domingo, 20 de septiembre de 2026

123 AÑOS DE LALANDA

 




Se cumplen 123 años del nacimiento de Marcial Lalanda. Nace en Vaciamadrid, un 20 de Septiembre de 1903 en la finca El Porcal, en aquella conocida Casa del Árbol, Marcial Lalanda del Pino. Y si uno se sienta en una tertulia taurina y empieza a hablar de toreros de otra época, tarde o temprano sale su nombre. Porque Marcial Lalanda fue un personaje de los que daban para conversación. Hijo y nieto de hombres vinculados al toro bravo, estaba predestinado a conocer el campo y los toros desde niño. Su padre terminó instalándose en Arganda del Rey, donde regentó una carnicería que compraba las reses procedentes de las novilladas de los pueblos del valle del Tajuña. Allí, entre toros, familia y ambiente taurino, comenzó a crecer aquel muchacho que acabaría siendo conocido como el joven maestro. A los once años ya mataba becerros en público. 

Y cuando llegó a profesional, lo hizo con una precocidad extraordinaria: tomó la alternativa en Sevilla el 28 de septiembre de 1921, de manos nada menos que de Juan Belmonte, con Chicuelo como testigo. Pero su confirmación en Madrid, el 7 de mayo de 1922, quedó unida para siempre a una de las tragedias más estremecedoras de la historia del toreo: aquella tarde Manuel Granero fue corneado mortalmente por Pocapena. Marcial era otra cosa. No fue precisamente el torero al que se le regalaba el calificativo de artista. Él mismo explicaba su concepción del toreo como una especie de aritmética: terrenos, distancias, tiempos, sumas y restas hasta encontrar la solución que exigía cada toro. Y vaya si sabía sumar. El 29 de agosto de 1929, en Barcelona, se encerró con seis toros de Enriqueta de la Cova y llegó a ejecutar veintiún quites diferentes. Eso ya no es solamente repertorio: es conocimiento del toro, imaginación y una capacidad enorme para improvisar. 

Y de aquella cabeza salió también la mariposa. La historia tiene su gracia. Lalanda contó que la suerte nació en México, durante un tentadero. Una vaca se le quedó debajo cuando toreaba con el capote a la espalda y, casi por instinto, continuó el movimiento para quitársela de encima. Después fue perfeccionándola hasta convertir aquel accidente en una suerte perfectamente reconocible. La estrenó en Madrid en la Corrida de Beneficencia de 1923. 

Pero hay algo que quizá dice más de Lalanda que todos sus números. Le gustaba hablar de toros. Después de retirarse siguió frecuentando tertulias taurinas. Primero el Café de Levante, en la Puerta del Sol, y después la cervecería La Campana, en la calle Núñez de Arce, donde, según recordaba una entrevista publicada tras su muerte, estuvo acudiendo durante nada menos que sesenta años. Allí debía haber material para escribir varios libros. Y Marcial no vivió solamente del estoque. Fue ganadero, presidente del Montepío de Toreros, dirigente profesional, apoderado y también tuvo una curiosísima aventura cinematográfica. 

En 1928 protagonizó ¡Viva Madrid, que es mi pueblo!, dirigida por Fernando Delgado. Pero no se conformó con ponerse delante de la cámara: participó en el proyecto y financió la película. Incluso intervino en el guion. Y aquí aparece otra de esas historias que hacen que una biografía taurina deje de ser una simple lista de fechas: según las referencias sobre la película, Lalanda la financió como regalo de bodas para su hermana Rosa y su futuro cuñado, el actor Alfonso Orozco Romero. En casa tampoco tenía precisamente una cuadrilla pequeña. 

Estuvo casado con Emilia Mejía y tuvieron ocho hijos. Y cuando llegó el momento de dejar los ruedos, lo hizo todavía relativamente joven. Se cortó la coleta en Las Ventas en 1942, después de una carrera de 28 temporadas y de haber toreado cerca de 3.000 reses. 

