sábado, 30 de mayo de 2026

31 DE MAYO DE 1914: LA ÚLTIMA ALTERNATIVA DE UN PICADOR, EL FINAL DE UNA TRADICIÓN OLVIDADA

 



Hoy todos conocen la alternativa de un matador, pero hubo un tiempo en que también los picadores recibían solemnemente la vara que los acreditaba como profesionales. El 31 de mayo de 1914, en Madrid, se celebró la última de aquellas ceremonias. Con ella desaparecía una tradición que había sido símbolo del orgullo y del prestigio de uno de los oficios más duros del toreo. 

31 DE MAYO DE 1914: LA ÚLTIMA ALTERNATIVA DE UN PICADOR, EL FINAL DE UNA TRADICIÓN OLVIDADA 

La historia de la tauromaquia está llena de ceremonias que marcaron durante siglos la vida profesional de quienes vestían el traje de luces o formaban parte de una cuadrilla. Muchas de ellas han llegado hasta nuestros días, como la alternativa de los matadores o la confirmación en Madrid. Otras, sin embargo, desaparecieron con el paso del tiempo y hoy apenas son recordadas incluso por muchos aficionados. Una de esas tradiciones olvidadas tuvo su último capítulo el 31 de mayo de 1914. Aquella tarde, en la plaza de toros de Madrid, se concedió por última vez una alternativa a un picador. El protagonista fue Tomás Castillo “Relámpago”, que recibió la vara de manos de Manuel Gil “Cachiporra”. El toro de la ceremonia se llamaba “Matajacas” y pertenecía a la ganadería de Esteban Hernández. Puede parecer un hecho menor visto desde la perspectiva actual, pero en realidad aquella ceremonia representó el final de una costumbre que durante generaciones había simbolizado el reconocimiento profesional de uno de los oficios más respetados y peligrosos de la tauromaquia. 
 
CUANDO LA ALTERNATIVA NO ERA EXCLUSIVA DE LOS MATADORES

Hoy la palabra alternativa está asociada casi exclusivamente al momento en que un novillero se convierte en matador de toros. Sin embargo, durante los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX, no sólo los espadas podían recibirla. También los picadores y los banderilleros accedían a su categoría profesional mediante una ceremonia pública que servía para reconocer oficialmente su capacidad y su antigüedad dentro del escalafón taurino. La alternativa suponía una auténtica consagración profesional. No era un mero trámite. Significaba que el interesado había demostrado conocimientos, experiencia y valor suficientes para ejercer plenamente su oficio. Desde ese momento pasaba a formar parte de una categoría superior y obtenía el reconocimiento de sus compañeros. En el caso de los picadores, además, la ceremonia tenía una particularidad que hoy resulta poco conocida. El nuevo picador debía demostrar públicamente sus condiciones actuando durante buena parte de la corrida. En la alternativa de Tomás Castillo “Relámpago”, como era costumbre entonces, tuvo que intervenir en los seis primeros tercios del festejo para acreditar ante el público y los profesionales que era digno de la nueva categoría que acababa de recibir. 

LOS PICADORES: PROTAGONISTAS DE UNA ÉPOCA 

Para comprender la importancia de aquella alternativa hay que recordar que el papel del picador en el toreo antiguo era muy diferente al actual. Durante buena parte de los siglos XVIII y XIX el tercio de varas era uno de los momentos culminantes de la corrida. La bravura del toro se juzgaba principalmente por su comportamiento frente al caballo. El encuentro entre toro y picador despertaba una expectación enorme entre los aficionados. De hecho, hubo épocas en las que algunos picadores gozaban de una popularidad comparable a la de los propios matadores. Sus nombres eran conocidos por el público y sus actuaciones eran comentadas en las tertulias taurinas con la misma intensidad que las faenas de los espadas. Aquellos hombres eran considerados auténticos especialistas. Sobre ellos recaía una gran responsabilidad: medir la bravura del toro, dosificar el castigo y preparar las condiciones para el resto de la lidia. Pero además desarrollaban su labor en circunstancias extremadamente peligrosas. Los caballos acudían al ruedo sin los petos protectores que hoy conocemos. Las caídas eran frecuentes y muchas veces dramáticas. Los caballos resultaban destripados por los pitones y los propios picadores sufrían graves percances. No era extraño que acumularan fracturas, luxaciones y cornadas a lo largo de su carrera. Precisamente por ello la profesión gozaba de un enorme prestigio. El valor demostrado en la suerte de varas era considerado una de las mayores credenciales que podía exhibir un torero.

