domingo, 27 de noviembre de 2016

SIEMPRE HUBO DE TODO

  
Ninguna de las corruptelas actuales ha sido inventada ahora. Los toreros de estos tiempos no inventan suertes; pero tampoco han sacado de su cabeza ninguna de las trampas que usan en el juego de cubiletes con que engañan al aficionado y acaban por engañarse a sí mismos, pues que toman en serio y aceptan como verídicas las mentiras con que disfrazan su paso por las plazas. La costumbre de enviar telegramas, en los que aparecían los diestros como fenómenos del arte, aunque hubiesen estado para ser entregados a la Guardia civil, era tan antigua como el uso del telégrafo y para corroborar esta afirmación, he aquí una anécdota histórica que demuestra cómo las gastaban los toreros que, rendían en todo momento culto a la seriedad. 

Hace ciento cincuenta años que torearon en Santander los espadas Antonio Sánchez, el Tato y Gonzalo Mora dos corridas en dos días seguidos, con motivo de la feria de Julio. Los dos se hospedaban con sus cuadrillas en la misma fonda y comían en la misma mesa. Cuando el primer día terminaron de almorzar fueron abandonando el comedor todos y marchando cada uno a su cuarto a preparar la ropa para, ir a la plaza. Al quedar el Tato solo, llamó al puntillero,: que era a la vez criado y secretario,  le mandó redactar un telegrama con destino a uno de los periódicos de mayor circulación en aquella época. —Pon ahí, le dijo: «Toros buenos, Tato superior, aplaudidísimo; Gonzalo, mal, muy desgraciado.» Este parte lo mandas en cuanto acabe la comida, dijo el Tato, y ambos abandonaron el comedor, sin darse cuenta de que Gonzalo que había salido a fumar un cigarro al balcón, con vistas al mar, que tenía aquel departamento, lo había escuchado todo bien, oculto tras una persiana para no infundir sospechas. El diestro madrileño, que tenía mucha gracia y más intención, se comió la partida y no se dio por enterado aquel día. 

Al siguiente volvieron a sentarse a la mesa todos, y no contaba el popular Tato con la sorpresa que le estaba preparada. Antes de tomar el café dijo Gonzalo Mora a su puntillero, con aire de solemne seriedad: —Trae papel y tintero, que vamos a poner unos partes. Cumplió el subalterno la orden, y el jefe de su cuadrilla le dictó en alta voz para que lo oyeran todos: «Toros, superiores; Tato, desgraciadísimo, sacarónle medialuna. Silba horrorosa. Gonzalo, sublime. Aplausos, vivas, flores, palomas, entusiasmo general.» Mandó al secretario poner la dirección a los periódicos más en boga, y añadió imperativamente:Ahora mismo, llévalos al telégrafo, y así no llegarán tarde. Una carcajada general resonó en el comedor, y no fue el Tato el que menos exteriorizó la risa, no dándose por aludido en la terrible indirecta; pero cuentan los que conocían intimidades, que no volvió Antonio a poner más partes agraviando a los compañeros. De todo esto, resulta que aunque haya defensores del tiempo pasado, hay que reconocer que en todo tiempo y edad, hubo mentira y verdad, mucho más de la primera, que es rara casualidad hallar un alma sincera.

DE COMO ANTONIO CARMONA «EL GORDITO» MATABA TOROS A TIROS CON UN FUSIL REMINGTON, ENCARAMADO EN UN PESEBRE Y VESTIDO DE VERDE Y ORO, EN EL AÑO DE GRACIA DE 1880.


El 15 de Agosto de 1880 se dio en Orihuela la primera corrida de feria, estoqueando el Gordito y Lagartija seis toros de D. Fructuoso Flores, de Víanos, con divisa naranja. Transcurría la corrida sin grandes incidentes ni mayores entusiasmos, cuando, hallándose estoqueando Lagartija, que vestía de azul y oro, el cuarto toro [Desertor, negro cornicorto), que había tomado 12 puyazos, causando cuatro caídas y habiendo sido banderilleado por Isidro Rico y Manuel Gimeno después de recibir la res un pinchazo hondo entre huesos y una estocada corta a paso de banderillas, saltó la barrera frente a la puerta de caballos, entrando en la cuadra de éstos, de donde no hubo medio de poderlo echar, sacándose malamente los que había preparados para la fiesta.