Pero aquí viene quizá lo más curioso: Marcial no terminó de alejarse nunca del toro. Siguió hablando de él, apoderando toreros y frecuentando aquellas tertulias donde los viejos maestros podían pasar horas discutiendo sobre una faena, un toro, un quite o una colocación. Y es que Lalanda pertenecía a una generación que entendía el toreo también como oficio, conocimiento y conversación. Fue admirador de Joselito, de quien decía haber aprendido mucho, aunque reconocía la revolución que había supuesto Belmonte. 

Y tuvo también sus días malos. 
Él mismo recordaba que Santander y Gijón fueron plazas fatales para él, hasta el punto de haber tenido que salir de ambas custodiado por la Guardia Civil después de algunas actuaciones. Eso también es la historia del toreo: no solamente las tardes gloriosas, sino las broncas, los fracasos, las plazas difíciles y el torero que tiene que volver al día siguiente a ponerse delante del toro. 

Y cuando murió, su nombre ya llevaba décadas convertido en música. «Marcial, eres el más grande», el pasodoble de Martín Domingo, había hecho de su nombre una pieza inseparable del ambiente taurino. Así que hoy, 20 de septiembre, quizá merezca la pena levantar la copa en una imaginaria tertulia y brindar por aquel muchacho de Vaciamadrid.
Por Marcial Lalanda. 

El torero de la aritmética. 

El de la mariposa. 

El joven maestro.

El ganadero. 

El hombre de tertulia. 

Y, sobre todo, uno de aquellos toreros que no se limitaban a pasar por la historia del toreo: dejaron conversación para muchas generaciones después. 

Texto e ilustración de Antonio Román Romero Septiembre de 2026 ®

jueves, 10 de septiembre de 2026

11 DE SEPTIEMBRE DE 1955. JEREZ CONVIERTE LA BRAVURA DEL TORO EN UN CONCURSO.

 




El 11 de septiembre de 1955 nacía en la plaza de toros de Jerez de la Frontera una de las experiencias ganaderas más singulares y prestigiosas de la tauromaquia española: la Corrida Concurso de Ganaderías. La iniciativa partió del entonces alcalde de Jerez, Álvaro Domecq y Díez, hombre profundamente vinculado al mundo del toro y del caballo, con el apoyo empresarial de José Belmonte García. La idea no era organizar simplemente otra corrida de feria: se pretendía enfrentar a toros de distintas ganaderías y encastes para comprobar, sobre el ruedo, cuál demostraba mejores condiciones de bravura. Y había una intención todavía más importante: reivindicar el tercio de varas. En aquella primera época se buscaba que el toro demostrara su condición desde el caballo, valorándose especialmente su acometividad, fijeza, poder, prontitud, forma de acudir al picador y capacidad para crecerse ante el castigo. No se trataba, por tanto, únicamente de premiar al toro que después embistiera mejor con la muleta. Era, en cierto modo, un examen público de la ganadería. 

UN CARTEL DE AUTÉNTICO LUJO Para aquella histórica primera edición se anunciaron seis ganaderías: Juan Pedro Domecq, Antonio Urquijo, Eduardo Miura, Joaquín Buendía, Herederos de Francisco Chica y Marqués de Villamarta. Y frente a ellos, tres figuras de primera magnitud: Antonio Bienvenida, Rafael Ortega y César Girón. No podía comenzar con mayor categoría. Pero aquella tarde estaba destinada a pasar a la historia por un nombre: “Desteñido”. 

“DESTEÑIDO”, EL TORO QUE HIZO HISTORIA El toro pertenecía a la ganadería de Juan Pedro Domecq. Era el número 6, negro zaíno, y algunas fuentes históricas consignan un peso de alrededor de 447-450 kilos. Había nacido el 10 de septiembre de 1950, por lo que cuando saltó al ruedo tenía exactamente cinco años y un día. Lo lidió el venezolano César Girón. Y ocurrió algo extraordinario para tratarse de la primera edición del certamen: “Desteñido” fue indultado. No solamente se convirtió en el primer toro perdonado en la historia de la Corrida Concurso de Jerez, sino que César Girón pasó a ser protagonista de un hecho excepcional: fue el primer y, según las fuentes consultadas, único matador americano que consiguió indultar un toro en España. “Desteñido” recibió además el Catavino de Oro, el trofeo destinado al toro más bravo del concurso. El acontecimiento dejó desde su nacimiento una declaración de principios: en Jerez se quería premiar al toro bravo, no únicamente al toro cómodo. 

