viernes, 26 de diciembre de 2025

LA EMBOSCADA COMANCHE: OCHO HORAS DE POLVO Y POLVORA.

 


El tren avanzaba con esfuerzo por la vasta soledad del norte. El hierro de las ruedas golpeaba los rieles como un aviso constante de presencia humana en territorio ajeno. En la década de 1840, viajar por aquellas tierras no era una comodidad moderna, sino un desafío abierto. A bordo iban comerciantes, arrieros, viajeros… y una cuadrilla taurina encabezada por el torero español Bernardo Gaviño y Rueda, acompañado por uno de sus hombres de mayor confianza, el banderillero Fernando Hernández. Ambos conocían el riesgo. 

Gaviño, figura ya asentada en la tauromaquia mexicana, sabía que los caminos —y ahora los rieles— del norte no distinguían fama ni oficio. Hernández, curtido en plazas y viajes, entendía que aquel tren no era solo transporte: era un blanco visible en tierras donde los comanches seguían imponiendo su ley. El convoy ferroviario partió de Durango rumbo a Chihuahua. Más de sesenta hombres viajaban en vagones de madera y hierro, atravesando una región donde la autoridad del Estado era frágil y la vida dependía del instinto. El tren ofrecía rapidez, pero también encierro. Cuando se detenía, no había escapatoria. El ataque fue fulminante. En un tramo aislado —recordado en la tradición como Palo Chico— el tren redujo la marcha. 


De pronto, los disparos. Los cristales estallaron. Desde ambos lados de la vía surgieron jinetes comanches, apareciendo entre el polvo con una coordinación implacable. El tren quedó prácticamente inmovilizado, convertido en una trampa sobre rieles. Lo que siguió no fue un asalto breve, sino una batalla prolongada. Durante horas —ocho, según la tradición— el combate se sostuvo alrededor y dentro del tren. Los comanches atacaban en oleadas, disparando desde la llanura y acercándose a los vagones. Dentro, los hombres se defendían como podían. Bernardo Gaviño, lejos del ruedo, empuñó un arma con la misma firmeza con la que había empuñado la espada ante el toro. No dio órdenes de torero, sino de superviviente. 

A su lado, Fernando Hernández resistía con igual determinación. Banderillero en la plaza, combatiente por necesidad en aquel instante. Cargaba, disparaba, auxiliaba a los heridos y volvía a defender su posición. No había jerarquías ni cuadrillas: solo hombres luchando por seguir con vida. El tren se llenó de humo, pólvora y gritos. Vagones perforados por balas, cuerpos cayendo sobre la madera manchada de sangre. La noche avanzó y con ella el agotamiento. Uno a uno, los defensores fueron cayendo. Los comanches, dueños del terreno, no cedían. Cuando el ataque cesó y el silencio regresó al lugar, el resultado fue devastador. De los más de sesenta hombres que viajaban en el tren, solo tres sobrevivieron: 
Bernardo Gaviño, herido, pero erguido. 
Fernando Hernández, exhausto, con el rostro y el alma marcados para siempre. 
Vicente Cruz, picador de la cuadrilla. 
Nada más. 


No hubo informes oficiales ni reconocimiento alguno. El ataque a un tren civil en tierras de frontera quedó fuera de los registros militares. 

Pero la historia sobrevivió. Pasó de boca en boca, fue recogida por cronistas taurinos y se transformó en relato, verso y leyenda. Y en todas las versiones aparecen juntos Gaviño y Hernández, no como matador y subalterno, sino como hombres que compartieron el mismo límite. Después, ambos volvieron a los toros. A las plazas, al aplauso, al riesgo conocido. 

Pero aquel episodio quedó grabado como una herida invisible. Para Gaviño, fue una prueba fuera del ruedo; para Hernández, una experiencia que lo definió para siempre. La emboscada comanche no fue solo una anécdota extrema. Fue un retrato del México de frontera, donde incluso los toreros viajaban armados y donde la vida podía perderse no ante un toro, sino dentro de un tren detenido a tiros en medio de la nada. Bernardo Gaviño y Fernando Hernández no fueron héroes de estatua. Fueron hombres de su tiempo, unidos por la profesión, el peligro y una supervivencia que los convirtió, sin buscarlo, en parte de la historia.

JOAO MOURA

 



João António Romão de Moura nació el 24 de marzo de 1960 en Portalegre. El mayor de dos hermanos, creció en el seno de una familia apasionada por la vida rural. Desde pequeño, João António mostró una especial predilección por los caballos, los toros y los galgos. Inspirado por su padre, quien montaba a caballo diariamente, empezó a tomar lecciones de equitación con la ferviente aspiración de convertirse en jinete. A los 3 años ya cabalgaba y, a los 7, en mayo de 1967, toreó su primera vaca en Portalegre, marcando el inicio de una brillante carrera. 

Con solo 10 años, debutó en la plaza de toros de Campo Pequeno alternando con figuras nacionales como João Branco Núncio y Mestre Batista. Su estilo único y progresión constante pronto lo destacaron en el mundo taurino. En 1976, a los 16 años, João Moura debutó en la prestigiosa plaza de Las Ventas de Madrid, cortando una oreja y obteniendo el trofeo "António Cañero". Ese año, Moura se consagró como un prodigio, atrayendo multitudes y ganando reconocimientos. En 1977, toreó 91 corridas, cortando 146 orejas y convirtiéndose en el "cabeza de escalafón" a los 17 años. El 11 de junio de 1978, tomó la alternativa en Santarém, apadrinado por el Maestro David Ribeiro Telles. Moura actuó en 77 ocasiones ese año, consolidando su renombre. 

En 1979, su regreso a Santarém fue histórico, toreando 7 corridas de toros, incluidas las legendarias Miuras, y revolucionando el toreo con su estilo personal. Entre 1981 y 1982, cruzó el Atlántico, deslumbrando en México y Colombia. A lo largo de su carrera, Moura acumuló innumerables triunfos y trofeos, siendo reconocido por la Real Federación Taurina de España y celebrando hitos como los 10, 20 y 30 años de su alternativa. João Moura llevó el nombre de Portugal a plazas de renombre mundial como Las Ventas de Madrid, La Maestranza de Sevilla, y Nimes, entre otras. Sus 9 salidas a hombros en Madrid son legendarias, solo superadas por Curro Romero. Momentos inolvidables incluyen su actuación en Santarém el 30 de septiembre de 1979, con un lleno total y un desempeño extraordinario con sus caballos taurinos. La continuidad de la dinastía Moura está asegurada por sus hijos João y Miguel, y sus sobrinos João Augusto y Benito. 

