viernes, 26 de diciembre de 2025
LA EMBOSCADA COMANCHE: OCHO HORAS DE POLVO Y POLVORA.
JOAO MOURA
jueves, 25 de diciembre de 2025
FERNANDO VAN ZELLER
viernes, 7 de noviembre de 2025
RAFAEL PERALTA
ANGEL PERALTA PINEDA
miércoles, 22 de octubre de 2025
DORA LA CORDOBESITA: LA ESTRELLA CORDOBESA QUE CONQUISTÓ EL ALMA DE CHICUELO
martes, 21 de octubre de 2025
Entre capotes y mantones: el amor imposible de “El Gallo” y Pastora Imperio
domingo, 5 de octubre de 2025
SE CUMPLEN 95 AÑOS DEL NACIMIENTO DE "EL LITRI"
martes, 9 de septiembre de 2025
ALFREDO TINOCO
Alfredo Tinoco Da Silva fue un renombrado rejoneador
portugués del siglo XIX que dejó una marca indeleble en la tauromaquia. Nació
el 5 de julio de 1815 en Portugal, en el seno de una familia acomodada con
profundas raíces ecuestres, lo que le permitió desarrollar desde temprana edad
un gran talento como jinete. Su debut en los ruedos se produjo el 14 de agosto
de 1873 en la desaparecida Plaza de Toros del Campo de Santa Ana, en Lisboa,
donde rápidamente captó la atención del público por su elegante estilo y la
destreza que mostraba montado a caballo.
A lo largo de su carrera,
Tinoco se consolidó como uno de los cavaleiros más destacados de su época,
compartiendo el reconocimiento con figuras de la talla de José Bento de Araújo.
Uno de los momentos más importantes de su trayectoria se produjo el 17 de junio
de 1894, cuando hizo su debut en la Monumental Plaza de Toros de Campo Pequeno,
en Lisboa, junto a Bento de Araújo. Esta histórica tarde de rejoneo fue un
evento muy esperado por los aficionados, y la colaboración entre ambos
rejoneadores causó un gran revuelo en el mundo taurino.
Además de sus éxitos en las
plazas de toros portuguesas, Alfredo Tinoco fue pionero en llevar el arte del
rejoneo fuera de las fronteras de su país, expandiendo su carrera hacia Brasil.
En Río de Janeiro, sus actuaciones dejaron una huella profunda, estableciendo
la tauromaquia como una tradición en tierras sudamericanas y abriendo el camino
para futuros rejoneadores.
Tinoco no solo conquistó a la
afición portuguesa y brasileña, sino que también logró reconocimiento en
España, donde su elegancia y técnica fueron igualmente valoradas. A lo largo de
su carrera, fue alabado por críticos como Pepe Luiz, quien lo describió como un
"verdadero artista del toreo a caballo", destacando su porte y las
finas maneras con las que ejecutaba las suertes del rejoneo.
Tristemente, la vida de Alfredo
Tinoco se vio truncada de manera prematura cuando falleció en agosto de 1859, a
los 44 años, en la ciudad de Pará, Brasil durante una epidemia de fiebre amarilla. Su muerte dejó un gran vacío en la
tauromaquia .
ALEXANDRE DE MASCARENHAS
Nacido el 3 de febrero de 1892 en
Benfica, Lisboa, Alexandre de Mascarenhas perteneció a una familia con una
arraigada tradición taurina, que había dado toreros desde el siglo XVI. Hijo
del conde de Torre, destacó como caballero amador y posteriormente se convirtió
en un referente del rejoneo en Portugal y España, dejando huella en la historia de la tauromaquia.
Su debut en público tuvo lugar en
un festival celebrado en Sintra en 1905, donde compartió cartel con el
cavaleiro João Tojal. Desde entonces, su trayectoria fue en ascenso,
consolidándose como un rejoneador de gran temple y elegancia. Su primera
presentación en Francia ocurrió el 13 de julio de 1930, en Béziers, lidiando
toros de López Plata. Ese mismo año, el 14 de julio, nuevamente en Béziers,
estuvo anunciado en un cartel, aunque finalmente no llegó a actuar. En España,donde
era conocido como Alejandro Mascarenhas, hizo su presentación en la plaza de
toros de Las Ventas, en Madrid, el 14 de abril de 1935, alternando con figuras
de la talla de Chicuelo, Cagancho, Lorenzo Garza y Cañero, enfrentándose a ocho
toros de la ganadería de Ramón Ortega. En total, sumó dos actuaciones en la
capital española.