Las malas condiciones de seguridad del lugar  y el peligro posible de que Desertor pudiese salvar el recinto de la plaza hicieron al Gordito consultar rápidamente con la presidencia, y autorizado por ésta, requirió un Remington de la Guardia civil con abundante dotación de cartuchos, y penetrando en la cuadra, con las precauciones consiguientes, tanto para él como para los que pudieran ser víctimas de su equivocada puntería, se encaramó en un pesebre con su flamante traje de luces verde recamado de oro, y desde tal baluarte comenzó á disparar tiros sobre la res hasta el número de once, el que dio fin de la vida del toro manchego con un balazo en el testuz. 


Ciertamente que tal hecho no constituiría motivos para un premio en un concurso del Tiro Nacional, pues prueba que el gran torero manejaba las armas de fuego con tan detestable puntería como manejó el estoque, pero ciertamente, asimismo, que su decisión salvó quizá de un día de luto la gentil población alicantina, y que el hecho, por lo extraño e insólito, es digno de figurar en la historia del toreo. No entramos en detalles del resto de aquella corrida, por ser cosa que al caso presente no interesa. Únicamente consignaremos, a título de curiosidad, que el sexto toro (Coronel, castaño) causó en una caída al picador Antonio Arce (que llevaba cerca de cuarenta años picando reses, y que, según parece, fue la última corrida en que toreó en su larga vida profesional), graves contusiones en el costado derecho y dislocación del brazo del mismo lado. 

martes, 8 de noviembre de 2016

¿CASUALIDAD O INTERVENCION DIVINA?

Francisco Ramos de Castro (izquierda) y Francisco Ferrer "Pastoret" (derecha)

Lo  contaba así en 1950 Francisco Ramos de  Castro Periodista y Dramaturgo Español (1890-1963)

"Ocurrió la cosa durante el verano de 1927. ün colaborador mío. Pepe Morales» ya fallecido, y yo teníamos que leer una revista titulada «Color» al empresario del Teatro Chueca, señor Serrano, el cual nos había citado para después de la función de la noche del día 18 de julio. Pero aquella tarde Paco Ferrer («Pastoret»), buen amigo mío, me llamó por teléfono.
 —¿Quieres venir a Salamanca con Antonio Alvarez y conmigo? 
—¿A qué? 
—A escoger una corrida de novillos de Ignacio Sánchez. 
—¿A qué hora salís?
 —A las ocho, con la fresca .
 —Pues no puedo ir. Paco, y no sabes cómo lo siento. 
Y le expuse la razón, 
—Pero ¿no sois dos los autores? ¡Pues que lea la obra el otro!
—sugirió «Pastoret».  
era una solución 
 —Anda, anímate, tocayo, que vamos a ir en un «bugatti» que me acabo de comprar. ¡Vas a ver qué viaje
 —Bueno, voy a ver si convenzo a mi colaborador...
 —Nada, a las ocho vamos a recogerte.
Asi quedamos. Pero si fuerte era mi deseo de asistir a la excursión, no fueron menos poderosas las razones que alegó en contra mi colaborador. 
 —No debe usted dejarme solo en la lectura. Yo soy absolutamente novel y su ausencia, sobre producirme el natural azoramiento, demostraría al señor Serrano el escaso interés que tiene usted en la lectura. 
Profundamente contrariado, pero reconociendo la razón que asistía a mi compañero, comuniqué a «Pastoret» mi imposibilidad de acompañarles. Y mi disgusto se convirtió en renovada satisfacción al saber que ellos, no sé porqué causas, habían aplazado el viaje hasta el día siguiente a la misma hora. jTodo resuelto! Asistiría a la lectura y a la excursión, i Yo era un tío de suerte! 
Aquella noche cenamos juntos mi colaborador y yo, acudimos al teatro a la hora de la cita y... 
—¡El empresario, señor Serrano, se acaba de marchar a su casa repentinamente indispuesto! Era lamentable; mas no creí que me estropease la excusión, porque no podía suponer que se celebrase la lectura al día siguiente. No podía suponerlo, pero así fué. Y a vestido para el viaje, y con «Pastoret» «a bordo» de un flamante «Bugatti» descubierto, esperándome en la puerta de mi casa, se presentó en ésta mi colaborador para decirme que aquella noche leeríamos. ¡Cómo odié en aquel momento a mi colaborador, a la Empresa, y a mi «funseta manía» de escribir para el teatro! Y me rebelé.
 —Pues lo siento mucho, querido Morales; yo me he comprometido, me están esperando y me voy. Además
 —y ello era cierto—, 
mañana es mi cumpleaños y acabo de telefonear a mi familia, que está en Las Navas, que llegaré por la tarde, porque será cuando regresemos de Calzadilla 
—donde tenia su ganado don Ignacio Sánchez
—. Con que haga usted un esfuerzo y lea la revista a la Empresa usted sólito. Muchísimas veces he lamentado mi blandura de corazón, pero nunca con menos razón que en aquélla. E l resignado gesto de mi colaborador y sus doloridas lamentaciones pudieron más que mi ilusión por el viaje. Bajé la escalera y me disculpé con «Pastoret». Insistió éste hasta el límite. 
—¿Quieres que salgamos de madrugada?
—me propuso. 
—No puede ser, porque regresaríamos de noche y he prometido a mi familia que estaré en has Navas por la tarde. Argumentó. Me defendí. 
—Tú te lo pierdes
—sentenció el pobre «Pastoret». Y su error fué vital. Porque al llegar su «bugatti* a las proximidades de Salvadiós (Avila), pasado Narros, y en una curva cerrada, mal cogida, la fatalidad dió tan tremendo papirotazo al coche que, sobre la cuneta castellana quedaron los cuerpos sin vida de Francisco Perrer («Pastoret») y Antonio Alvarez («Alvarito de Córdoba»), a la sazón apoderado de Vicente Barrera... Que Dios era 
—y sigue siendo, gracias a Dios amigo mío. Tan amigo mió, que tampoco llegó a estrenarse la ajetreada revista, que hoy conservo y releo de vez en cuando, casi con la convicción de que también encerraba un peligro mortal..."

