Se cumplen 123 años del nacimiento de Marcial Lalanda. Nace en Vaciamadrid, un 20 de Septiembre de 1903 en la finca El Porcal, en aquella conocida Casa del Árbol, Marcial Lalanda del Pino. Y si uno se sienta en una tertulia taurina y empieza a hablar de toreros de otra época, tarde o temprano sale su nombre.
Porque Marcial Lalanda fue un personaje de los que daban para conversación.
Hijo y nieto de hombres vinculados al toro bravo, estaba predestinado a conocer el campo y los toros desde niño. Su padre terminó instalándose en Arganda del Rey, donde regentó una carnicería que compraba las reses procedentes de las novilladas de los pueblos del valle del Tajuña. Allí, entre toros, familia y ambiente taurino, comenzó a crecer aquel muchacho que acabaría siendo conocido como el joven maestro.
A los once años ya mataba becerros en público.
Y cuando llegó a profesional, lo hizo con una precocidad extraordinaria: tomó la alternativa en Sevilla el 28 de septiembre de 1921, de manos nada menos que de Juan Belmonte, con Chicuelo como testigo.
Pero su confirmación en Madrid, el 7 de mayo de 1922, quedó unida para siempre a una de las tragedias más estremecedoras de la historia del toreo: aquella tarde Manuel Granero fue corneado mortalmente por Pocapena.
Marcial era otra cosa. No fue precisamente el torero al que se le regalaba el calificativo de artista. Él mismo explicaba su concepción del toreo como una especie de aritmética: terrenos, distancias, tiempos, sumas y restas hasta encontrar la solución que exigía cada toro.
Y vaya si sabía sumar.
El 29 de agosto de 1929, en Barcelona, se encerró con seis toros de Enriqueta de la Cova y llegó a ejecutar veintiún quites diferentes. Eso ya no es solamente repertorio: es conocimiento del toro, imaginación y una capacidad enorme para improvisar.
Y de aquella cabeza salió también la mariposa.
La historia tiene su gracia. Lalanda contó que la suerte nació en México, durante un tentadero. Una vaca se le quedó debajo cuando toreaba con el capote a la espalda y, casi por instinto, continuó el movimiento para quitársela de encima. Después fue perfeccionándola hasta convertir aquel accidente en una suerte perfectamente reconocible. La estrenó en Madrid en la Corrida de Beneficencia de 1923.
Pero hay algo que quizá dice más de Lalanda que todos sus números.
Le gustaba hablar de toros.
Después de retirarse siguió frecuentando tertulias taurinas. Primero el Café de Levante, en la Puerta del Sol, y después la cervecería La Campana, en la calle Núñez de Arce, donde, según recordaba una entrevista publicada tras su muerte, estuvo acudiendo durante nada menos que sesenta años. Allí debía haber material para escribir varios libros.
Y Marcial no vivió solamente del estoque.
Fue ganadero, presidente del Montepío de Toreros, dirigente profesional, apoderado y también tuvo una curiosísima aventura cinematográfica.
En 1928 protagonizó ¡Viva Madrid, que es mi pueblo!, dirigida por Fernando Delgado. Pero no se conformó con ponerse delante de la cámara: participó en el proyecto y financió la película. Incluso intervino en el guion.
Y aquí aparece otra de esas historias que hacen que una biografía taurina deje de ser una simple lista de fechas: según las referencias sobre la película, Lalanda la financió como regalo de bodas para su hermana Rosa y su futuro cuñado, el actor Alfonso Orozco Romero.
En casa tampoco tenía precisamente una cuadrilla pequeña.
Estuvo casado con Emilia Mejía y tuvieron ocho hijos.
Y cuando llegó el momento de dejar los ruedos, lo hizo todavía relativamente joven. Se cortó la coleta en Las Ventas en 1942, después de una carrera de 28 temporadas y de haber toreado cerca de 3.000 reses.
Pero aquí viene quizá lo más curioso: Marcial no terminó de alejarse nunca del toro. Siguió hablando de él, apoderando toreros y frecuentando aquellas tertulias donde los viejos maestros podían pasar horas discutiendo sobre una faena, un toro, un quite o una colocación.
Y es que Lalanda pertenecía a una generación que entendía el toreo también como oficio, conocimiento y conversación.
Fue admirador de Joselito, de quien decía haber aprendido mucho, aunque reconocía la revolución que había supuesto Belmonte.
Y tuvo también sus días malos.
Él mismo recordaba que Santander y Gijón fueron plazas fatales para él, hasta el punto de haber tenido que salir de ambas custodiado por la Guardia Civil después de algunas actuaciones.
Eso también es la historia del toreo: no solamente las tardes gloriosas, sino las broncas, los fracasos, las plazas difíciles y el torero que tiene que volver al día siguiente a ponerse delante del toro.
Y cuando murió, su nombre ya llevaba décadas convertido en música. «Marcial, eres el más grande», el pasodoble de Martín Domingo, había hecho de su nombre una pieza inseparable del ambiente taurino.
Así que hoy, 20 de septiembre, quizá merezca la pena levantar la copa en una imaginaria tertulia y brindar por aquel muchacho de Vaciamadrid.
Por Marcial Lalanda.
El torero de la aritmética.
El de la mariposa.
El joven maestro.
El ganadero.
El hombre de tertulia.
Y, sobre todo, uno de aquellos toreros que no se limitaban a pasar por la historia del toreo: dejaron conversación para muchas generaciones después.
Texto e ilustración de Antonio Román Romero Septiembre de 2026 ®