Durante su carrera, Alexandre de
Mascarenhas fue un rejoneador versátil, combinando actuaciones con
profesionales de renombre y logrando resultados artísticos sobresalientes.
Actuó en múltiples plazas de Portugal y España, siendo reconocido por su valor
y conocimientos ecuestres. En 1925, la Asociación de Classe de Toreros
Portugueses lo consideró como cavaleiro de alternativa, un reconocimiento a su
maestría y trayectoria.
Más allá de su faceta como
rejoneador, ejerció como maestro de su hijo, Francisco de Mascarenhas, quien
debutó en España en 1939 y continuó con el legado familiar. Además, tuvo entre
sus discípulos a Nazaré Felícia, una de las primeras mujeres en torear a
caballo, marcando un hito en la historia del rejoneo.
En los años 1941 y 1942, regresó
a España acompañado de su hijo, toreando en Barcelona y otras plazas de
renombre. A lo largo de tres décadas, Alexandre de Mascarenhas fue un
rejoneador admirado, sosteniendo con honor los pergaminos de su ilustre estirpe
y deleitando a los aficionados con su arte ecuestre. Su legado sigue vivo en la
memoria de la tauromaquia lusitana y española.
miércoles, 13 de agosto de 2025
MANUEL DOMÍNGUEZ CAMPOS “DESPERDICIOS”: DESDE LA ARENA A LA GUERRA
Manuel Domínguez Campos, más conocido como “Desperdicios”,
es una de esas figuras de la tauromaquia que desbordan los límites del ruedo.
Torero de casta, nacido en Sevilla en 1816, encontró su verdadera dimensión
vital no solo en las plazas de España, sino a través de una increíble odisea en
América del Sur, donde combinó el arte del toreo con las armas, la
supervivencia extrema y la aventura al más puro estilo romántico decimonónico.
La alternativa y la huida: origen del periplo americano
Corría el año 1836 cuando Domínguez tomó la alternativa en
Zafra (Badajoz). Sin embargo, un oscuro incidente en Sevilla —posiblemente un
duelo o un hecho de sangre— lo llevó a abandonar precipitadamente España.
Contrató una cuadrilla y se embarcó rumbo a Montevideo, iniciando así un exilio
autoimpuesto que se convertiría en una de las etapas más intensas de su vida.
Montevideo y la Guerra Grande: el torero soldado
Apenas instalado en el Río de la Plata, estalló la conocida
Guerra Grande (1839–1851), que enfrentó a los blancos de Manuel Oribe, apoyados
por Argentina y sectores franceses, contra los colorados de Fructuoso Rivera,
respaldados por Brasil y batallones de mercenarios europeos, entre ellos
Giuseppe Garibaldi.
Domínguez fue enrolado en las fuerzas de Rivera. Lo que
parecía un viaje taurino se convirtió en una experiencia bélica en toda regla:
fuego, caballo, machete y pólvora. Se batió como soldado en diversas
escaramuzas y quedó involucrado directamente en el conflicto civil más
importante del Uruguay decimonónico.
Triunfo en Río de Janeiro: entre toros y emperadores
Terminadas algunas campañas, Domínguez cruzó hacia Río de
Janeiro, donde en 1840 o 1841 se celebraban festejos por la coronación de Pedro
II de Brasil. Allí toreó en cuatro corridas solemnes, obteniendo un éxito
apoteósico. Fue aclamado por la corte y la aristocracia brasileña, quien lo
colmó de regalos y agasajos. Fue, quizás, el momento más glorioso de su carrera
como torero.
Buenos Aires: tierra hostil, vida salvaje
Regresó a Buenos Aires con la esperanza de revivir la
tauromaquia en el país del Plata. Pero el gobierno rosista, poco inclinado a
espectáculos de raigambre española, le negó el permiso para organizar festejos.
Sin apoyos, Desperdicios debió reinventarse.
Su biografía en esta etapa se convierte en un verdadero
canto al hombre de frontera: trabajó como guajiro, mayoral, traficante,
contrabandista, guerrillero y hasta capataz en zonas de conflicto con los
pueblos originarios. Según algunas crónicas, era respetado —y temido— como un
hombre duro, valiente y de pocas palabras. “Fue bravo con los bravos matones”,
afirmaron cronistas de la época.