Las 9 salidas a hombros por la puerta principal de Madrid, por su importancia y carisma, quedan en la memoria de cualquiera. En cuanto a jinetes, sólo João Moura logró semejante hazaña histórica, e incluso en todo el universo taurino. Alternativa de João Moura Jr, apadrinar a cualquier caballero siempre es un honor, pero cuando se trata del propio hijo las emociones son aún más nobles y sentidas. 


La continuidad de la dinastía Moura estuvo asegurada por João que en Campo Pequeno el 3 de mayo de 2007 y en una noche memorable recibió a Alternativa. Pocas personas disfrutan de esta sensación, del paso del testimonio de padres a hijos, que la convierte en una noche muy memorable para cualquier torero. 

El talento de João Moura no solo elevó la reputación del toreo portugués, sino que también dejó una huella indeleble en la historia de la tauromaquia mundial. Monforte, su tierra natal, le rinde homenaje al nombrar su plaza de toros en su honor, perpetuando así su legado. João Moura, con su carisma y pasión, ha contagiado a generaciones de aficionados a la Festa Brava. Y cuando decida retirarse, lo hará a hombros, tal como vivió su brillante carrera: con grandeza y aplausos.

jueves, 25 de diciembre de 2025

FERNANDO VAN ZELLER

 


Fernando de Castro van Zeller Pereira Palha nació el 13 de abril de 1932 en Vila Franca de Xira, en la región del Ribatejo (Portugal), una ciudad profundamente vinculada a la cultura taurina portuguesa y cuna de una de las ganaderías más históricas de reses bravas del país. Su familia mantenía una estrecha relación con el mundo del toro desde hacía generaciones: su bisabuelo, Palha Blanco, dio nombre a la histórica plaza de toros de Palha Blanco de Vila Franca de Xira, y su primo, José van Zeller Pereira Palha, fue uno de los fundadores de la fiesta del Colete Encarnado en 1932, el mismo año del nacimiento de Fernando.  

Desde 1952 hasta 1955, Fernando de Castro actuó como torero a caballo, participando en festejos y vinculándose desde joven al arte taurino, práctica que formó parte de su formación dentro de la tradición ecuestre lusa. Tras su etapa como caballero, orientó su vida profesional al campo bravo. Fue responsable de su propia ganadería de reses bravas, fundada formalmente en 1973 en la Quinta da Foz, en Vila Franca de Xira, partiendo de vacas y sementales adquiridos de distintos encastes clásicos portugueses. Su trabajo como ganadero fue determinante para la conservación y recuperación de linajes antiguos de toro bravo en Portugal, y su vacada se caracterizó por mantener una extraordinaria variedad de colores de pelaje —incluidos berrendos, jaboneros, capirotes y ensabanados— constituyendo un caso inusual y prácticamente único en el toro de lidia mundial. 

Fernando de Castro combinó su labor ganadera con un compromiso social sostenido: durante décadas estuvo vinculado a la Santa Casa da Misericórdia de Vila Franca de Xira, donde ejerció funciones dirigentes y contribuyó a proyectos solidarios, en una trayectoria que le granjeó el respeto de aficionados, profesionales y vecinos. Falleció el 11 de febrero de 2016 en Vila Franca de Xira, a los 83 años de edad, tras una enfermedad prolongada, dejando tras de sí un legado de preservación genética del toro bravo y una profunda huella en la afición portuguesa al toro y la ganadería brava.

viernes, 7 de noviembre de 2025

RAFAEL PERALTA

 



"Lo peor de envejecer es la edad" — 
Rafael Peralta Píneda 

Rafael Peralta ha forjado su propia trayectoria en el arte del toreo. Nacido el 4 de junio de 1933 en Puebla del Río, Sevilla, comenzó su carrera junto a su hermano, a pesar de que ambos tenían estilos muy distintos. Desde su debut en público en 1958, Rafael se ganó el favor del público gracias a su destreza, valentía y simpatía, cualidades que mantuvo a lo largo de toda su carrera y que le aseguraron numerosos contratos. En 1959, Rafael hizo su debut en Madrid el 30 de mayo, logrando una destacada actuación con un toro de Juan Sánchez Cobaleda. A pesar de que el mal uso del verduguillo le impidió cortar trofeos, su actuación fue memorable, compartiendo cartel con figuras como Julio Aparicio, Manolo Vázquez y Curro Girón. 

Sus mejores momentos, sin embargo, tuvieron lugar en la Real Maestranza de Sevilla, donde cosechó numerosos triunfos durante la década de los sesenta. La temporada de 1966 fue desafortunada para Rafael. El 10 de abril, en Sevilla, un toro de Barcial mató a su montura Tamborel. Posteriormente, el 7 de agosto, sufrió una fractura de rodilla en Vitoria tras ser derribado por un toro de Luisa Flamarique. A pesar de estos contratiempos, las temporadas siguientes fueron más favorables. A partir de 1970, incrementó su número de apariciones, actuando en 86 tardes. Su habilidad le permitió ser parte de los 'Cuatro Jinetes del Apoteosis', junto a su hermano, Álvaro Domecq y Samuel Pereira Lupi, con quienes compartió cartel en numerosas ocasiones. Los siguientes años fueron igualmente prolíficos: 117 actuaciones en 1971, 112 en 1972 y 96 en 1973. 

Aunque sufrió percances como la rotura de ligamentos en Alicante el 39 de junio de 1973, su carrera continuó con gran éxito. Mantuvo un alto nivel tanto en cantidad como en calidad de sus actuaciones hasta mediados de los ochenta, destacando en plazas como Pozoblanco, Santa Cruz de Tenerife, Linares y Rabat, donde el 6 de agosto de 1986 consiguió los máximos trofeos con un toro de su divisa. En 1987, Rafael celebró treinta años en la profesión y siguió actuando en las principales plazas españolas. Sin embargo, a partir de entonces, redujo gradualmente sus apariciones hasta 1991, cuando experimentó un leve repunte. Su última temporada activa fue en 1995. 

Posteriormente, se dedicó a la ganadería junto a su hermano y a otras tareas, como comentarista de televisión en las retransmisiones taurinas de Tele 5 junto a Pedro Javier Cáceres. El 20 de enero de 2002, Rafael Peralta recibió la Cruz de Oro de la Orden Civil de la Solidaridad Social, otorgada por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Aficionado al cante flamenco y la poesía, Rafael es el menor de cuatro hermanos y toreó casi 4.000 toros en 43 temporadas, dejando un legado imborrable en el mundo del toreo a caballo. 


El 26 de mayo de 2024, en su localidad natal de La Puebla del Río, se descubrió un azulejo en la casa de la calle Larga donde nacieron Ángel y Rafael Peralta y recibirán el título de Hijos Predilectos que el pleno del Ayuntamiento cigarrero les concedió el pasado mes de enero. 

Rafael Peralta Pineda, fallecio el viernes 4 de julio de 2025 a los 92 años a causa de una neumonía severa que lo mantenía ingresado en el Hospital Quirón Sagrado Corazón de Sevilla.

