jueves, 27 de agosto de 2026

24 DE AGOSTO DE 1822: NACE NICOLÁS BARÓ, UN HOMBRE DE PLATA DE LA GRAN ESCUELA TAURINA DE CHICLANA

 




Se cumplen 204 años del nacimiento de Nicolás Baró, uno de aquellos toreros de plata cuya historia quedó inevitablemente ligada a una generación irrepetible de la tauromaquia española. Nicolás Baró nació el 24 de agosto de 1822 en Chiclana de la Frontera, Cádiz. 
Y nacer torero en la Chiclana de aquellos años significaba hacerlo en una tierra extraordinariamente fecunda para la fiesta de los toros. Antes que él habían destacado José Cándido y su hijo Jerónimo José Cándido, nombres fundamentales en la evolución de la lidia. Poco después, Chiclana daría al mundo del toreo a Francisco Montes «Paquiro», figura esencial en la configuración de la tauromaquia moderna, y a José Redondo «El Chiclanero», uno de los grandes rivales de Cúchares y una de las personalidades más admiradas del toreo romántico. 
En aquel ambiente nació Nicolás Baró. Sus primeros aprendizajes tuvieron lugar en las capeas y en el entorno del matadero, como ocurría con tantos jóvenes que aspiraban entonces a abrirse camino en la profesión. Sus condiciones debieron de llamar pronto la atención, pues llegó a trabajar a las órdenes de Francisco Montes «Paquiro» entre 1842 y 1845. No era poca escuela. Formar parte de la cuadrilla de Paquiro suponía aprender el oficio junto a uno de los hombres que más habían contribuido a ordenar, desarrollar y prestigiar la lidia moderna. Después pasó a formar parte de la cuadrilla de otro paisano suyo: José Redondo «El Chiclanero», con quien además estaba unido por vínculos familiares, pues era su cuñado. El Chiclanero llegó a confiar en las posibilidades de Nicolás Baró como espada. Por eso, durante una etapa de su carrera, Baró no se limitó a banderillear. Actuó en ocasiones como media espada y en 1850 figuró como sobresaliente en Madrid. 

Sin embargo, una grave cornada sufrida en Algeciras el 3 de junio de 1851 acabó por hacerle abandonar sus aspiraciones con la espada. Y quizá fue entonces cuando Nicolás Baró demostró una cualidad que no siempre acompaña a los hombres que quieren ser toreros: la capacidad de reconocer cuál era su verdadera condición. Porque si había probado fortuna como espada, su auténtico terreno estaba en las banderillas. Allí era donde realmente brillaba. Una semblanza de época lo describía como un banderillero joven, airoso, poderoso y ligero, «el que más luce en la suerte», aunque también señalaba su tendencia a ejecutar con excesiva precipitación ante los toros que no se arrancaban con claridad. Era, en definitiva, un torero de facultades y de personalidad, capaz de entusiasmar al público con los palos. Tras la muerte de José Redondo «El Chiclanero» en 1853, Nicolás Baró pasó a formar parte de la cuadrilla de Julián Casas «El Salamanquino», continuando así su carrera en una época en la que los banderilleros compartían con frecuencia cartel y cuadrilla con algunos de los nombres más importantes del toreo. Después trabajó a las órdenes de diversos matadores y nunca parece haberle faltado ocupación. Sus condiciones eran conocidas y apreciadas. 

Pero hubo un toro que contribuyó especialmente a consolidar su prestigio. Se llamaba «Caramelo», pertenecía a la ganadería de Saltillo y fue uno de aquellos animales difíciles que permanecieron durante años en la memoria de los aficionados. El toro puso en serios problemas al espada José Ponce, que tuvo que luchar mucho para darle muerte. Sin embargo, Nicolás Baró consiguió banderillearlo con una habilidad extraordinaria y dejó un par al cuarteo, clavando «en los mismos rubios», que, según la tradición taurina recogida posteriormente, hizo época. Aquella actuación resume bien lo que fue Baró. Quizá no estaba destinado a convertirse en una figura del toreo de oro. Pero sí era un hombre capaz de engrandecer un tercio y de hacer memorable una suerte de banderillas. Su vida, sin embargo, no fue fácil. Después de más de tres décadas de profesión, en 1875, cuando tenía 53 años, sufrió una caída de un carruaje que le fracturó el brazo izquierdo y le dejó prácticamente inutilizado para continuar ejerciendo su oficio. Gastó en su curación los escasos recursos de que disponía y terminó atravesando una situación económica difícil. Entonces ocurrió algo que hoy resulta especialmente significativo. Sus compañeros respondieron. 

El jueves 12 de agosto de 1875 se celebró una corrida en beneficio del antiguo banderillero de Chiclana. En ella participaron nada menos que Lagartijo y Frascuelo, junto al media espada Cosme González. Y Nicolás Baró quiso volver a vestirse de luces. Fue su última aparición. Con el brazo izquierdo inutilizado, salió vestido de encarnado y plata y todavía tuvo valor y facultades suficientes para banderillear utilizando únicamente el brazo derecho al toro de Veragua «Tortolito», lidiado en quinto lugar. Una escena que por sí sola define toda una época. La de aquellos toreros que, aun derrotados físicamente por los percances y por los años, no podían concebir fácilmente una vida alejada del ruedo. Retirado después en su Chiclana natal, vivió allí sus últimos años. 

Una referencia publicada en la prensa taurina histórica señala expresamente que, retirado desde 1875, falleció el 18 de febrero de 1905. Esta fecha parece hoy la más consistente frente a otras versiones posteriores que situaron erróneamente su muerte en 1874 o dieron fechas diferentes para 1905. Nicolás Baró murió, por tanto, a los 82 años. Había vivido prácticamente toda la historia de una generación. Conoció el esplendor de Paquiro. Formó parte de la cuadrilla de El Chiclanero. Vivió la muerte prematura de su cuñado. Continuó después con El Salamanquino. Trabajó durante más de treinta años en los ruedos. Intentó abrirse camino como espada, actuó como media espada y sobresaliente, pero terminó comprendiendo que su verdadera grandeza estaba en las banderillas. Y dejó, además, una historia de valor y dignidad que merece ser recordada: la de aquel viejo banderillero que, con un brazo prácticamente perdido para el oficio, volvió a vestirse de luces para despedirse de los toros poniendo todavía los palos con el otro. 

La historia de Nicolás Baró es también la historia de Chiclana y su extraordinaria tradición taurina. Una ciudad que dio a la tauromaquia nombres como Jerónimo José Cándido, Paquiro, El Chiclanero y Manuel Jiménez «El Cano», y que fue durante el siglo XIX una de las grandes cunas de toreros de España. Nicolás Baró quizá no ocupa hoy el lugar que merecería en la memoria colectiva. No fue una gran figura de oro. Pero fue algo igualmente importante. Fue uno de aquellos hombres de plata que sostuvieron la grandeza de una época, un banderillero que compartió ruedo con los grandes nombres del Romanticismo taurino y que tuvo la inteligencia de saber dónde estaba su auténtica categoría. 204 años después de su nacimiento, Chiclana tiene también en Nicolás Baró una página taurina digna de ser recordada. 

Texto e ilustración de Antonio Román Romero Agosto de 2026

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