EL ORGULLO PROFESIONAL DE LOS PICADORES 

La consideración social y profesional que tenían los picadores queda perfectamente reflejada en una anécdota ocurrida apenas trece años antes de la última alternativa celebrada en Madrid. El 5 de mayo de 1901 se celebró una corrida en la recién inaugurada plaza de Las Arenas de Barcelona. Estaban anunciados Antonio de Dios “Conejito” y José García “Algabeño”, que debían enfrentarse a seis toros de Eduardo Ibarra. La corrida estuvo a punto de suspenderse antes incluso de comenzar. Los picadores de la cuadrilla de “Conejito” —Manuel de la Haba “Zurito”, Agustín Molina y Ricardo Moreno “Onofre”— comunicaron que no pensaban actuar porque uno de los picadores de la cuadrilla rival, Emilio de Sales, no había hecho pública su alternativa. A ojos de aquellos veteranos, alternar con alguien que no hubiera alcanzado oficialmente esa categoría suponía una falta de respeto a la profesión. Ni las explicaciones de “Conejito” lograron hacerles cambiar de opinión. Hubo que recurrir a la intervención de la autoridad gubernativa, que determinó que Emilio de Sales tenía derecho a actuar porque ya había ejercido como picador en aquella plaza y debía ser considerado profesional de pleno derecho. La situación llegó a tal extremo que se amenazó con la intervención de la Guardia Civil si persistían en su negativa. La respuesta de “Zurito” pasó a la pequeña historia del toreo: “No vamos a venir desde Córdoba para alternar con el primer gachó que se suba a un caballo”. La frase puede parecer exagerada hoy, pero refleja perfectamente la importancia que aquellos hombres concedían a la alternativa y al prestigio profesional que representaba. 
 
EL PRINCIPIO DEL FIN 

A comienzos del siglo XX la tauromaquia estaba evolucionando rápidamente. El protagonismo del espectáculo fue concentrándose cada vez más en la figura del matador. La prensa, los empresarios y el público dirigían su atención principalmente hacia los espadas, mientras que los integrantes de las cuadrillas fueron perdiendo presencia mediática. Paralelamente, la organización profesional del sector se fue modernizando. Los reglamentos taurinos comenzaron a regular el acceso a la profesión mediante registros oficiales y escalafones, lo que hizo menos necesaria la existencia de ceremonias específicas para reconocer la condición profesional de picadores y banderilleros. La alternativa dejó de ser un requisito práctico y fue perdiendo relevancia hasta desaparecer. Por eso la celebrada por Tomás Castillo “Relámpago” en Madrid el 31 de mayo de 1914 quedó como la última de la que se tiene constancia. 
 
UN CAMBIO QUE TRANSFORMÓ LA SUERTE DE VARAS 

Curiosamente, aquella última alternativa se produjo apenas nueve años antes de otro acontecimiento que cambiaría para siempre la historia del tercio de varas: la implantación obligatoria del peto protector para los caballos en España. La medida, adoptada en la década de 1920, redujo enormemente las lesiones sufridas por las monturas y transformó la percepción pública de la suerte. Muchos historiadores consideran que ese cambio marcó el final definitivo de la época heroica de los picadores. Hasta entonces, el encuentro entre toro y caballo era contemplado por los aficionados como una auténtica prueba de bravura y resistencia. Después, la corrida evolucionó progresivamente hacia un mayor protagonismo del toreo de muleta y de la figura del matador. 

EL FINAL DE UNA LITURGIA TAURINA 

La última alternativa de un picador no fue únicamente una curiosidad histórica. Representó el final de una tradición que había acompañado a generaciones de profesionales y que formaba parte de la compleja liturgia de la tauromaquia clásica. Aquellas ceremonias tenían un profundo valor simbólico. Convertían al aprendiz en maestro, otorgaban antigüedad, reconocían méritos y establecían una jerarquía respetada por todos los integrantes de la profesión. Por eso la efeméride del 31 de mayo de 1914 merece ser recordada. Porque no sólo nos habla de Tomás Castillo “Relámpago”, de Manuel Gil “Cachiporra” o del toro “Matajacas”. Nos habla de un tiempo en que los picadores constituían una verdadera aristocracia profesional dentro del mundo taurino; hombres que se jugaban la vida sobre caballos desprotegidos y que defendían con orgullo una categoría cuya importancia fue tan grande que llegó a merecer una ceremonia propia de consagración. Aquella tarde de Madrid se cerró silenciosamente una página de la historia del toreo. Una página que hoy, más de un siglo después, casi ha caído en el olvido. 