LA INOLVIDABLE BRONCA DE GUERRITA EN JEREZ


Fue histórica, y se habló de ella tanto como de las guerras coloniales, que entonces ardían en pompa. Afortunadamente, hoy no se registran en las Plazas de toros aquellas broncas de otros tiempos. Eran unas broncas que muchas veces se promovían por el acre deleite de adoptar una actitud encrespada, y muy a menudo por los dictados de la sinrazón y la injusticia. Evidentemente, no es sólo por el menor riesgo que hoy corre el lidiador con el toro de nuestros días, sino por otras varias causas, por lo que su profesión resulta en la actualidad más cómoda que hace más de cien años. Antes había espectadores que sentían la fascinación de las broncas, como si éstas encerrasen un misterio vital y representaran el último término y la explosión de las pasiones. Y sabido es las que «Guerrita» produjo, a pesar de no haber tenido rivales que, al competir con él, ayudaran a fomentarlas, aunque acaso precisamente por esto desatara la animosidad con que los públicos le trataron durante los últimos años que ejerció la profesión. Muchos son los escritores de su época que están de acuerdo en este punto. Pero dejemos las granzas y tomemos el grano: La bronca que «Guerrita» oyó en la corrida de la feria de abril en Jerez, el año 1896, fue un suceso de los de más bulto en aquella temporada, tanto más por las consecuencias que tuvo para el célebre diestro cordobés.
Se lidiaron seis toros de la ganadería de don José Antonio Adalid por las cuadrillas de dicho Rafael Guerra y Antonio Reverte, en un mano a mano que entonces era la suprema atracción, y para presenciar la corrida cayeron sobre Jerez numerosos aficionados de Cádiz y Sevilla. Si a esto se agrega que la fiesta se celebró en una tarde espléndida, de esas en que un sol primaveral vierte todas sus galas sobre el suelo andaluz, puede colegirse el lleno que hubo en la plaza de jerez. La animación era extraordinaria. El quinto toro de la que antes fuera ganadería de Núñez de Prado acreditó ser un «vistahermosa» legítimo, uno de aquellos «condesos» que hicieron tan célebre la casta. Bravísimo, duro y codicioso, acometió contra los picadores en la suerte de varas, y en una de éstas cargó con el picador «Agujetas» y su caballo y los llevó buen trecho en su cabeza, hasta que en una fuerte sacudida los arrojó violentamente para fijar su atención en las capas de los matadores, los cuales acudieron a hacer el quite con gran revuelo.
Pero la ovación que «Guerrita» y Reverte escucharon por su valiente intervención, se convirtió en seguida en la bronca a que antes nos referimos, por no acceder dichos diestros a banderillear a la res, tal como buena parte del público pedía. Sobre el redondel cayó una lluvia de botellas y otros proyectiles; el escándalo adquirió todo el aumento progresivo de intensidad! imaginable; cuando «Guerrita» cogió los trastos de matar, seguían gritando los espectadores enfurecidos, como si un vaho calenturiento prestara calor a sus diatribas contra el cordobés, y, como siempre ocurre en tales casos, se disolvió el sentimiento de responsabilidad individual para convertirse la multitud en una masa difusa que ya no gritaba más que por el morboso afán de meter ruido. ¿Qué tenía que hacer «Guerrita»? Arrimarse, estrecharse con el toro, realizar una brega de dominio con aquel bravísimo