UNA CORRIDA QUE MARCÓ ESCUELA La importancia que alcanzó el certamen fue mucho mayor de lo que pudiera parecer. La Corrida Concurso de Jerez llegó a convertirse en una referencia para otros concursos ganaderos celebrados posteriormente en España. El periodista taurino Vicente Zabala Portalés, por ejemplo, llegó a solicitar información sobre las normas jerezanas para trasladarlas a la Corrida de la Prensa de Madrid. Durante décadas desfilaron por su ruedo algunas de las ganaderías más importantes del campo bravo. Entre las que más toros presentaron figuraron Fermín Bohórquez, Juan Pedro Domecq, Marqués de Domecq, Salvador Guardiola, Carlos Urquijo, Torrestrella, Atanasio Fernández, José Luis Osborne, Hijos de Pablo Romero y Salvador Domecq. Y también dejaron allí su huella algunos de los grandes nombres del toreo. El torero que más veces actuó en la Corrida Concurso fue Rafael de Paula, con once participaciones. Le siguieron Antonio Ordóñez, con siete, y José Luis Galloso, con seis. 

SIETE TOROS QUE SALIERON VIVOS DE JEREZ Uno de los datos que mejor explica la exigencia del concurso es el número de indultos. Según la relación histórica publicada por Jerónimo Roldán en Diario de Jerez, entre 1955 y 1990 se celebraron alrededor de 33 corridas, con 204 toros lidiados y únicamente siete indultados. Los siete fueron: 1955 — “Desteñido”, de Juan Pedro Domecq, lidiado por César Girón. 1958 — “Compuesto”, de José Benítez Cubero, lidiado por Antonio Ordóñez. 1964 — “Regatillo”, de José Luis Osborne, lidiado por Luis Parra “Jerezano”. 1965 — “Cubanosito”, de Antonio Ordóñez, lidiado por Antonio Bienvenida. 1967 — “Heredero”, de Fermín Bohórquez, lidiado por Paco Camino. 1972 — “Aldeanero”, de Salvador Guardiola Domínguez, lidiado por Rafael de Paula. 1986 — “Pregonero”, de Cebada Gago, lidiado por Juan Antonio Ruiz “Espartaco”. Es decir, aproximadamente uno de cada treinta toros consiguió el máximo reconocimiento. Eso da una idea de lo extraordinario que era conseguir el indulto en aquel concurso. 

EL CASO DE “COMPUESTO” Hay además una curiosidad que demuestra que ganar el concurso e indultar un toro no eran necesariamente la misma cosa. En 1958, “Compuesto”, de Benítez Cubero, fue indultado después de ser lidiado por Antonio Ordóñez. Sin embargo, el Catavino de Oro correspondió a otro toro: “Corcito”, de Juan Guardiola, lidiado y estoqueado por Juan Antonio Romero. Es decir: un toro podía ser considerado excepcional para conservar su vida y, sin embargo, otro ejemplar podía ser juzgado superior en el conjunto de los criterios del concurso. 

LOS GRANDES TOROS DE JEREZ También quedaron en la memoria otros ejemplares que no fueron indultados. En 1963, “Pendenciero”, de Juan Pedro Domecq, fue lidiado por Paco Camino después de recibir cinco puyazos. No fue indultado, pero se le concedió la vuelta al ruedo. En 1959 destacó “Jirivilla”, también de Juan Pedro Domecq. Y en 1983, ya trasladado el concurso a la Feria del Caballo, “Subversivo”, de Juan Pedro Domecq, recibió cuatro varas y fue considerado uno de los toros destacados de aquella edición. El Catavino de Plata correspondió entonces a Paco Ojeda. 