Fuentes
Artículo "La alternativa de los picadores" en la revista especializada 
La Suerte de Varas: La Suerte de Varas 
Voz "Alternativa (tauromaquia)" con referencias históricas y evolución del concepto: Wikipedia - Alternativa (tauromaquia) Información histórica sobre la evolución de la corrida y el papel del tercio de varas: Historia de la corrida de toros.

sábado, 23 de mayo de 2026

LAS ENFERMERÍAS TAURINAS: pasado y presente.




Hubo un tiempo en España en que las enfermerías de las plazas de toros eran poco más que una habitación improvisada: una mesa de madera, un barreño con agua, vendas reutilizadas y la voluntad de salvar vidas con lo mínimo. En muchos pueblos, durante las fiestas patronales, aquello representaba la frontera exacta entre la vida y la muerte. Las plazas de toros de antaño, especialmente las rurales, portátiles o desmontables, carecían muchas veces de medios adecuados. 

No existían quirófanos modernos, ni anestesia avanzada, ni ambulancias medicalizadas esperando a las puertas del coso. El médico del pueblo, el practicante y, en ocasiones, incluso el veterinario, se enfrentaban a cornadas brutales con instrumental escaso y conocimientos limitados para heridas tan complejas. 
Y aun así, luchaban. 

Porque una cornada no es una herida cualquiera. Los cirujanos taurinos siempre han explicado que el pitón “entra y destroza”, desgarrando músculos, arterias y órganos de manera imprevisible. Muchas muertes no se producían por la gravedad inmediata de la cogida, sino por hemorragias imposibles de controlar, infecciones posteriores o por la tardanza en trasladar al herido hasta un hospital. ¿Cuántas vidas se habrían salvado con una enfermería moderna? Probablemente cientos. 

Durante décadas, en numerosas plazas de pueblo, las condiciones sanitarias fueron dramáticas. Algunas enfermerías se instalaban en cuadras, almacenes o habitaciones anexas sin ventilación ni higiene adecuadas. En capeas y festejos populares se atendía a heridos sobre simples camillas portátiles o incluso en una silla. La rapidez lo era todo, pero la cirugía taurina todavía estaba naciendo. Los propios especialistas recuerdan que en las décadas de 1950 y 1960 era frecuente operar prácticamente con lo mínimo, reutilizando instrumental y atendiendo varias cornadas simultáneamente durante encierros y festejos. Sin embargo, las tragedias también impulsaron avances. A partir del siglo XX, y especialmente desde los años 60, comenzaron a establecerse reglamentos específicos sobre las enfermerías taurinas.

Poco a poco se exigieron quirófanos, material de reanimación, oxígeno, instrumental quirúrgico, sistemas de evacuación y personal médico especializado. La cirugía taurina terminó convirtiéndose en una auténtica especialidad médica. Casos como la muerte de Francisco Rivera “Paquirri” en Pozoblanco en 1984 marcaron un antes y un después. 

Muchos especialistas señalaron entonces la gravedad de la cornada, pero también la insuficiencia de medios quirúrgicos avanzados en la enfermería de la plaza y la dificultad para controlar la hemorragia antes del traslado hospitalario. La muerte de José Cubero “Yiyo” en 1985 y, décadas después, la de Víctor Barrio en 2016, reabrieron el debate sobre la seguridad sanitaria en los festejos taurinos y la importancia de contar con equipos médicos preparados para actuar en segundos. 

Porque detrás del brillo del traje de luces existe otra batalla silenciosa: la de médicos, practicantes, enfermeros y cirujanos peleando contra el reloj para arrancarle vidas a la muerte. Y muchas veces, con más valentía que medios. Los datos médicos son contundentes. Diversos estudios reflejan que la mayoría de los heridos no se producen en las grandes corridas, sino en encierros y festejos populares. 

Un estudio publicado en Cirugía Española analizó 271 festejos y contabilizó 516 heridos, siendo los encierros los eventos con mayor número de lesionados por celebración. Actualmente, las comunidades autónomas con más incidencias registradas son Navarra —especialmente durante San Fermín—, la Comunidad Valenciana, Castilla y León y Castilla-La Mancha. La Comunidad Valenciana merece un capítulo aparte. Cada año celebra miles de “bous al carrer” y concentra centenares de cogidas, convirtiéndose en uno de los territorios con mayor presión sanitaria taurina del país. Y ya no hablamos solo de toreros profesionales. 