Revolución contra Rosas y fuga milagrosa
Con la caída del dictador Juan Manuel de Rosas tras la
Batalla de Caseros (1852), Domínguez volvió a tomar partido, esta vez por los
insurgentes. Capturado por las tropas federales, fue condenado a muerte, pero
logró escapar en plena noche, cruzando el campo hasta alcanzar de nuevo
Montevideo. Desde allí se embarcó en la fragata Amalia, que lo condujo de regreso
a España, llegando a Cádiz en mayo de 1852 tras dieciséis años de intensas
peripecias.
La figura de Manuel Domínguez “Desperdicios” escapa a los
moldes tradicionales del torero del siglo XIX. Su vida, especialmente en
América, lo convierte en un personaje de novela histórica, mezclando capa,
estoque, sable y uniforme. Combatiente involuntario, torero errante, personaje
mítico, sobreviviente y testigo privilegiado de uno de los períodos más
convulsos del Cono Sur, su nombre debería resonar no solo en las plazas, sino
también en los anales de la historia aventurera del siglo XIX.
domingo, 10 de agosto de 2025
ANTONIO LOBO "LOBITO CHICO": PROMESA TRÁGICAMENTE TRUNCADA DEL TOREO SEVILLANO
El 16 de julio de 1893, la plaza
de toros de San Fernando se vistió de luto. Aquel día, durante una corrida en
la que participaban las cuadrillas de Bonarillo y Minuto, el joven banderillero
sevillano Antonio Lobo, conocido en los carteles como “Lobito Chico”, fue
mortalmente herido por el toro "Rosadito", de la ganadería de Eduardo
Ibarra. El astado, un ejemplar de respeto que ya había recibido diez puyazos y
había matado a un caballo, embistió con violencia y fatal desenlace al diestro,
cuyas heridas terminaron por arrebatarle la vida poco después en la enfermería
del coso.
Antonio Lobo había nacido en
Sevilla el 2 de octubre de 1870. Desde los quince años manifestó su vocación
taurina, dejando atrás el oficio de pintor para dedicarse plenamente al toro. Con
apenas diecisiete años se unió a una cuadrilla de “niños sevillanos” encabezada
por su hermano, el también torero Fernando Lobo. Este grupo, en el que también
figuraban Mazzantinito y Bonarillo, viajó en 1886 a México, donde torearon con
notable éxito durante dos temporadas. A su regreso a España, Lobo consolidó su
trayectoria como banderillero y se distinguió por su valor, buena colocación y
condiciones técnicas, especialmente en la suerte de banderillas.
Su presentación en Madrid tuvo
lugar el 27 de agosto de 1891 en una corrida con toros de Benjumea, donde actuó
junto a Mazzantinito. A pesar de su juventud, Lobito Chico ya era considerado
un peón destacado dentro de las cuadrillas, por su facilidad para adornarse con
las banderillas y por su entrega en los tercios. Era, además, un hombre de
carácter afable y modesto, cualidades que le granjeaban el aprecio de
compañeros y aficionados.
En la fatídica corrida de San
Fernando, al ejecutar un par de frente al cuarto toro del encierro —el
mencionado “Rosadito”—, el astado lo prendió de lleno. Una de las astas le
produjo una profunda herida en el muslo izquierdo que penetró hasta la cavidad
abdominal, desgarrando intestinos y vejiga. Lobito Chico fue conducido de
inmediato a la enfermería de la plaza, donde recibió los últimos auxilios y la
extremaunción. Lo atendieron el catedrático Dr. Francisco Meléndez, de la
Facultad de Medicina de Cádiz, junto a varios facultativos y practicantes. A
pesar de sus esfuerzos, el joven no pudo sobrevivir a la hemorragia interna
provocada por las heridas. Falleció en la propia enfermería, bajo custodia de
la Guardia Civil, mientras sus compañeros asistían impotentes al desenlace.
La autopsia reveló el carácter
devastador de la herida: rotura de vísceras, gran hemorragia interna y
contusión severa en el pecho, provocada por las vueltas que el toro dio tras
enganchar al torero. El cuerpo fue velado en la fonda de La Marina y
posteriormente en la iglesia parroquial del Salvador, donde se celebró un
funeral multitudinario el sábado 29 de julio. Asistieron numerosos diestros,
cuadrillas, picadores, empresarios, médicos y aficionados, además de
representantes de la prensa especializada y generalista.