ejemplar. Y no sólo hizo esto, sino que, enardecido por una parte, e inspirado por otra, aquella labor magistral abrió paso a las filigranas y Rafael echó el resto, como vulgarmente se dice. ¡Qué ovación tan grande hubiese escuchado en otras circunstancias! Pero en aquéllas, lejos de ser aplaudido y de reducir a los protestantes, siguieron éstos metiéndose con él. Para someterles no le quedaba más que un recurso: entrar a matar con todo el coraje, con todo el valor, con todo el brío y toda la vergüenza torera de que pudiera disponer. Y así lo hizo. Atacó en corto y por derecho, ejecutó el volapié admirablemente al dejar una estocada magnífica, pero no sin que el pitón derecho de la res rasgara su mano izquierda. Aplicó Rafael a la herida su pañuelo y marchó a la enfermería, y entonces fue cuando las reconvenciones de los espectadores sensatos acallaron los gritos de los alborotadores. Sí, sí, una ráfaga de sentimentalismo colectivo conmovió entonces a todos y les arrastró a girar en una súbita conversión, como veleta azotada por los vientos, y las increpaciones se trocaron en un aplauso que «Guerrita», ausente del ruedo, no pudo recoger. Aquella herida de Rafael trajo cola. Fue el percance que más tiempo le impidió torear, pues no pudo vestir el traje de luces hasta un mes después del suceso.
Precisamente por esto adquirió mayor repercusión aquella bronca de Jerez, porque los empresarios no pudieron contar con «Guerrita» durante el mes de mayo, y hasta hubo ser aplazada por tal motivo en Madrid la corrida de Beneficencia organizada por la Diputación Provincial. Contratado dicho diestro para torear en Figueras el día 3 de mayo —cuatro días después que en Jerez—, se vio en la imposibilidad de cumplir tal compromiso, y así se lo comunicó al empresario, señor Gelart; pero creyendo te que se trataba de un subterfugio, dirigió «Guerrita» un telegrama concebido en este términos: «La herida de la mano izquierda no le priva de cumplir su contrata. Pediré indemnización de daños y perjuicios, si los hay. No puedo arruinarme por capricho de usted Gelart.» Era «Guerrita» en aquellos años el matador de toros en quien los empresarios cifraban sus ilusiones; cuando el de Figueras vio que no podía contar con él, y que dejarían de entrar! por Port-Bou los miles de franceses que esperaba, se le cayeron los palos del sombrajo, y por eso, al ver desplomado el castillo de naipes que había levantado su ilusión, hizo cursar aquel telegrama que tufo tan amenazador despedía.
Pero «Guerrita» había dicho la verdad. Antonio Fuentes, que fue a sustituirle a Figueras, llevó a la ciudad del Ampurdán el parte facultativo del estado del herido, legalizado por tres notarios de Córdoba, y el suspicaz empresario quedó totalmente convencido de su error al ver que Rafael no volvía a vestir el traje de luces hasta el día 30 de mayo, en Aranjuez. Broncas en las plazas y mil aristas que paliar fuera de ellas. A esto se veía condenado «Guerrita» en aquellos años. Ni en su casa de Córdoba le dejaban tranquilo. ¡Y cuántas de tales broncas fueron injustas. El sedimento depositado por una prensa hostil en la mentalidad de una muchedumbre gregaria de aficionados precipitó la retirada de aquel célebre diestro, pues en el año 1899 e último de su vida profesional— abundaron las broncas como aquella de Jerez.

