas de origen, no era extraño que los ganaderos o las propias empresas organizadoras —amparadas en la ausencia de un marco reglamentario unificado que lo impidiese— optaran por rentabilizar nuevamente la fama y el trapío del animal, reintegrándolo a los carteles de ferias posteriores.
2. Casuística Documentada
Caso I: «Libertado» — El Utrero de Don Vicente Romero
Origen: Ganadería de D. Vicente Romero y García (Jerez de la Frontera, 1864 / Cádiz, 1869)
Registro Bibliográfico: José Corralero y Burgos (1908).
De acuerdo con las crónicas recopiladas de la época, el toro «Libertado» fue lidiado inicialmente en la plaza de Jerez de la Frontera el 22 de diciembre de 1864. Clasificado primitivamente en los libros de campo como un "utrero, desecho de tienta" (ejemplar que inicialmente no cumplía con las expectativas de la casa), superó con creces toda estimación inicial al protagonizar un tercio de varas descomunal: tomó treinta y seis puyazos y causó la muerte de seis caballos.
A instancias del respetable y en atención a su incombustible fondo, se le perdonó la vida, retornando a manos de su criador. Tras sanar de sus graves heridas, permaneció padreando en la dehesa durante tres años. Sin embargo, su ciclo vital en el campo se vio interrumpido al ser embarcado y lidiado por segunda vez en la plaza de Cádiz el 16 de mayo de 1869, donde volvió a ratificar sus extraordinarias condiciones de casta ante la expectación pública.
Caso II: «Morriones» — El Coloso de Cabra
Origen: Ganadería por determinar (Cabra, Córdoba, 1878 / 1882)
Registro Bibliográfico: Archivo de Efemérides de J.M. Cossío.
Un suceso de idéntica naturaleza cronológica fue el de «Morriones», toro lidiado en primer término en la localidad cordobesa de Cabra en el año 1878. Aquella tarde, el astado desarrolló un sentido de la acometividad tan violento que desbordó a las cuadrillas, hiriendo de gravedad a varios picadores y dando muerte a ocho equinos. Manuel Fuentes «Bocanegra» consumó una faena de gran exposición antes de que el público forzara su gracia.
Tras cuatro años ejerciendo funciones de reproducción en la dehesa, la empresa local, con el fin de capitalizar el mito popular arraigado en la comarca, pactó su regreso al mismo redondel en 1882. En esta segunda comparecencia, el animal, con las resabias y el "sentido" lógicos de su experiencia previa, ofreció una lidia sumamente peligrosa, buscando los muslos antes que las telas, siendo finalmente estoqueado con gran dificultad por el diestro José Machío.
Caso III: «Elefante» — El Criterio del Retorno en el Toreo Americano
Origen: Ganadería por determinar (Ciudad de México, Plaza de San Rafael, 1887 / Plaza de Bucareli, 1889)
Registro Bibliográfico: Hemeroteca de El Arte de la Lidia.
La práctica de la doble lidia también cruzó el Atlántico. En julio de 1887, en la desaparecida Plaza de San Rafael de la capital mexicana, saltó al ruedo un imponente astado bautizado como «Elefante». Su casta frente a la cabalgadura fue de tal magnitud que llegó a recibir la cifra récord de cuarenta varas, agotando la existencia de monturas disponibles en los patios. En los prolegómenos del tercio de muerte, sobrevino un fuerte diluvio torrencial que anegó por completo el ruedo, decretándose la suspensión del festejo y el regreso forzado del toro vivo a los corrales.
Lejos de ser destinado de por vida al campo de labor o semental, dos años después —el 10 de marzo de 1889— la empresa de la Plaza de Bucareli decidió anunciarlo nuevamente como el gran atractivo comercial del cartel. El espada Ponciano Díaz asumió la lidia de un ejemplar que ya conocía los engaños, evidenciando las enormes dificultades que plantean los toros resabiados que conocen el curso de la lidia y cuyo comportamiento distaba por completo de la embestida franca de su primera tarde.
3. Conclusiones y Evolución Veterinaria
La paulatina regularización de los espectáculos taurinos y la redacción de los primeros reglamentos unificados a finales del siglo XIX y principios del XX clausuraron definitivamente la posibilidad de la doble lidia.
Desde la perspectiva de la tauromaquia moderna, este fenómeno se erradicó bajo estrictos criterios de seguridad, lógica y sentido común.
El toro de lidia posee una extraordinaria memoria asociativa; una vez que ha experimentado el estímulo del capote, la muleta y el castigo de las armas, desarrolla de forma inmediata un aprendizaje cognitivo y defensivo (denominado técnicamente "sentido"). En una segunda salida, el animal ignora el engaño textil, calcula las distancias y dirige sus embestidas de manera certera hacia el cuerpo del lidiador, tornando la lidia en un ejercicio impracticable y potencialmente mortal.
Fuentes Documentales y Bibliográficas
Corralero y Burgos, José (1908). Toros célebres: Resumen histórico de las lidias más notables ejecutadas en las plazas de España desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Imprenta de la Viuda de J. Ducazcal, Madrid. (Pág. 183, registro del toro «Libertado»).
Cossío, José María de (1943). Los Toros: Tratado técnico e histórico. Tomos I y II. Editorial Espasa-Calpe, Madrid. (Sección de efemérides y anales de toros célebres de los siglos XVIII y XIX).
Sánchez de Neira, José (1896). Gran Diccionario Taurino: Colectador de noticias históricas y biográficas de cuantos revisten interés en el arte de lidiar los toros. Imprenta de Alaria, Madrid.
Archivos Históricos de la Prensa Taurina Mexicana (1887-1889). Reseñas de las corridas de las Plazas de San Rafael y Bucareli. Periódicos especializados: El Arte de la Lidia y La Muleta, Ciudad de México.