La mayoría de víctimas actuales son aficionados, corredores de encierros o participantes de festejos populares. Personas sin experiencia, jóvenes e incluso mayores de 65 años aparecen cada verano entre los heridos graves. Mientras tanto, las grandes plazas han evolucionado enormemente. Hoy cuentan con auténticas unidades médico-quirúrgicas capaces de intervenir de inmediato: quirófanos completos, respiradores, anestesia avanzada, equipos de reanimación y cirujanos especializados en trauma taurino. Muchas de estas enfermerías están consideradas auténticas unidades de guerra. Pero el debate sigue abierto en los festejos pequeños: ¿están todos realmente preparados para responder a una cornada grave? 
Porque una cornada sigue siendo una de las heridas más destructivas que existen. 
El pitón no corta: desgarra. 
Rompe arterias. 
Perfora órganos. 
Y crea trayectorias imprevisibles dentro del cuerpo humano. 
Por eso, en el mundo taurino, cada minuto cuenta. 

FUENTES CONSULTADAS: • Biblioteca Digital de Castilla y León. • Estudios médicos publicados en Cirugía Española sobre lesionados en festejos taurinos. • Reglamentos taurinos autonómicos sobre servicios médico-quirúrgicos. • Estadísticas sanitarias de festejos populares en España. • Documentación histórica sobre cirugía taurina y enfermerías de plazas de toros. 

Imagen: El cadáver de Antonio Carpio es trasladado desde la enfermería de la plaza al hospital de Astorga.

domingo, 17 de mayo de 2026

La Doble Lidia en los Siglos XVIII y XIX: Análisis Histórico de los Toros Retornados al Ruedo Área: Crónica y Documentación Histórica de la Tauromaquia

 


En la tauromaquia contemporánea, el indulto representa un salvoconducto biológico absoluto. Una vez que un astado gana el perdón en la arena debido a sus excepcionales condiciones de bravura, nobleza y trapío, su destino queda confinado exclusivamente a las dehesas como semental. No obstante, el corpus reglamentario e institucional del siglo XIX distaba ostensiblemente de estos criterios, permitiendo episodios hoy considerados inverosímiles: la devolución de toros indultados y curados a las plazas para cumplir una segunda lidia. 1. Contexto Histórico y Fundamento Normativo Durante la centuria decimonónica, la consideración del toro indultado poseía matices más comerciales y pragmáticos que puramente preservacionales. 

El indulto no siempre emanaba de una estricta valoración zootécnica para la mejora de la cabaña brava, sino que en numerosas ocasiones constituía una respuesta al fervor popular o a la suspensión imprevista del festejo por causas de fuerza mayor. Tras ser curados en los corrales o en las dehesas de origen, no era extraño que los ganaderos o las propias empresas organizadoras —amparadas en la ausencia de un marco reglamentario unificado que lo impidiese— optaran por rentabilizar nuevamente la fama y el trapío del animal, reintegrándolo a los carteles de ferias posteriores. 

 2. Casuística Documentada 

Caso I: «Libertado» — El Utrero de Don Vicente Romero Origen: Ganadería de D. Vicente Romero y García (Jerez de la Frontera, 1864 / Cádiz, 1869) Registro Bibliográfico: José Corralero y Burgos (1908). De acuerdo con las crónicas recopiladas de la época, el toro «Libertado» fue lidiado inicialmente en la plaza de Jerez de la Frontera el 22 de diciembre de 1864. Clasificado primitivamente en los libros de campo como un "utrero, desecho de tienta" (ejemplar que inicialmente no cumplía con las expectativas de la casa), superó con creces toda estimación inicial al protagonizar un tercio de varas descomunal: tomó treinta y seis puyazos y causó la muerte de seis caballos. A instancias del respetable y en atención a su incombustible fondo, se le perdonó la vida, retornando a manos de su criador. Tras sanar de sus graves heridas, permaneció padreando en la dehesa durante tres años. Sin embargo, su ciclo vital en el campo se vio interrumpido al ser embarcado y lidiado por segunda vez en la plaza de Cádiz el 16 de mayo de 1869, donde volvió a ratificar sus extraordinarias condiciones de casta ante la expectación pública. 