ANGEL PERALTA PINEDA

 


"En la distancia te sigo y en la distancia te encuentro 
 Porque te llevo tan dentro que es así como consigo 
 Tenerte siempre conmigo abrazada al sentimiento 
 Te siento en cada momento alimentando ilusiones 
 Espero las ocasiones que muchas se lleva el viento". 

Ángel Peralta. Ángel Peralta Pineda nació en La Puebla del Río, Sevilla, el 18 de marzo de 1925. Hijo de ganadero, pasó su infancia en las fincas de reses bravas que la familia tenía en las Marismas sevillanas, aunque pronto brotaría en él una pasión por los caballos, lo que hizo llegar a convertirse en el rejoneador más importante y polifacético del siglo XX. Debutó el 19 de febrero de 1945 en la plaza de la Pañoleta, en Sevilla, y el 19 de abril de 1948 se doctoró en Las Ventas, en Madrid, con un toro de Molero, obteniendo gran éxito. Rejoneador espectacular, fue el encargado de profesionalizar el rejoneo moderno en España al crear numerosas suertes como las cortas a dos manos o las rosas, su invención de la suerte de la rosa, contada así por él: “En una corrida en Sevilla, una mujer muy bonita, que se asustó cuando el toro estuvo a punto de cogerme, arrojó una flor para hacerme el quite. Era una rosa que cayó en la arena, entre el toro y yo, una rosa que llevaba clavada en el pecho. 

Entonces yo me tiré del caballo, até la flor a una banderilla corta y le brindé la suerte: ¡Para que no se asusten en la plaza las hermosas, a los toros, las heridas, se las cubriré de rosas!”. Además de inventar la fórmula de la collera (lidia de un toro por parte de dos rejoneadores).Junto con su hermano, el también rejoneador Rafael, adquirió en noviembre de 1953 la ganadería de Manuel González y Juan Antonio Álvarez, procedencia Murube. En octubre de 1960 obtuvo en Wembley, Inglaterra, el máximo galardón de la Muestra Ecuestre Internacional, las "Espuelas de Oro", con su caballo "Faraón". Un año después, en febrero de 1961, realizó exhibiciones en Berlín, y en octubre de 1962 en el "Empire-Pool", en Londres. Genio y figura, suya es la sentencia de la necesidad de fusionar tres voluntades, la del caballo, el hombre y el toro. Desde las décadas de los 60 y 70, Ángel Peralta fue el verdadero artífice de las corridas del arte del rejoneo, que empezaron a celebrarse —sólo con rejoneadores— en 1969 y cogieron fuerza con el cuarteto llamado formó cartel junto con su hermano Rafael, Álvaro Domecq y el portugués José Samuel Pereira "Lupi", interviniendo ese primer año en 94 corridas, y repitiendo cifras similares de festejos en los años siguientes (95 en 1971, y sobre las 100 en 1974 y 1975).Una fórmula tan exitosa que llegaron a ser conocidos como los "Cuatro Jinetes del Apoteosis",(apocalipsis, decían otros), lo que les llevó también a poseer el hito histórico de conformar el primer cartel de rejones en la historia de la Feria de San Isidro. 

El 27 de junio de 1979 le fue impuesta la Gran Cruz de la Beneficencia, concedida por el Gobierno de la nación, por su labor en favor del asilo de ancianos "Ciudad de los Almirantes", de Medina de Rioseco, Valladolid, para el que organiza, desde 1954, un festival benéfico para ayudar económicamente al asilo. En los años 80 mantuvo cifras que rondaban las 100 corridas por temporada hasta que en noviembre de 1989 concurrió para hacerse con la explotación de la plaza de Las Ventas, de Madrid, como socio mayoritario de "Promociones Taurinas Madrileñas", pero su propuesta fue rechazada en favor de la presentada por "Toresma", de los hermanos Lozano. El año que abría la década de los noventa sólo intervino una tarde en Sevilla, ya que, el 20 de mayo, sufrió un grave accidente en la plaza granadina de La Zubia al caerle encima el caballo "Corinto", cuando lidiaba el segundo de su lote, de su propia ganadería "Viento Verde", resultando con lesiones en piernas, brazos, pulmón izquierdo y rodilla derecha. En diciembre de 1990 declaró: "me retiraré sin darme cuenta, y estaré rejoneando en la plaza mientras pueda subir a caballo". Poco tiempo después, el 19 de febrero de 1991, fue sometido a una segunda intervención quirúrgica en su pierna derecha. En la madrugada del 14 de marzo de 1992, sufrió un grave accidente de circulación en la autovía de Sevilla, en el que resultaron heridos él mismo y su esposa, y muerto el conductor del turismo que provocó el siniestro. Peralta, que cumplía esa campaña sus 50 años como rejoneador, iba a recibir el 18 de marzo un homenaje en Valencia. A pesar de sus lesiones producidas en aquel accidente en La Zubia, Peralta nunca acabó de bajarse definitivamente del caballo, actuando en festivales e, incluso, llegó a reaparecer, ya con 88 años, para dar la alternativa en Nimes a la amazona francesa Lea Vicens, de la que fue su gran descubridor. También fue el primer valedor de Diego Ventura, pues su padre, Joao Antonio Ventura, trabajó con él durante varios años en su finca sevillana del Rancho el Rocío. Hombre singular y polifacético, rejoneador —en activo 55 temporadas—, ganadero, filósofo y poeta. Autor de los libros: Cabriolas (Sevilla, 1960); Caballo Torero (Colonia, Alemania, 1971), libro de colección con aguatintas del pintor Capuletti; Cucharero, con una edición en francés; Mi sueño con el Pájaro y el Toro (1995); La sabiduría de un jinete (2011); El mundo del caballo y del toro a cielo abierto (2012) y El Centauro de Las Marismas (2017), por cuyo título también es conocido el autor. Hijo adoptivo y Predilecto de Medina de Rioseco (Valladolid), donde se le hizo entrega de la «Cruz Primera de la Orden Civil de Beneficiencia» en 1979. 

Está en posesión de la «Cruz al Mérito Civil» 1992, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2013 por el Ministerio de Cultura por los 55 años que estuvo en activo, los cerca de 6.000 toros que lidió durante su carrera, sus grandes éxitos profesionales, como las cuatro orejas y rabo que cortó en Madrid en 1971 y por dedicar toda su vida a la cría de caballos, tanto el pura raza español como el de deporte para rejoneo y competición, también obtuvo el título de «Veterinario de Honor de España».Le fueron otorgadas varias distinciones en Europa e Hispanoamérica. Asimismo, el diario Pueblo le distinguió como Hombre Popular. Está ya eternizado en el Museo Taurino de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, en una artística escultura de Luis Sanguino, junto a las inmortales figuras sevillanas del toreo, así como en el Hospital Casa Asilo de Medina de Rioseco, en una escultura de Manuel López. Innovador en el mundo de las sevillanas, con el compositor Manuel Pareja Obregón. Protagonista en las películas La Novia de Juan Lucero (1959), junto a Juanita Reina, y en Cabriola (1965), con Marisol. Participó en las ediciones de Fericab 2006 y 2007 con sus espectáculos con gran éxito de crítica y público que recordaba la participación de ambos hermanos en la década de los 70 en las procesiones de la ciudad. 

