miércoles, 9 de octubre de 2019

UN POCO DE FRASCUELO


A todo el que me ha cogido lo he matado!
—decía con frecuencia Salvador.
Y era verdad. Ni aquel toro de Hernández, que en la corrida del Gran Pensamiento hirió gravísimamente en el vientre a Salvador Sánchez, ni aquel otro de Veragua que en Valladolid le predijo una dolorosa ruptura en la clavícula izquierda, ni otros muchos que engancharon, voltearon, pisotearon y magullaron al espada incomparable, vieron ¡salir ensangrentado del redondel a su adversario, porque todos rodaron a sus pies heridos en el morrillo por el estoque sin rival del famoso torero. Frascuelo so olvidaba de la mano izquierda en el momento de entrar a matar. Sus banderilleros, y especialmente Pablo Herráiz, no se apartaban del maestro en el supremo instante, y al verle liar el trapo rojo y clavar con furia la mirada en la cruz de la res, poniendo sus cinco sentidos para «herir en o alto», un grito de angustia llegaba a los oídos de Salvador:
—¡Maestro... esa muleta!
Y aquel aviso providencial imprimía al paño rojo un movimiento de izquierda a derecha, que salvaba al torero de una cogida inevitable, pues el bicho, recogido en los vuelos del percal, salía de la reunión herido de muerte para caer a los pocos pasos del valeroso espada. Viejos y jóvenes han reconocido siempre a Salvador como el primer matador de toros de tojas las épocas. Habrá habido y aún hoy habrá diestros con mayor conocimiento en el arte de lidiar reses bravas, más elegantes, más completas; pero matar toros frente a frente, de poder a poder, administrando el volapié como dicen que le administraba Costillares, ninguno como Salvador Sánchez Frascuelo. Lagartijo y Frascuelo llenan una época de la tauromaquia; quizá la más grande, la más gloriosa de la tiesta nacional. Veteranos recalcitrantes de esos que creen que todo «tiempo pasado fue mejor», convienen al fin en que Frascuelo y Lagartijo, con su supuesta rivalidad, enardecieron los ánimos y entusiasmaron a la afición, más que Cuchares y Chiclanero con sus famosas competencias. Lagartijo decía:
—El primer frascuelista, soy yo. Salvador contestaba:
—Sólo Lagartijo me aventaja matando.
Ambos decían verdad, porque los maestros se admiraban mutuamente cuando toreaban juntos en alguna plaza.
—Eso que hace Rafael con la muleta no hay quien lo haga
—decía Frascuelo.
—Matar como mata Salvador, no hay quien mate
—replicaba el cordobés. 

Y frascuelistas y lagartijistas llenaban con sus apasionadas polémicas y ardientes discusiones el espacio que mediaba de una corrida a otra. Entonces duraban las corridas una semana. Ahora apenas duran una hora. Antes se aquilataba el mérito de un pase de maleta o el valor de una gran estocada. Ahora «todo va bien. La cuestión es acabar pronto. Peña y Goñi, Sánchez Neira, Don Éxito, Carmena Millán y otros escritores taurinos de nota fueron frascuelistas sin negar, como se hace hoy con el adversario, la suprema inteligencia y la suprema elegancia a Lagartijo. Cuando la fama de Salvador se extendía por todas partes, en Córdoba, tierra natal del Gran Califa, preguntaba un día a Lagartijo un paisano suyo que no habla visto torear a Salvador: 

 —Oye tú, eze Frascuelo ¿ez tan bueno como disen? Lagartijo le miró en silencio algunos segundos, como «haciendo coraje» y rompió al fin: 
—Afigúrate tú zi zerá bueno, cuando lo acomparan conmigo. 