EL CAMBIO QUE TERMINÓ CAMBIÁNDOLO TODO La Corrida Concurso nació dentro de la Feria de la Vendimia, en septiembre. Pero en 1983 pasó a celebrarse dentro de la Feria del Caballo, en primavera. Y ahí comenzó, según algunos testimonios de la época, una progresiva pérdida de personalidad. El ambiente de la Feria del Caballo era diferente. La corrida empezó a convivir con un contexto más festivo y turístico, mientras que el concurso había nacido con una vocación eminentemente ganadera y para el aficionado interesado en comprobar la bravura. Algunos críticos de la época denunciaron que comenzaron a aparecer toros con menos presencia y, sobre todo, con menor capacidad para superar el tercio de varas. La consecuencia era inevitable: cada vez resultaba más difícil encontrar un toro que reuniera las condiciones necesarias para obtener el premio. Y comenzaron a aparecer premios desiertos. En 1985, el premio al mejor toro quedó desierto. En 1986, “Pregonero”, de Cebada Gago, consiguió el último indulto de la etapa histórica. En 1987, volvió a quedar desierto. En 1988, ganó “Sueñomío”, de Torrestrella, lidiado por José María Manzanares. En 1989, “Desmayo”, también de Torrestrella, lidiado por Roberto Domínguez, obtuvo el premio. Y en 1990, último año de aquella etapa, el premio al mejor toro volvió a quedar desierto. La Corrida Concurso había llegado a su final. 

¿POR QUÉ DESAPARECIÓ? La respuesta no puede reducirse a una sola causa. Por una parte estaba la transformación de la propia tauromaquia y del toro de lidia. La selección ganadera llevaba décadas orientándose cada vez más hacia un toro que permitiera el lucimiento con la muleta: nobleza, recorrido, duración y humillación. Pero la Corrida Concurso exigía otra cosa. Exigía bravura en el caballo, poder, capacidad de pelea y resistencia al castigo. Y esas cualidades no siempre coinciden con las que hacen posible una gran faena de muleta. El propio Jerónimo Roldán escribió que los “grandes intereses de la Fiesta” terminaron echando abajo una corrida que había proporcionado enormes satisfacciones a los aficionados. La desaparición de 1990 fue, por tanto, algo más que la desaparición de un festejo: fue también el reflejo de un cambio profundo en la manera de entender la selección del toro bravo. 

JEREZ INTENTÓ RECUPERAR SU HISTORIA Después de más de dos décadas de ausencia, el Ayuntamiento de Jerez intentó recuperar la Corrida Concurso en 2014. El cartel reunió a Enrique Ponce, Juan José Padilla y El Fandi, con toros de Zalduendo, Santiago Domecq, Torrealta, Jandilla, Torrestrella y Fuente Ymbro. Sin embargo, aquella recuperación fue objeto de críticas porque, aunque había seis ganaderías diferentes, se cuestionó la verdadera diversidad ganadera y el modo en que se planteó el concurso. Aquella edición quedó como un intento aislado. Jerez volvería a recuperar la Corrida Concurso en 2023, esta vez con un impulso decisivo de Morante de la Puebla. Participaron Fermín Bohórquez, Juan Pedro Domecq, Carlos Núñez, El Torero, Santiago Domecq y Álvaro Núñez. Morante, Sebastián Castella y Pablo Aguado se enfrentaron a los seis ejemplares. El toro “Barbecho”, de El Torero, consiguió el Catavino de Oro. El premio al mejor picador, sin embargo, quedó desierto. Y ese detalle resulta especialmente simbólico. Porque si algo quiso defender Álvaro Domecq cuando creó aquella corrida en 1955 fue precisamente que el tercio de varas volviera a ser una prueba fundamental de la bravura del toro. 

SETENTA Y UN AÑOS DESPUÉS La historia de la Corrida Concurso de Jerez es, en realidad, la historia de una obsesión muy antigua de la tauromaquia: saber qué toro es realmente bravo. No el más bonito. No el más cómodo. No necesariamente el que mejor permite torear con la muleta. Sino aquel que, frente al caballo, demuestra poder, fijeza, acometividad, codicia y capacidad para crecerse ante el castigo. Eso fue lo que quiso comprobar Álvaro Domecq y Díez aquel 11 de septiembre de 1955. Y por eso el nombre de “Desteñido”, aquel toro de Juan Pedro Domecq que César Girón indultó en la primera edición, quedó unido para siempre a la historia taurina de Jerez. Porque aquel día no nació simplemente una corrida. Nació un examen público de la bravura. 

Texto e ilustración de Antonio Román Romero Septiembre 2026 ©