Peralta murió de insuficiencia respiratoria en su finca de La Puebla del Río, Sevilla, España, el 07 Abril 2018 tenía 92 años.

miércoles, 22 de octubre de 2025

DORA LA CORDOBESITA: LA ESTRELLA CORDOBESA QUE CONQUISTÓ EL ALMA DE CHICUELO

 





En los albores del siglo XX se alzó sobre los escenarios andaluces una joven artista cuya gracia, belleza y flexibilidad artística la convirtieron en emblema de Córdoba y símbolo de una época. Dolores Castro Ruiz —más conocida por su nombre artístico, Dora la Cordobesita— fue cupletista, tonadillera, bailaora y modelo para artistas y pintores que encontraron en ella el arquetipo femenino andaluz. 

Su vida, marcada por la vocación artística y la devoción religiosa, tuvo un punto de inflexión el 10 de noviembre de 1927, cuando contrajo matrimonio con el célebre torero sevillano Manuel Jiménez Moreno “Chicuelo”. Aquel enlace, celebrado con todo el boato de los grandes acontecimientos sociales de la época, marcó también su retirada definitiva de los escenarios y el comienzo de una nueva vida en el ámbito doméstico, al lado de una de las grandes figuras del toreo moderno. 



Nacida en Córdoba el 22 de mayo de 1902, en el barrio de San Lorenzo —aunque algunos cronistas citan 1901—, Dora mostró desde niña un don natural para las artes escénicas. En un tiempo en que las mujeres artistas eran todavía vistas con cierta suspicacia, ella supo conquistar al público con su desparpajo y talento precoz. Su descubridor fue el empresario Antonio Cabrera Díaz, quien la presentó como “niña prodigio” en teatros locales. De su mano debutó en 1914 en el Salón Ramírez de Córdoba, apadrinada por la artista sevillana Amalia Molina, figura que la introdujo en los círculos profesionales del espectáculo. A partir de entonces su carrera creció vertiginosamente: actuó en el Teatro Romea de Madrid, el Cervantes de Granada y el Gran Teatro de Córdoba, consolidándose como una de las voces más queridas del cuplé andaluz. Su repertorio reflejaba el gusto popular del momento: canciones como “La rosa de los calés”, “Cruz de Mayo cordobesa” o “¡Vaya usté con Dios!”, esta última compuesta por el sevillano Font de Anta con letra de Salvador Valverde, se convirtieron en auténticos éxitos. 

Además, Dora inspiró a uno de los grandes artistas de la pintura cordobesa, Julio Romero de Torres, quien la retrató y tomó su figura como modelo para varias de sus obras más conocidas, inmortalizando su belleza serena y su mirada melancólica. La Cordobesita se convirtió así en un referente no solo de la canción andaluza, sino también del arte y la estética de su tiempo. Fue en el apogeo de su carrera cuando conoció a Manuel Jiménez “Chicuelo”, torero trianero nacido también en 1902 y ya entonces una figura consagrada por su elegancia, naturalidad y sentido estético del toreo. El encuentro entre ambos mundos —la canción y la tauromaquia— ocurrió en la Feria del Corpus de Granada de 1924, donde formalizaron su noviazgo. Tres años más tarde, el 10 de noviembre de 1927, se celebró su boda en la Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores, templo de gran devoción en Córdoba. 

Dora llegó al altar acompañada por su padrino y mentor, Antonio Cabrera Díaz, quien había guiado su carrera desde la infancia. Las crónicas de la época narran el acontecimiento como un verdadero suceso social. Córdoba entera se volcó para presenciar la unión de dos celebridades, y el almuerzo posterior tuvo lugar en la casa de la plaza del Ángel, con repostería local y música en vivo interpretada por la orquesta del Teatro Duque de Rivas, dirigida por Bonifacio Mora. El enlace simbolizó también una renuncia: Chicuelo anunció que su esposa abandonaría los escenarios para dedicarse a su hogar, una decisión que, aunque difícil, Dora asumió con serenidad y elegancia. El matrimonio fijó su residencia en la Alameda de Hércules, en Sevilla, en un chalet adquirido por el torero tras su alternativa. Lejos de los focos, Dora se dedicó plenamente a su familia y a su devoción a la Virgen de los Dolores. Tuvo siete hijos, aunque algunas fuentes apuntan que uno de ellos, Juan, falleció trágicamente a los 12 años en el verano de 1944, un golpe durísimo para el matrimonio. Entre sus descendientes se contaron varios continuadores de la dinastía taurina, entre ellos Rafael Jiménez “Chicuelo II”, que seguiría los pasos de su padre y despues sus hijos; Francisco Manuel Jimenez Amador "Curro Chicuelo" y su hermano Manuel.

Dora se convirtió en el alma de una casa que respiraba arte, religiosidad y disciplina, al tiempo que acompañaba con discreción la intensa vida profesional de su marido, quien continuó toreando y desarrollando un estilo que influiría decisivamente en generaciones posteriores de toreros. Con el paso de los años, la figura de Dora la Cordobesita fue adquiriendo un aura casi legendaria. Su nombre sigue apareciendo en los estudios sobre la mujer artista de principios del siglo XX, y su imagen, capturada por Julio Romero de Torres, permanece como un icono de la feminidad andaluza. 

Su contribución a la historia del espectáculo en España se mide no solo por su arte en los escenarios, sino también por la dignidad con la que supo retirarse, eligiendo el silencio y la vida familiar en una época en que las decisiones femeninas estaban marcadas por fuertes condicionamientos sociales. Dolores Castro Ruiz falleció el 25 de abril de 1965, a los 63 años, en Sevilla, donde fue sepultada en el cementerio de San Fernando. Su marido, Chicuelo, sobreviviría algunos años más, consolidando su nombre en la historia del toreo como uno de los renovadores de la faena moderna. Hoy, su recuerdo permanece vivo tanto en la historia cultural de Andalucía como en la memoria taurina. 