BANDERILLAS


JUAN ROMERO, EL INVENTOR DE LA BANDERILLA MODERNA
Juan de Dios Romero de los Santos (Ronda,. 1722- id., 1824), segundo matador de la dinastía rondeña de los Romero asumió la nueva forma de dar muerte a los toros aprendida de su padre (Francisco Romero Acevedo fue el primero en matar con estoque) y agregó algunas innovaciones a la primitiva forma de torear. Fue el primer torero que organizó cuadrillas importantes; alternó con Costillares en las mismas plazas. En el año 1748 se casa y fruto de su matrimonio fueron varios hijos, dedicándose a los toros cuatro de ellos: Pedro, José, Gaspar y Antonio, que continuaron la tradición familiar de torear y matar a los toros a pie. Juan Romero se retiró en 1778 o 1779 y murió en Ronda a la edad de 102 años.
Juan, que avanzó el toreo, inventando las banderillas, y creando la gente de a caballo, es decir, los picadores.En la época de su padre, Francisco Romero, los de capa habían usado arpones, que clavaban, on la cerviz del toro, lo que venia a ser la continuación del antiguo rejoncillo; pero áun cuando estos arpones no pasaban de la piel del animal, a la cual se quedaban adheridos, eran demasiado rudos y producían demasiado castigo. Juan Romero inventó un arpón más ligero, y lo hizo adornar con cintas de colores, de donde la banderilla. Se usaba también de los parches que el lidiador, citando al toro, y por medio de un quiebro, que no podía ser de otro modo, pegaba en el testuz de la fiera; suerte arriesgada, para la que se requería una gran serenidad y una gran destreza. En cuanto a la gente de a caballo, esto es, los picadores, no se habla hecho otra cosa que traer a la plaza á los vaqueros, y su oficio no era más que castigar al toro, por medio de la pica.


BANDERILLAS QUE SE QUIEBRAN AL CLAVAR.
El inventor del mismo fue, hace cincuenta años años (1966), el señor Guijarro Garcipérez; o mejor dicho, quien concibió la idea. Porque quien la retocó, llevó a la práctica y registró la patente fue don Juan Saura García, un maestro industrial natural de Cartagena que vivia en Guadalajara. Es éste, precisamente, quien muestra en la foto la novedad; El material de estas banderillas es aluminio, y cada una posee dos resortes, un ensamblaje, que con un muelle interior hace saltar la parte posterior inmediatamente después de que el arpón se clava en el animal. quedando solamente prendido el castigo y la parte anterior de la banderilla. Lo que pudiéramos llamar un par «de las cortas», unos doscientos milímetros o así. Y su peso es aparente a las usuales.

lunes, 7 de noviembre de 2016

JOSE FEIJOO


José Feijóo había nacido en Madrid el año 1855, y cuando apenas tenía quince años , ya figuraba como banderillero de novillos, siendo compañero de los Ojitos, Joseíto, Regaterín y otros que tanto bueno hicieron entonces y después. A los diecisiete años se hizo matador de novillos, y tales cosas hizo, que nadie dudaba que llegaría a ser un buen matador de toros. Esas eran las esperanzas de sus muchos parciales; pero todas quedaron truncadas con el prematuro fallecimiento, ocurrido el 21 de Diciembre de 1873, a consecuencia de la epidemia variolosa. De no haber sido segada su vida en flor por la traidora enfermedad, es seguro que las esperanzas de los admiradores de José Feijóo se hubiesen realizado. Todos los escritores taurinos de aquel tiempo prodigan las frases encomiásticas al juzgar su trabajo, y en las pocas líneas que le dedica Sánchez de Neira en su Diccionario taurómaco, dice: "Era una esperanza para el toreo, que se acabó muy pronto. Joven y apuesto, pareaba con gracia y desenvoltura, y le hemos visto matar regularmente, sin atolondramiento, algún toro de novillada." Téngase en cuenta que esto se refiere a una edad en que pocos aficionados a la íidia de reses bravas logran hacerse notar, pues como queda dicho, Feijóo murió a los dieciocho años y ya era popular y ya tenía considerable número de partidarios que confiaban en verle pronto convertido en torero de primera fila.

sábado, 5 de noviembre de 2016

PACO FABRILO


Francisco Aparici Pascual “Fabrilo” nacio en Ruzafa (Valencia) el 17 de junio de 1868,era hermano del desventurado matador de toros Julio Aparici Pascual, que también se anunció en los carteles bajo este apodo taurino. Tuvo la mala fortuna de pasar a la historia por haber muerto dos años después que su hermano, del que fue banderillero, con el mismo traje y el mismo dia, un 30 de Abril ,pero de 1899.
Se lidiaron novillos defectuosos de D. Felipe de Pablo Romero: para Carlos Guasch”Finito” y Paco Fabrilo. Los toros fueron duros de patas, bravos y con mucho empuje y cabeza. Se distinguieron por lo bravos los lidiados en tercero y quinto lugar. Este último fue de los que acreditan una ganadería; tomó un buen número de puyazos y dejó para el arrastre cinco caballos. Entre todos, 12.