Capilla ardiente de Frascuelo

Frascuelo, el hombre de hierro, de quien se llegó a decir que era inmortal, porque las horribles heridas que le producían los toros restañaban como por ensalmo, y lejos de abatir su espíritu, le enardecían, sucumbio, después de diez días de rudo combate con la muerte, sin el cual ha demostrado su habitual entereza. Tantas veces la había visto y hasta buscado en los cuernos de los toros, que pueda decirse que estaba familiarizado con ella. Así es que, en lo más grave de su enfermedad y aprovechando un momento lúcido que le dejaba la intensa fiebre, decía a su íntimo amigo don Vicente Andrés, con una sangra fría verdaderamente espantosa: De esta me voy y no se vuelve, — ¡Dejadme solo! ¡Dejadme solo gritaba lleno de coraje a su cuadrilla cuando algún bicho da mucha romana y macho poder se defendía en el último tercio y la tiraba derrotes que le arrancaban los alamares del pacho y se le colaba, teniendo en un ¡ayl de angustia al público; y es que su valor hallaba especial placer en luchar con el peligro frente a frente, sin ayuda de nadie, y cobraba ante él un empuje temerario. También en los momentos más difíciles y más supremos de la enfermedad que le ha conducido al sepulcro, decía a los parientes y amigos que estaban a su lado: ¡Dejadme solo! Cuando la fiebre bajaba y la lucidez volvía al cerebro y la energía al corazón y él mismo llegaba a abrigar esperanzas de su salvación, apresurábase a llamar a su cabecera a la familia para abrazarla, Para infundirla alientos, porque cuantos peligros ha corrido jamás le preocuparon por sí, sino por los suyos a quienes sacrificó toda la vida. Sobre una mesa de disección, en la que será embalsamado, yace su cuerpo cubierto con una sábana, y a su semblante asoma aquella típica sonrisa que descubría en él la afición, cuando cogido y volteado por el toro, se levantaba herido y desangrando para darle muerte. —Le coge esta enfermedad hecho ya polvo —decía noches pasadas su hermano Paco— y, con efecto, desde que se inició han ido acumulándose sobre ella complicaciones hasta el punto de que puede decirse que muerto de todo. Ayer, de madrugada entró en el período agónico; a las once se inició el colapso, y atribulada la familia, llamó al doctor Pérez de Hierro; pero ni las inyecciones de aceite alcanforado, ni de cafeína, ni de éter lograron reaccionar aquel corazón quo ya no tenía fuerzas para latir y a la una y media Frascuelo quedó muerto en los brazos da sus amigos sin exhalar ni un suspiro. Inmediatamente su mujer y sus hijos penetraron en la alcoba, y arrojándose sobre el cadáver le cubrieron de besos, desarrollándose una escena profundamente conmovedora. La esposa del Sr. Porras, que estaba próxima a dar a luz, sufrió una congoja, y su hermana y su madre tuvieron también quo ser apartadas del lado del cadáver, víctimas da una fuerte excitación nerviosa. El pobre Paco, que adoraba a su hermano, lloraba amargamente en un rincón, y Valentín Martin, Lagartijillo, el Chano y el Desahogao, que no se han apartado un instante de la cabecera de Frascuelo desde que cayó enfermo, se dispusieron a lavar el cadáver del que fue su maestro.


Frascuelo y su familia en Torrelodones 1890

El capital de Frascuelo 
A pesar de que Salvador fue generoso hasta la prodigalidad, dilapidando materialmente con sus amigos y con los pobres el mucho dinero que ha ganado en su larga vida torera, deja sin embargo a los suyos una respetable fortuna, de cuyo cuidado se preocupó en estos últimos años especialmente, procurando arreglar sus intereses y darlas productiva inversión. Dejo dos casas en la calle de la Sombrerería, valuadas en unos 60.000 duros; la finca de Torrelodones, valuada en 50.000; cincuenta y cinco mil más en papel del Estado, y alhajas por valor de unos 8.000 duros. Tenía hecho testamento a favor de su esposa.



25 de Junio de1866. Contratado en Tolosa para matar seis toros de D. Raimundo Díaz, se hallaba Salvador Sánchez "Frascuelo" estoqueando el quinto, cuando el sexto derribó á cornadas la puerta, de, chiquero, presentándose en el redondel. En la cuadrilla se presentó un pánico asombroso. Salvador, sin inmutarse. se dirigió al intruso enemigo, y sin previa preparación, de un certero mete y saca lo echó á rodar; después volvió á la suspendida faena, dando muerte al bicho y escuchando una atronadora salva de aplausos. Frascuelo dió la alternativa a Agustín Perera, Hipólito Sánchez Arjona, Luis Mazzantini Eguía, José Centeno, Enrique Santos "Tortero", Ponciano Díaz y Antonio Moreno "Lagartijillo".

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