Dora representó el arquetipo de la artista que, desde la luz del escenario, supo retirarse con elegancia para construir desde la sombra el legado de una de las familias más respetadas del arte y la tauromaquia española. Su vida, tejida entre los acordes del cuplé y el eco de los clarines, es reflejo del espíritu andaluz de su tiempo: pasión, arte, sacrificio y devoción. Recordar a Dora la Cordobesita es volver a una Andalucía que respiraba copla y toro, donde el arte y el sentimiento se entrelazaban en una misma melodía.

martes, 21 de octubre de 2025

Entre capotes y mantones: el amor imposible de “El Gallo” y Pastora Imperio

 

 


Madrid, 1911. El eco de los aplausos en los teatros y el olor a albero de las plazas parecían fundirse en una sola melodía cuando dos mundos colisionaron: el del toreo, con su rito y su riesgo, y el del flamenco, con su arte y su misterio. Rafael Gómez Ortega, “El Gallo”, genio y figura del toreo sevillano, y Pastora Imperio, reina indiscutible del cante y el baile, unieron sus vidas el 20 de febrero de 1911 en la iglesia madrileña de San Sebastián. Fue un acontecimiento social de primer orden: asistió la nobleza, el arte y la prensa. Pero aquella boda soñada no tardó en convertirse en uno de los episodios más comentados —y trágicamente breves— de la crónica rosa y taurina de su tiempo. Pocos meses después de la fastuosa ceremonia, el matrimonio se quebró. Pastora abandonó el domicilio conyugal, y los periódicos comenzaron a llenar columnas con insinuaciones, rumores y comentarios apenas velados. En aquel Madrid de tertulias y confidencias, la ruptura del torero y la artista se convirtió en tema de cafés y camerinos. 

🔸 Una historia marcada por el carácter Desde el inicio, el temperamento de ambos presagiaba tormenta. Rafael “El Gallo”, supersticioso y de genio cambiante, vivía entre la genialidad y la duda, mientras Pastora Imperio se afirmaba como una mujer moderna, segura y consciente de su valor artístico. Él representaba el instinto; ella, la elegancia y la inteligencia. Dos fuegos distintos que, al encontrarse, se consumieron. Los cronistas de sociedad de la época aludían a celos desmedidos por parte del torero y a una imposibilidad de convivencia entre dos figuras acostumbradas a ocupar el centro del escenario. “Pastora abandonó el hogar, cansada de los arrebatos temperamentales del Gallo”, publicó el Diario de Cádiz, añadiendo que la artista había iniciado gestiones judiciales de separación. 

🔸 Entre superstición y orgullo El carácter supersticioso de “El Gallo” fue otro ingrediente del drama. Creía en presagios, augurios y señales. En los círculos taurinos se contaba que veía en su esposa una suerte de “mala sombra” que atraía la desgracia. Algunos testimonios recogidos décadas después afirmaban que llegó a verla como una presencia fatídica, incluso “hechizada”, según cita el investigador Rafael Zubiaga en su blog sobre el misterio y la superstición taurina. Más allá del mito, los celos profesionales eran evidentes: Pastora Imperio brillaba en los escenarios de España y París, aplaudida por la realeza y admirada por hombres poderosos. Rafael, acostumbrado a ser el ídolo, se vio eclipsado por una mujer que acaparaba titulares y protagonismo. Aquella desigualdad de focos —inédita para la época— fue, según varios autores, el detonante silencioso del distanciamiento. 

🔸 Un divorcio adelantado a su tiempo En una sociedad todavía regida por valores conservadores, la ruptura fue un escándalo. Pastora Imperio, lejos de ocultarse, siguió actuando con naturalidad y elegancia, reafirmando su independencia. El torero, en cambio, se replegó en su mundo interior y en el ruedo, donde su arte, ya entonces más espiritual que triunfal, parecía un reflejo de sus desvelos personales. Aunque la separación se produjo en 1911, el divorcio legal no pudo formalizarse hasta la Segunda República, cuando la legislación lo permitió. Para entonces, cada uno había seguido su camino: Pastora consolidaba su leyenda en los teatros y Rafael caminaba hacia el mito, encerrado en sus supersticiones y nostalgias. 

🔸 Los ecos de una historia inmortal El episodio adquirió una dimensión trágica y romántica que perdura. La bailaora, símbolo de emancipación femenina, y el torero, icono de la tradición, representaron un choque entre dos visiones de la vida: la libertad y el destino. De aquella unión quedó una cicatriz en la memoria popular y una lección de modernidad: la de una mujer que, en 1911, tuvo el valor de separarse y continuar triunfando sola, cuando la sociedad no lo perdonaba. Hoy, más de un siglo después, el matrimonio efímero de “El Gallo” y Pastora Imperio sigue evocando un tiempo en el que el arte, la pasión y la rebeldía se entrelazaron hasta confundirse. 

📜 Documentos de la época “Pastora Imperio abandona el hogar conyugal. Los rumores sobre celos y diferencias de temperamento se confirman. El Gallo no se presenta en los toros desde hace semanas” — Diario de Cádiz, marzo de 1911. 
“No ha sido cuestión de caracteres”, diría años más tarde Pastora, en una frase cargada de misterio. — Entrevista de 1926 

💬 Sabías que… En la boda, celebrada con gran lujo, estuvieron Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia. La luna de miel fue breve: a los pocos meses, Pastora regresó sola a los escenarios. La hija de Pastora, Rosario (nacida en 1920), fue reconocida como hija legal de El Gallo, aunque se atribuye al duque de Dúrcal. Rafael creía en los presagios: antes de cada corrida consultaba amuletos y signos, convencido de que su destino estaba marcado. 

🕰️ Línea de tiempo: El amor y la ruptura 
Año                     Hecho 
1909                    Rafael “El Gallo” conoce a Pastora Imperio en Sevilla. 
1910                    Inician su noviazgo, seguido de una corte intensa en Madrid. 
20 febrero 1911  Boda en la iglesia de San Sebastián (Madrid). Asisten personalidades y la familia real. 

Junio 1911        Pastora abandona el domicilio conyugal. La prensa habla de “celos” y “malos tratos”. 

1912                 El matrimonio vive separado. El torero atraviesa una profunda crisis personal.  
1931                 Con la ley republicana, se oficializa el divorcio. 
1976              Pastora Imperio muere en Madrid, respetada y legendaria; Rafael había fallecido en                                    1960, envuelto en la nostalgia del arte y el misterio.

domingo, 5 de octubre de 2025

SE CUMPLEN 95 AÑOS DEL NACIMIENTO DE "EL LITRI"






Miguel Báez Espuny, conocido en el mundo taurino como “El Litri”, nació el 5 de octubre de 1930 en Gandía (Valencia) pero fue criado y se hizo a sí mismo en Huelva, ciudad que acabaría por identificarlo y consagrarlo; pertenecía a una dinastía taurina muy antigua que arranca con su abuelo novillero Manuel Báez Aráuz apodado “Mequi” (siglo XIX), continuó con su padre Miguel Báez Quintero —el primer “Litri” de proyección local— y tuvo en su medio hermano Manuel Báez Gómez (conocido como “Manolito” o “Manuel Báez ‘Litri’”) uno de los episodios más trágicos de la saga: Manuel nació fruto de una relación extramatrimonial entre Miguel Báez Quintero y Margarita Gómez (empleada del domicilio), fue criado en el hogar conyugal del torero y su esposa, y murió a consecuencia de la cornada y las complicaciones (gangrena) recibidas tras una cogida en la plaza de La Malagueta (Málaga) el 11 de febrero de 1926, falleciendo días después el 18 de febrero de 1926; la memoria local honró su recuerdo con ofrendas y un mausoleo en Huelva. 


