sábado, 13 de junio de 2026

IGNACIO VAZQUEZ

 



La historia de la tauromaquia está llena de nombres llamados a escribir páginas de gloria que, por caprichos del destino, quedaron detenidos antes de tiempo. Uno de esos casos es el de Ignacio Vázquez Silva, miembro de una de las sagas taurinas más importantes de Sevilla y hermano del matador Pepe Luis Vázquez Silva. 
Nacido en el seno de la histórica familia de los Vázquez, Ignacio era hijo del maestro Pepe Luis Vázquez Garcés, considerado una de las figuras más relevantes del toreo del siglo XX. Además, pertenecía a una auténtica dinastía taurina en la que también destacaron sus tíos Manolo, Antonio, Rafael y Juan Vázquez Garcés. Siguiendo la tradición familiar, Ignacio se enfundó el traje de luces siendo muy joven. 

Su debut como novillero sin picadores tuvo lugar el 18 de agosto de 1979 en Aroche (Huelva) despertando el interés de los aficionados por su apellido y por las esperanzas depositadas en él como continuador de una estirpe legendaria. El percance que truncó una carrera Pero apenas un año después llegaría la tragedia. 

El 15 de agosto de 1980, en la localidad cacereña de San Vicente de Alcántara, Ignacio sufrió un gravísimo accidente durante un festejo taurino. Según las referencias biográficas conservadas, el novillero se golpeó accidentalmente con el estoque, sufriendo un severo traumatismo en el ojo derecho. Las consecuencias fueron devastadoras: perdió completamente la visión de ese ojo. Aquel percance puso fin a su trayectoria taurina cuando apenas comenzaba. Mientras su hermano mayor Pepe Luis alcanzaría la alternativa y una larga carrera profesional, Ignacio se vio obligado a abandonar los ruedos antes de poder desarrollar todo su potencial. 

El episodio quedó grabado en la historia de la familia Vázquez como una de las más dolorosas tragedias sufridas por la dinastía sevillana. Una nueva vida lejos de los ruedos Sin embargo, Ignacio Vázquez Silva supo rehacer su camino. Tras abandonar el toreo decidió orientar su vida hacia los estudios universitarios y terminó ejerciendo como farmacéutico en el pueblo de Bormujos, Sevilla, profesión en la que desarrolló su actividad durante décadas. 


Su historia constituye un ejemplo de resiliencia: cuando el destino le cerró las puertas de la plaza, encontró una nueva vocación lejos de los focos y de la fama taurina. 

El recuerdo de un sueño interrumpido La muerte de su hermano, el matador Pepe Luis Vázquez Silva, en julio de 2024, volvió a traer a la memoria la historia de aquella familia irrepetible y de aquel joven novillero que vio truncados sus sueños por un accidente tan insólito como cruel. Hoy, Ignacio Vázquez Silva permanece como una figura casi olvidada para el gran público, pero su nombre sigue ocupando un lugar en la memoria de los aficionados como el torero que nunca pudo llegar a demostrar hasta dónde habría alcanzado su apellido en los ruedos. La foto es de su página de Facebook.

viernes, 12 de junio de 2026

LUCIO SANDÍN Y LA TARDE QUE DESAFIÓ TODOS LOS LÍMITES


 

La historia de la tauromaquia está jalonada de gestas, triunfos y tragedias. Entre estas últimas ocupa un lugar destacado la gravísima cogida sufrida por el novillero madrileño Lucio Sandín el 12 de junio de 1983 en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, un percance que le costó la pérdida del ojo derecho y que, sin embargo, no logró apartarle de los ruedos. Aquella tarde, Sandín, que contaba apenas diecinueve años y figuraba entre las más firmes promesas del escalafón novilleril, lidiaba a "Santanero", un ejemplar de la ganadería de Baltasar Ibán. 

La faena transcurría con interés hasta que el novillo, desarrollado y con sentido, prendió al torero de forma estremecedora al finalizar una serie con la mano derecha. El pitón alcanzó de lleno el rostro del novillero, provocándole la pérdida inmediata del globo ocular derecho y penetrando en la cavidad craneal. La gravedad de las lesiones hizo temer por su vida durante las horas siguientes. Los servicios médicos lograron estabilizarlo, pero nada pudo hacerse para salvar el ojo. La reacción de Sandín durante su recuperación contribuyó a convertir el episodio en uno de los más recordados de la tauromaquia contemporánea. Lejos de plantearse el abandono, manifestó desde el hospital su intención de volver a vestirse de luces. 

