Hay algo que cualquier aficionado que conserve un mínimo de memoria taurina está viendo con demasiada frecuencia: las corridas se están llenando de toros mansos, descastados, sin raza, sin celo y sin verdadera capacidad para transmitir emoción.
No hablo de un toro que, después de una pelea encastada, termine agotado. Eso ha ocurrido siempre. Hablo de otra cosa: de animales que salen sin interés, que no se emplean, que rehúyen la pelea, que se paran, que se defienden o que simplemente pasan por el ruedo sin decir absolutamente nada.
Y cuando el toro no dice nada, la corrida tampoco tiene nada que decir.
Porque conviene recordar algo elemental: el toro no es un elemento decorativo colocado en el ruedo para que el torero pueda exhibir su repertorio.
El toro es la razón de ser de la corrida.Sin su bravura, su casta, su movilidad, su poder y su capacidad para exigir, la lidia pierde su fundamento.
Una investigación basada en el análisis del comportamiento de 2.577 toros lidiados durante veinticinco años ha puesto de manifiesto una evolución muy significativa en los criterios de selección. El toro moderno ha sido orientado hacia una mayor nobleza y «toreabilidad», especialmente pensando en su comportamiento ante la muleta. Al mismo tiempo, han disminuido parámetros como la codicia, una de las manifestaciones de la casta, y han aumentado determinados signos relacionados con la mansedumbre o la falta de fuerza.
Y aquí puede estar una de las claves del problema.
Durante demasiado tiempo se ha confundido el toro bravo con el toro cómodo.
Se ha buscado un animal que repita, que humille, que permita ligar muchos muletazos y que haga posible una faena larga. Todo eso puede ser magnífico si detrás existe raza. El problema comienza cuando, en nombre de la nobleza, se elimina el temperamento; cuando, buscando duración, se pierde la codicia; cuando se prefiere la docilidad a la emoción.
Porque nobleza no es mansedumbre.
Un toro verdaderamente bravo puede tener clase, humillar y repetir. Pero, además, debe querer pelear. Debe acudir con prontitud, perseguir el engaño, emplearse, crecerse ante el castigo y conservar ese fondo de poder y de raza que obliga al torero a imponerse.
El toro que simplemente sigue una muleta porque se la ponen delante no es necesariamente bravo.
Y otro error frecuente consiste en creer que agresividad equivale a bravura. Tampoco es así. Los estudios sobre el comportamiento del ganado de lidia distinguen claramente ambos conceptos: un animal puede resultar violento, incierto o difícil y, sin embargo, ser manso. La bravura se manifiesta en la decisión de atacar, la repetición, el celo, la movilidad y la capacidad de mantener la pelea.
EL CABALLO HA PERDIDO IMPORTANCIA EN LA SELECCIÓN
Éste es, probablemente, uno de los puntos fundamentales.
La investigación de la Universidad de León sobre la evolución del toro lidiado señala expresamente que el toro predominante en nuestro tiempo se selecciona dando un peso muy importante a su comportamiento en la muleta, mientras que su comportamiento en el caballo ha dejado de tener la importancia que tuvo en otros tiempos.
Y eso tiene consecuencias.
Si el tercio de varas se convierte en un simple trámite y la selección deja de valorar suficientemente la respuesta del animal ante el caballo, estamos renunciando a una de las pruebas fundamentales para conocer el fondo del toro.
No se trata de pedir castigos desmedidos ni de defender una lidia mal ejecutada. Se trata de preguntarnos si puede mantenerse intacto el concepto de bravura cuando una de las pruebas esenciales para medirla ha ido perdiendo protagonismo.
EL MERCADO TAMBIÉN SELECCIONA
El ganadero cría toros, pero no vive aislado del mundo.
Cría para un mercado. Y ese mercado tiene nombres: empresarios, figuras, apoderados y un público que, muchas veces, ha sido educado para considerar bueno únicamente al toro que permite una sucesión interminable de muletazos.