La biografía de la familia muestra que Miguel Báez Quintero (nacido en 1869) tuvo, según las fuentes hemerográficas y biográficas tradicionales, al menos dos episodios matrimoniales relevantes: una primera esposa —citada en las crónicas locales como Antonia Hernández (a veces referida como Antonia Hernández Díaz)— con la que formó el hogar donde se integró el niño Manuel, y una segunda unión posterior con Ángela (María de los Ángeles) Espuny Lozar, valenciana residente en Gandía, de la que nacería Miguel Báez Espuny en 1930; atendiendo a las noticias y a los relatos históricos, la secuencia que aparece en la documentación pública es (1) matrimonio con Antonia Hernández —viudez o separación tras la tragedia de 1926— y (2) matrimonio posterior con Ángela Espuny, por lo que puede afirmarse con prudencia que Miguel Báez Quintero se casó al menos dos veces. Miguel Báez Quintero, figura local con trayecto en plazas andaluzas y nacionales, falleció a comienzos de 1932 en Huelva; las crónicas contemporáneas recogen que su muerte fue debida a un ataque asmático (o una afección respiratoria aguda) en enero de 1932, noticia que los periódicos de la época reflejaron resaltando su papel como patriarca de los Litri. 


Miguel Báez Espuny desarrolló su carrera de matador con el peso de esa estirpe: debutó como novillero en 1947, tomó la alternativa en 1950 y fue una de las figuras populares del toreo español de las décadas medias del siglo XX; su estilo, sus triunfos y su vida pública (incluida la presencia en el cine y la intensa relación con las hermandades y la sociedad de Huelva) le hicieron trascender la plaza hasta convertirse en referente nacional; se casó con Concha Spínola en 1967, en el Monasterio de Guadalupe, en Extremadura. 

Tuvieron tres hijos: Miguel, Rocío y Myriam. y su hijo, Miguel Báez Spínola, prolongó la saga usando también el apelativo “El Litri”. Miguel Báez Espuny falleció en Madrid el 18 de mayo de 2022 y fue enterrado en el panteón familiar del cementerio de La Soledad en Huelva; a su muerte se sucedieron homenajes, reseñas y actos que recordaron la larga trayectoria de la familia. 


Sobre el sobrenombre “Litri”: la documentación histórica y la prensa taurina documentan sucesivos portadores del apelativo en la misma familia y en el círculo taurino onubense —desde Manuel “Mequi” (el iniciador), pasando por Miguel Báez Quintero (primer Litri de amplia presencia pública), Manuel Báez (Manolito, fallecido en 1926), José Rodríguez Báez (citado en algunas listas como otro Litri de la generación intermedia), Miguel Báez Espuny y su hijo Miguel Báez Spínola—, de modo que, contando las generaciones más visibles y reconocidas por la bibliografía y la prensa, al menos cinco o seis toreros han sido conocidos públicamente como “Litri”; si se incluyen novilleros locales y referencias colaterales la cifra aumenta, pero las fuentes especializadas tienden a fijar en torno a media docena las figuras más relevantes que han llevado el apelativo.

martes, 9 de septiembre de 2025

ALFREDO TINOCO

 


 

Alfredo Tinoco  Da Silva fue un renombrado rejoneador portugués del siglo XIX que dejó una marca indeleble en la tauromaquia. Nació el 5 de julio de 1815 en Portugal, en el seno de una familia acomodada con profundas raíces ecuestres, lo que le permitió desarrollar desde temprana edad un gran talento como jinete. Su debut en los ruedos se produjo el 14 de agosto de 1873 en la desaparecida Plaza de Toros del Campo de Santa Ana, en Lisboa, donde rápidamente captó la atención del público por su elegante estilo y la destreza que mostraba montado a caballo.

A lo largo de su carrera, Tinoco se consolidó como uno de los cavaleiros más destacados de su época, compartiendo el reconocimiento con figuras de la talla de José Bento de Araújo. Uno de los momentos más importantes de su trayectoria se produjo el 17 de junio de 1894, cuando hizo su debut en la Monumental Plaza de Toros de Campo Pequeno, en Lisboa, junto a Bento de Araújo. Esta histórica tarde de rejoneo fue un evento muy esperado por los aficionados, y la colaboración entre ambos rejoneadores causó un gran revuelo en el mundo taurino.

Además de sus éxitos en las plazas de toros portuguesas, Alfredo Tinoco fue pionero en llevar el arte del rejoneo fuera de las fronteras de su país, expandiendo su carrera hacia Brasil. En Río de Janeiro, sus actuaciones dejaron una huella profunda, estableciendo la tauromaquia como una tradición en tierras sudamericanas y abriendo el camino para futuros rejoneadores.

Tinoco no solo conquistó a la afición portuguesa y brasileña, sino que también logró reconocimiento en España, donde su elegancia y técnica fueron igualmente valoradas. A lo largo de su carrera, fue alabado por críticos como Pepe Luiz, quien lo describió como un "verdadero artista del toreo a caballo", destacando su porte y las finas maneras con las que ejecutaba las suertes del rejoneo.

Tristemente, la vida de Alfredo Tinoco se vio truncada de manera prematura cuando falleció en agosto de 1859, a los 44 años, en la ciudad de Pará, Brasil durante una epidemia de fiebre amarilla. Su muerte dejó un gran vacío en la tauromaquia .

ALEXANDRE DE MASCARENHAS

 



Nacido el 3 de febrero de 1892 en Benfica, Lisboa, Alexandre de Mascarenhas perteneció a una familia con una arraigada tradición taurina, que había dado toreros desde el siglo XVI. Hijo del conde de Torre, destacó como caballero amador y posteriormente se convirtió en un referente del rejoneo en Portugal y España, dejando  huella en la historia de la tauromaquia.