Caso II: «Morriones» — El Coloso de Cabra Origen: Ganadería por determinar (Cabra, Córdoba, 1878 / 1882) Registro Bibliográfico: Archivo de Efemérides de J.M. Cossío. Un suceso de idéntica naturaleza cronológica fue el de «Morriones», toro lidiado en primer término en la localidad cordobesa de Cabra en el año 1878. Aquella tarde, el astado desarrolló un sentido de la acometividad tan violento que desbordó a las cuadrillas, hiriendo de gravedad a varios picadores y dando muerte a ocho equinos. Manuel Fuentes «Bocanegra» consumó una faena de gran exposición antes de que el público forzara su gracia. Tras cuatro años ejerciendo funciones de reproducción en la dehesa, la empresa local, con el fin de capitalizar el mito popular arraigado en la comarca, pactó su regreso al mismo redondel en 1882. En esta segunda comparecencia, el animal, con las resabias y el "sentido" lógicos de su experiencia previa, ofreció una lidia sumamente peligrosa, buscando los muslos antes que las telas, siendo finalmente estoqueado con gran dificultad por el diestro José Machío. 

Caso III: «Elefante» — El Criterio del Retorno en el Toreo Americano Origen: Ganadería por determinar (Ciudad de México, Plaza de San Rafael, 1887 / Plaza de Bucareli, 1889) Registro Bibliográfico: Hemeroteca de El Arte de la Lidia.

La práctica de la doble lidia también cruzó el Atlántico. En julio de 1887, en la desaparecida Plaza de San Rafael de la capital mexicana, saltó al ruedo un imponente astado bautizado como «Elefante». Su casta frente a la cabalgadura fue de tal magnitud que llegó a recibir la cifra récord de cuarenta varas, agotando la existencia de monturas disponibles en los patios. En los prolegómenos del tercio de muerte, sobrevino un fuerte diluvio torrencial que anegó por completo el ruedo, decretándose la suspensión del festejo y el regreso forzado del toro vivo a los corrales. Lejos de ser destinado de por vida al campo de labor o semental, dos años después —el 10 de marzo de 1889— la empresa de la Plaza de Bucareli decidió anunciarlo nuevamente como el gran atractivo comercial del cartel. El espada Ponciano Díaz asumió la lidia de un ejemplar que ya conocía los engaños, evidenciando las enormes dificultades que plantean los toros resabiados que conocen el curso de la lidia y cuyo comportamiento distaba por completo de la embestida franca de su primera tarde. 3. Conclusiones y Evolución Veterinaria La paulatina regularización de los espectáculos taurinos y la redacción de los primeros reglamentos unificados a finales del siglo XIX y principios del XX clausuraron definitivamente la posibilidad de la doble lidia. 

Desde la perspectiva de la tauromaquia moderna, este fenómeno se erradicó bajo estrictos criterios de seguridad, lógica y sentido común. El toro de lidia posee una extraordinaria memoria asociativa; una vez que ha experimentado el estímulo del capote, la muleta y el castigo de las armas, desarrolla de forma inmediata un aprendizaje cognitivo y defensivo (denominado técnicamente "sentido"). En una segunda salida, el animal ignora el engaño textil, calcula las distancias y dirige sus embestidas de manera certera hacia el cuerpo del lidiador, tornando la lidia en un ejercicio impracticable y potencialmente mortal. 

Fuentes Documentales y Bibliográficas 
Corralero y Burgos, José (1908). Toros célebres: Resumen histórico de las lidias más notables ejecutadas en las plazas de España desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Imprenta de la Viuda de J. Ducazcal, Madrid. (Pág. 183, registro del toro «Libertado»). 
Cossío, José María de (1943). Los Toros: Tratado técnico e histórico. Tomos I y II. Editorial Espasa-Calpe, Madrid. (Sección de efemérides y anales de toros célebres de los siglos XVIII y XIX). 
Sánchez de Neira, José (1896). Gran Diccionario Taurino: Colectador de noticias históricas y biográficas de cuantos revisten interés en el arte de lidiar los toros. Imprenta de Alaria, Madrid.
 
Archivos Históricos de la Prensa Taurina Mexicana (1887-1889). Reseñas de las corridas de las Plazas de San Rafael y Bucareli. Periódicos especializados: El Arte de la Lidia y La Muleta, Ciudad de México.