Cuando la demanda premia sistemáticamente al toro previsible, noble y cómodo, la selección acaba orientándose hacia ese modelo.
No es una simple opinión: los trabajos sobre selección reconocen que las características que se valoran en el toro están condicionadas también por las características y exigencias de los distintos mercados y tipos de festejos. La bravura, además, posee variabilidad genética y puede ser objeto de selección. Es decir, lo que se selecciona termina apareciendo en el ruedo.
Y quizá la pregunta incómoda sea ésta:
¿Estamos criando el toro que necesita la Fiesta o el toro que resulta más conveniente para una determinada forma de entender el toreo?
MÁS HOMOGENEIDAD, MENOS SORPRESA
La diversidad de encastes ha sido siempre una de las grandes riquezas del toro de lidia. Cada procedencia aportaba temperamentos, formas de embestir y dificultades diferentes.
Sin embargo, la tendencia hacia determinados troncos genéticos y líneas de mayor demanda ha contribuido a una considerable uniformidad. La propia Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia de México recuerda que, en la actualidad, alrededor del 90 % de las divisas proceden de la casta Vistahermosa, mientras que la evolución de otros encastes ha quedado reducida o marginal.
La uniformidad no significa necesariamente falta de bravura, pero sí puede significar menos diversidad de comportamientos.
Y una Fiesta en la que todos los toros se parecen, todos embisten de forma parecida y todos están concebidos para responder al mismo modelo corre el riesgo de perder uno de sus principales atractivos: la incertidumbre.
Porque el aficionado no debería saber de antemano cómo va a ser la corrida.
TAMBIÉN EXISTEN PROBLEMAS DE MANEJO Y PREPARACIÓN
No toda la culpa es genética.
La condición física del toro, la alimentación, el transporte, el manejo, el estrés y el tiempo de permanencia en corrales y chiqueros pueden influir en su comportamiento posterior. Los estudios científicos han señalado que determinados niveles de nerviosismo y estrés previos a la lidia pueden relacionarse con una menor acometividad y codicia en el ruedo.
Por tanto, cuando un toro se para, se viene abajo o pierde interés, no siempre estamos ante un problema exclusivamente de raza o selección.
Pero tampoco podemos utilizar esas circunstancias para negar una evidencia: hay demasiadas corridas en las que la falta de raza se ha convertido en norma y la bravura auténtica en excepción.
EL RESULTADO: UNA FIESTA SIN EMOCIÓN
Y éste es el verdadero problema.
Una corrida puede tener muletazos técnicamente perfectos, música, orejas, vueltas al ruedo y triunfos estadísticos. Pero si el toro no transmite peligro, poder, emoción ni capacidad de imponerse, al espectador le falta algo esencial.
Porque la emoción taurina nace precisamente del enfrentamiento entre dos voluntades.
Cuando una de ellas desaparece, queda una representación.
Se podrá adornar, alargar y repetir. Se podrán dar cincuenta o cien muletazos. Pero la cantidad jamás sustituirá a la emoción.
La Fiesta no necesita toros imposibles. Nadie sensato defiende eso. Pero tampoco necesita animales domesticados por una selección excesiva hacia la comodidad.
Lo que necesita es el equilibrio perdido: un toro bravo, encastado, con movilidad, con clase si la tiene, pero también con poder; noble, sí, pero no aborregado; repetidor, sí, pero con codicia; toreable, pero capaz de exigir al torero.
Porque un toro que no plantea ninguna pregunta difícilmente puede producir una respuesta extraordinaria.
Y mientras sigamos confundiendo la bravura con la docilidad, la nobleza con la mansedumbre y la duración de una faena con su importancia, seguiremos viendo plazas en las que ocurre lo peor que puede ocurrir en una corrida de toros:
"que no pase nada."
Texto e imagen de Antonio Román Romero Agosto 2026 ®

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