 

Su debut en público tuvo lugar en un festival celebrado en Sintra en 1905, donde compartió cartel con el cavaleiro João Tojal. Desde entonces, su trayectoria fue en ascenso, consolidándose como un rejoneador de gran temple y elegancia. Su primera presentación en Francia ocurrió el 13 de julio de 1930, en Béziers, lidiando toros de López Plata. Ese mismo año, el 14 de julio, nuevamente en Béziers, estuvo anunciado en un cartel, aunque finalmente no llegó a actuar. En España,donde era conocido como Alejandro Mascarenhas, hizo su presentación en la plaza de toros de Las Ventas, en Madrid, el 14 de abril de 1935, alternando con figuras de la talla de Chicuelo, Cagancho, Lorenzo Garza y Cañero, enfrentándose a ocho toros de la ganadería de Ramón Ortega. En total, sumó dos actuaciones en la capital española.

 

Durante su carrera, Alexandre de Mascarenhas fue un rejoneador versátil, combinando actuaciones con profesionales de renombre y logrando resultados artísticos sobresalientes. Actuó en múltiples plazas de Portugal y España, siendo reconocido por su valor y conocimientos ecuestres. En 1925, la Asociación de Classe de Toreros Portugueses lo consideró como cavaleiro de alternativa, un reconocimiento a su maestría y trayectoria.

 

Más allá de su faceta como rejoneador, ejerció como maestro de su hijo, Francisco de Mascarenhas, quien debutó en España en 1939 y continuó con el legado familiar. Además, tuvo entre sus discípulos a Nazaré Felícia, una de las primeras mujeres en torear a caballo, marcando un hito en la historia del rejoneo.


En los años 1941 y 1942, regresó a España acompañado de su hijo, toreando en Barcelona y otras plazas de renombre. A lo largo de tres décadas, Alexandre de Mascarenhas fue un rejoneador admirado, sosteniendo con honor los pergaminos de su ilustre estirpe y deleitando a los aficionados con su arte ecuestre. Su legado sigue vivo en la memoria de la tauromaquia lusitana y española.

miércoles, 13 de agosto de 2025

MANUEL DOMÍNGUEZ CAMPOS “DESPERDICIOS”: DESDE LA ARENA A LA GUERRA

 


Manuel Domínguez Campos, más conocido como “Desperdicios”, es una de esas figuras de la tauromaquia que desbordan los límites del ruedo. Torero de casta, nacido en Sevilla en 1816, encontró su verdadera dimensión vital no solo en las plazas de España, sino a través de una increíble odisea en América del Sur, donde combinó el arte del toreo con las armas, la supervivencia extrema y la aventura al más puro estilo romántico decimonónico.

La alternativa y la huida: origen del periplo americano

 

Corría el año 1836 cuando Domínguez tomó la alternativa en Zafra (Badajoz). Sin embargo, un oscuro incidente en Sevilla —posiblemente un duelo o un hecho de sangre— lo llevó a abandonar precipitadamente España. Contrató una cuadrilla y se embarcó rumbo a Montevideo, iniciando así un exilio autoimpuesto que se convertiría en una de las etapas más intensas de su vida.

Montevideo y la Guerra Grande: el torero soldado

 

Apenas instalado en el Río de la Plata, estalló la conocida Guerra Grande (1839–1851), que enfrentó a los blancos de Manuel Oribe, apoyados por Argentina y sectores franceses, contra los colorados de Fructuoso Rivera, respaldados por Brasil y batallones de mercenarios europeos, entre ellos Giuseppe Garibaldi.

 

Domínguez fue enrolado en las fuerzas de Rivera. Lo que parecía un viaje taurino se convirtió en una experiencia bélica en toda regla: fuego, caballo, machete y pólvora. Se batió como soldado en diversas escaramuzas y quedó involucrado directamente en el conflicto civil más importante del Uruguay decimonónico.

Triunfo en Río de Janeiro: entre toros y emperadores

 

Terminadas algunas campañas, Domínguez cruzó hacia Río de Janeiro, donde en 1840 o 1841 se celebraban festejos por la coronación de Pedro II de Brasil. Allí toreó en cuatro corridas solemnes, obteniendo un éxito apoteósico. Fue aclamado por la corte y la aristocracia brasileña, quien lo colmó de regalos y agasajos. Fue, quizás, el momento más glorioso de su carrera como torero.

Buenos Aires: tierra hostil, vida salvaje

 

Regresó a Buenos Aires con la esperanza de revivir la tauromaquia en el país del Plata. Pero el gobierno rosista, poco inclinado a espectáculos de raigambre española, le negó el permiso para organizar festejos. Sin apoyos, Desperdicios debió reinventarse.

 


Su biografía en esta etapa se convierte en un verdadero canto al hombre de frontera: trabajó como guajiro, mayoral, traficante, contrabandista, guerrillero y hasta capataz en zonas de conflicto con los pueblos originarios. Según algunas crónicas, era respetado —y temido— como un hombre duro, valiente y de pocas palabras. “Fue bravo con los bravos matones”, afirmaron cronistas de la época.

Revolución contra Rosas y fuga milagrosa

 

Con la caída del dictador Juan Manuel de Rosas tras la Batalla de Caseros (1852), Domínguez volvió a tomar partido, esta vez por los insurgentes. Capturado por las tropas federales, fue condenado a muerte, pero logró escapar en plena noche, cruzando el campo hasta alcanzar de nuevo Montevideo. Desde allí se embarcó en la fragata Amalia, que lo condujo de regreso a España, llegando a Cádiz en mayo de 1852 tras dieciséis años de intensas peripecias.

 

La figura de Manuel Domínguez “Desperdicios” escapa a los moldes tradicionales del torero del siglo XIX. Su vida, especialmente en América, lo convierte en un personaje de novela histórica, mezclando capa, estoque, sable y uniforme. Combatiente involuntario, torero errante, personaje mítico, sobreviviente y testigo privilegiado de uno de los períodos más convulsos del Cono Sur, su nombre debería resonar no solo en las plazas, sino también en los anales de la historia aventurera del siglo XIX.

domingo, 10 de agosto de 2025

ANTONIO LOBO "LOBITO CHICO": PROMESA TRÁGICAMENTE TRUNCADA DEL TOREO SEVILLANO

 




El 16 de julio de 1893, la plaza de toros de San Fernando se vistió de luto. Aquel día, durante una corrida en la que participaban las cuadrillas de Bonarillo y Minuto, el joven banderillero sevillano Antonio Lobo, conocido en los carteles como “Lobito Chico”, fue mortalmente herido por el toro "Rosadito", de la ganadería de Eduardo Ibarra. El astado, un ejemplar de respeto que ya había recibido diez puyazos y había matado a un caballo, embistió con violencia y fatal desenlace al diestro, cuyas heridas terminaron por arrebatarle la vida poco después en la enfermería del coso.