Y cumplió su propósito. Menos de tres meses después reaparecía en Medina del Campo, donde obtuvo un sonoro triunfo que simbolizó su victoria personal sobre la tragedia. 

Una de las secuelas más temidas 

La pérdida de un ojo constituye una de las consecuencias más severas que puede afrontar un torero. Más allá de la evidente lesión física, afecta a la percepción de las distancias, al cálculo de los terrenos y a la visión espacial, elementos fundamentales en el ejercicio del toreo. Pese a ello, la historia registra varios ejemplos de profesionales que lograron continuar sus carreras después de sufrir lesiones oculares irreversibles. Entre los casos más conocidos figura el de Juan José Padilla, quien perdió el ojo izquierdo tras la gravísima cornada sufrida en Zaragoza el 7 de octubre de 2011. Su rápida recuperación y posterior regreso a los ruedos lo convirtieron en uno de los símbolos de superación más destacados de la tauromaquia moderna. 

También el madrileño Javier Vázquez continuó ejerciendo como matador de toros después de perder la visión de un ojo a consecuencia de una cogida sufrida en la década de los noventa. Especialmente dramático fue igualmente el caso del sevillano Luis de Pauloba. El 31 de marzo de 1991, cuando era una de las grandes esperanzas del toreo andaluz, sufrió en Cuenca una espeluznante cornada que le penetró por la boca y le ocasionó gravísimas lesiones maxilofaciales. 
Como consecuencia del percance perdió la visión de un ojo, aunque logró recuperarse y alcanzar posteriormente la alternativa en la Maestranza de Sevilla en 1993, convirtiéndose en un ejemplo de fortaleza y perseverancia. 

La relación incluye asimismo al matador salmantino Juan José, que perdió un ojo siendo novillero y logró mantenerse en activo, así como al histórico Manuel Domínguez "Desperdicios" una de las figuras más destacadas del siglo XIX, que continuó toreando tras sufrir una grave lesión ocular. 

A esta nómina debe añadirse también el murciano Paco Ureña. El 14 de septiembre de 2018 sufrió una gravísima cornada en la plaza de Albacete cuando un toro de Alcurrucén le alcanzó en el ojo izquierdo mientras lo recibía de capote. Las lesiones fueron devastadoras: rotura del globo ocular, destrucción del nervio óptico y pérdida irreversible de la visión. Aunque los médicos lograron conservar inicialmente el ojo, posteriormente hubo de ser sustituido por una prótesis estética. Lejos de abandonar la profesión, Ureña regresó a los ruedos y continuó desarrollando una de las trayectorias más admiradas del toreo contemporáneo, convirtiéndose en otro ejemplo de superación frente a una de las secuelas más difíciles que puede afrontar un torero. 

No todos, sin embargo, siguieron ese camino. Ignacio Vázquez, perteneciente a una reconocida dinastía taurina, perdió un ojo al comienzo de su carrera y decidió abandonar definitivamente la profesión. 

El recuerdo de una tarde imborrable Cuarenta y tres años después, la cogida de Lucio Sandín continúa siendo evocada como uno de los episodios más impactantes de la historia reciente del toreo. No sólo por la brutalidad del percance, sino por lo que ocurrió después. La capacidad del novillero madrileño para sobreponerse a una lesión devastadora y regresar a los ruedos convirtió aquella tragedia en una historia de determinación y entrega. Un ejemplo que sigue ocupando un lugar destacado en la memoria de los aficionados y que recuerda hasta qué punto el ejercicio del toreo ha estado siempre ligado al riesgo, al sacrificio y a una voluntad de hierro. Al cumplirse un nuevo aniversario de aquel 12 de junio de 1983, la figura de Lucio Sandín permanece como testimonio de una de las páginas más duras y, al mismo tiempo, más admiradas de la tauromaquia contemporánea.