Fabrilo preparándose para salir el día de su muerte.
Como director de lidia, Fabrilo encontró a su primer toro completamente descompuesto y desarmando, y lo pasó de muleta como pudo, dadas las pésimas condiciones del animal. Varias veces intentó entrar a matar, y otras tantas fue desarmado. Aburrido, jadeante y con dos avisos, le determinó a entrar a la media vuelta, cosa que debió haber hecho la segunda vez que entró a malar. El público le silbó, y el diestro, que por pundonor entró a matar dándole la cara al toro, se retiró al estribo maldiciendo quizás la imbecilidad de los que le silbaran.
Su segundo, qué por no variar también tenía su trozo de puya en el cuerpo, llegó como es natural manso a la muerte, sin que durante la lidia semejara a sus hermanos en bravura. El toro tomó querencia en la puerta de los chiqueros, y Paco intentó con medios pases sacarle o separarle de los mismos sufriendo un acosón en uno de ellos. Entró a matar con mucha vergüenza, y señaló un pinchazo. Nuevo trasteo, y nuevo acosón y desarme. Entró de nuevo a matar, estando el toro contra querencia y un tanto humillado, y dejó una buena estocada siendo enganchado y sufriendo terrible cornada en la cara anterior del muslo derecho, de la cual manaba abundantísima sangre. 

Fabrilo, ya fallecido en la enfermería de la plaza.

A pesar de sus esfuerzos, fue retirado a la enfermería, dejando como huella de su paso un reguero de sangre. La conmoción que sufrió el público, fue terrible. Cuando el toro dobló, las cuadrillas entraron a enterarse de la gravedad da la herida, conociéndose en sus rostros ésta, cuando volvieron de nuevo a la plaza: era mortal de necesidad. Los facultativos le apreciaron una herida de seis centímetros de extensión por quince de profundidad situada en la cara anterior del muslo derecho, en la unión del tercio medio con el superior, dirigida hacia arriba y atrás, interesando la piel, tejido celular, aponeurosis y músculo sartorio, y contusión del paquete vásculo nervioso. El público no abandonaba la plaza, en espera de consoladoras noticias, que por desgracia no llegaban nunca; al contrario, de momento en momento eran éstas más graves. En vista de su gravedad, le fueron administrados los Santos Sacramentos, Pocos momentos después, entró en reacción y habló breves frases; cayendo en seguida en un fuerte colapso.

"Corucho" el novillo de Pablo Romero que le causo la muerte.
A las ocho de la noche prestó declaración ante el Juez Sr. Alcalde, haciendo algunas manifestaciones respecto a sus bienes, si, como esperaba, la herida era de muerte. La escena que se desarrolló entre los presentes fue desgarradora. A las nueve menos cuarto se le practicó la primera cura, observándose que la herida comenzaba en el vértice del triángulo Scarpa, subiendo oblicuamente ocho centímetros, rasgando la vena femoral tres dedos por debajo de la ingle, y se dirigía hacia dentro hasta la fosa oval subpuviana.
El trayecto oblicuo de la herida desde el orificio de entrada hasta el punto en que rasgó la vena, impidió en los primeros momentos la libre salida de la sangre, coagulándose ésta en el canal. La cura fue practicada hábilmente por el Dr. Lloret en 52 minutos. Velando al herido, estuvieron muchos amigos del diestro, los Dres. Lloret y Martí Soriano, el practicante Sr. Ruiz ,el hermano de Fabrilo, los banderilleros de su cuadrilla y los picadores Fajardo, Chano, Paje y Curró Melena. En las inmediaciones de la plaza hubo toda la noche grandes grupos que iban a interesarse por el curso que siguiera la herida del querido espada. , Los telegramas que se recibieron pidiendo noticias de su estado fueron numerosos.

Chaquetilla del fatídico traje,expuesta en el museo taurino de Valencia.
La noche la pasó intranquila, lo mismo que la mañana del siguiente día. A las dos y quince minutos del siguiente a su cogida, entregaba su alma a Dios el infortunado Paco, viéndose en su última hora rodeado de su familia y de sus amigos más queridos. Una hora después, era conducido el cadáver al domicilio de la familia en una camilla, escoltada por cuatro guardias municipales de a caballo. La muchedumbre que seguía tan fúnebre comitiva, era grandiosa. El traje que lucía la tarde de su cogida este desgraciado diestro, era grana y oro, el mismo que llevaba su hermano Julio el día que recibió la cornada que le ocasionó la muerte.