La emoción fue generalizada, y el
dolor, palpable. Su hermano Fernando se abalanzó sobre el cuerpo sin vida del
joven torero al entrar en la enfermería, entre gritos desgarradores. Fue una
pérdida que conmovió profundamente al mundo taurino de su época. La cuadrilla
al completo acudió al entierro, y Bonarillo —el matador con quien Lobito Chico
toreaba aquel día— costeó los gastos del sepelio que ascendieron a 322,60
pesetas, además de encargarse de los trámites funerarios en nombre de la madre
del torero, Doña Dolores Escobar. Los gastos del funeral.Este gesto fue visto
por todos como una muestra de nobleza y solidaridad dentro del mundo del toro.
No era esta la primera vez que
Lobito Chico se enfrentaba al peligro con consecuencias graves. A lo largo de
su corta carrera ya había sufrido tres cogidas anteriores: en Madrid,
Villamanrique y, el año anterior, en San Sebastián. En esta última ocasión, una
cornada en el vientre lo obligó a lanzarse fuera del ruedo para salvarse. Pero
nunca, como en San Fernando, la fatalidad le alcanzó de forma tan definitiva.
Aquel 16 de julio de 1893, a sus
veintidós años , Antonio Lobo exhaló su último suspiro en el
lecho de la enfermería, truncándose así una prometedora carrera en la que
muchos veían el reflejo de un futuro torero grande. Su muerte se sumó a las
muchas tragedias que ha registrado la historia taurina, pero permanece grabada
en la memoria como una de las más amargas, por la juventud, el coraje y la
humanidad del torero caído.
Su figura representa hoy el
arquetipo del valor juvenil y la entrega sin medida que definen al buen torero.
Y aunque su nombre no alcanzó a figurar en la gloria de los grandes carteles,
sí dejó una huella imborrable en la historia del toreo decimonónico. Lobito
Chico, joven promesa truncada, descansa en la memoria del arte taurino como
símbolo de una pasión que, como tantas veces, encontró en la arena su trágico
desenlace.
jueves, 31 de julio de 2025
ÁLVARO MARTÍNEZ CONRADI
Pocos casos como el de Álvaro
Martínez Conradi representan con tanto equilibrio el tránsito de la arena al
campo, del arte del rejoneo a la ciencia ganadera. Nacido en el seno de una
familia andaluza profundamente vinculada a la tradición ecuestre, Álvaro tuvo
una primera vida taurina como rejoneador, forjando su carrera a caballo en
plazas del sur de España, especialmente en Andalucía, donde se recuerdan sus
actuaciones en ruedos menores durante la década de los años sesenta. Su momento
de mayor actividad lo vivió en 1968, temporada en la que llegó a actuar en doce
festejos, lo que da muestra del interés que despertaba su figura en la escena
del rejoneo de entonces.
Sin embargo, su verdadera
consagración llegó tras su paso por los ruedos, al frente de una de las divisas
más singulares y reconocidas del campo bravo actual: La Quinta. En 1988, Álvaro
Martínez Conradi asumió la dirección de esta ganadería, asentada en Palos de la
Frontera (Huelva) y formada íntegramente con reses de procedencia
Santacoloma–Buendía, en un momento en que este encaste era más símbolo de
minoría que de vigencia. Lejos de buscar la comodidad del toro moderno, optó
por rescatar la esencia del toro torero, de bella lámina, hondo, de mirada
seria y comportamiento encastado. Su filosofía como criador ha sido clara:
preservar lo mejor de la tradición sin renunciar a la evolución.
Con el tiempo, La Quinta ha
pasado de ser una ganadería para aficionados exigentes a consolidarse como una
divisa imprescindible en plazas como Sevilla, Madrid, Dax, Istres o
Mont-de-Marsan. Su debut en Las Ventas se produjo en 2002, y desde entonces no
han faltado tardes memorables. Ejemplo de ello fue el indulto de “Golosino” en
Istres en 2013, y el éxito rotundo en Albacete o La Maestranza años después. En
2022, La Quinta fue reconocida con la Oreja de Oro a la ganadería del año,
galardón que ratifica su paso firme en el mapa ganadero.
Apasionado del campo, metódico y
sobrio, Álvaro Martínez Conradi representa la figura del ganadero artesano, ese
que baja al cercado a observar, que conoce a sus vacas por reatas y a sus
sementales por comportamiento. Aunque nunca buscó protagonismo mediático, su
nombre se ha convertido en sinónimo de calidad, integridad y respeto a una
forma de entender la bravura.
Del rejoneador que un día soñó
con la gloria a caballo, al criador que hoy deja herencia viva en cada
embestida de sus toros, Álvaro Martínez Conradi ha recorrido el camino con
verdad. Y en esa verdad radica, precisamente, su prestigio.





