 

Antonio Lobo había nacido en Sevilla el 2 de octubre de 1870. Desde los quince años manifestó su vocación taurina, dejando atrás el oficio de pintor para dedicarse plenamente al toro. Con apenas diecisiete años se unió a una cuadrilla de “niños sevillanos” encabezada por su hermano, el también torero Fernando Lobo. Este grupo, en el que también figuraban Mazzantinito y Bonarillo, viajó en 1886 a México, donde torearon con notable éxito durante dos temporadas. A su regreso a España, Lobo consolidó su trayectoria como banderillero y se distinguió por su valor, buena colocación y condiciones técnicas, especialmente en la suerte de banderillas.

 

Su presentación en Madrid tuvo lugar el 27 de agosto de 1891 en una corrida con toros de Benjumea, donde actuó junto a Mazzantinito. A pesar de su juventud, Lobito Chico ya era considerado un peón destacado dentro de las cuadrillas, por su facilidad para adornarse con las banderillas y por su entrega en los tercios. Era, además, un hombre de carácter afable y modesto, cualidades que le granjeaban el aprecio de compañeros y aficionados.

 

En la fatídica corrida de San Fernando, al ejecutar un par de frente al cuarto toro del encierro —el mencionado “Rosadito”—, el astado lo prendió de lleno. Una de las astas le produjo una profunda herida en el muslo izquierdo que penetró hasta la cavidad abdominal, desgarrando intestinos y vejiga. Lobito Chico fue conducido de inmediato a la enfermería de la plaza, donde recibió los últimos auxilios y la extremaunción. Lo atendieron el catedrático Dr. Francisco Meléndez, de la Facultad de Medicina de Cádiz, junto a varios facultativos y practicantes. A pesar de sus esfuerzos, el joven no pudo sobrevivir a la hemorragia interna provocada por las heridas. Falleció en la propia enfermería, bajo custodia de la Guardia Civil, mientras sus compañeros asistían impotentes al desenlace.

 

La autopsia reveló el carácter devastador de la herida: rotura de vísceras, gran hemorragia interna y contusión severa en el pecho, provocada por las vueltas que el toro dio tras enganchar al torero. El cuerpo fue velado en la fonda de La Marina y posteriormente en la iglesia parroquial del Salvador, donde se celebró un funeral multitudinario el sábado 29 de julio. Asistieron numerosos diestros, cuadrillas, picadores, empresarios, médicos y aficionados, además de representantes de la prensa especializada y generalista.

 

La emoción fue generalizada, y el dolor, palpable. Su hermano Fernando se abalanzó sobre el cuerpo sin vida del joven torero al entrar en la enfermería, entre gritos desgarradores. Fue una pérdida que conmovió profundamente al mundo taurino de su época. La cuadrilla al completo acudió al entierro, y Bonarillo —el matador con quien Lobito Chico toreaba aquel día— costeó los gastos del sepelio que ascendieron a 322,60 pesetas, además de encargarse de los trámites funerarios en nombre de la madre del torero, Doña Dolores Escobar. Los gastos del funeral.Este gesto fue visto por todos como una muestra de nobleza y solidaridad dentro del mundo del toro.

 

No era esta la primera vez que Lobito Chico se enfrentaba al peligro con consecuencias graves. A lo largo de su corta carrera ya había sufrido tres cogidas anteriores: en Madrid, Villamanrique y, el año anterior, en San Sebastián. En esta última ocasión, una cornada en el vientre lo obligó a lanzarse fuera del ruedo para salvarse. Pero nunca, como en San Fernando, la fatalidad le alcanzó de forma tan definitiva.

 

Aquel 16 de julio de 1893, a sus veintidós años , Antonio Lobo exhaló su último suspiro en el lecho de la enfermería, truncándose así una prometedora carrera en la que muchos veían el reflejo de un futuro torero grande. Su muerte se sumó a las muchas tragedias que ha registrado la historia taurina, pero permanece grabada en la memoria como una de las más amargas, por la juventud, el coraje y la humanidad del torero caído.

 

Su figura representa hoy el arquetipo del valor juvenil y la entrega sin medida que definen al buen torero. Y aunque su nombre no alcanzó a figurar en la gloria de los grandes carteles, sí dejó una huella imborrable en la historia del toreo decimonónico. Lobito Chico, joven promesa truncada, descansa en la memoria del arte taurino como símbolo de una pasión que, como tantas veces, encontró en la arena su trágico desenlace.

jueves, 31 de julio de 2025

ÁLVARO MARTÍNEZ CONRADI

 




 

Pocos casos como el de Álvaro Martínez Conradi representan con tanto equilibrio el tránsito de la arena al campo, del arte del rejoneo a la ciencia ganadera. Nacido en el seno de una familia andaluza profundamente vinculada a la tradición ecuestre, Álvaro tuvo una primera vida taurina como rejoneador, forjando su carrera a caballo en plazas del sur de España, especialmente en Andalucía, donde se recuerdan sus actuaciones en ruedos menores durante la década de los años sesenta. Su momento de mayor actividad lo vivió en 1968, temporada en la que llegó a actuar en doce festejos, lo que da muestra del interés que despertaba su figura en la escena del rejoneo de entonces.

 

Sin embargo, su verdadera consagración llegó tras su paso por los ruedos, al frente de una de las divisas más singulares y reconocidas del campo bravo actual: La Quinta. En 1988, Álvaro Martínez Conradi asumió la dirección de esta ganadería, asentada en Palos de la Frontera (Huelva) y formada íntegramente con reses de procedencia Santacoloma–Buendía, en un momento en que este encaste era más símbolo de minoría que de vigencia. Lejos de buscar la comodidad del toro moderno, optó por rescatar la esencia del toro torero, de bella lámina, hondo, de mirada seria y comportamiento encastado. Su filosofía como criador ha sido clara: preservar lo mejor de la tradición sin renunciar a la evolución.

 

Con el tiempo, La Quinta ha pasado de ser una ganadería para aficionados exigentes a consolidarse como una divisa imprescindible en plazas como Sevilla, Madrid, Dax, Istres o Mont-de-Marsan. Su debut en Las Ventas se produjo en 2002, y desde entonces no han faltado tardes memorables. Ejemplo de ello fue el indulto de “Golosino” en Istres en 2013, y el éxito rotundo en Albacete o La Maestranza años después. En 2022, La Quinta fue reconocida con la Oreja de Oro a la ganadería del año, galardón que ratifica su paso firme en el mapa ganadero.

 

Apasionado del campo, metódico y sobrio, Álvaro Martínez Conradi representa la figura del ganadero artesano, ese que baja al cercado a observar, que conoce a sus vacas por reatas y a sus sementales por comportamiento. Aunque nunca buscó protagonismo mediático, su nombre se ha convertido en sinónimo de calidad, integridad y respeto a una forma de entender la bravura.

 

Del rejoneador que un día soñó con la gloria a caballo, al criador que hoy deja herencia viva en cada embestida de sus toros, Álvaro Martínez Conradi ha recorrido el camino con verdad. Y en esa verdad radica, precisamente, su prestigio.