viernes, 28 de agosto de 2026

Una mujer. Una torera. Una leyenda.

 




Un 09 de agosto de 1922,nace en Antofagasta, Chile, Concepción Cintrón Verrill, la mujer que la historia de la tauromaquia conocería como Conchita Cintrón y que, con el tiempo, recibiría el sobrenombre de «La Diosa Rubia». Su nacimiento fue chileno, pero su vida taurina tuvo esencialmente dos patrias: Perú, donde creció y comenzó a torear, y México, donde alcanzó la categoría de figura. Después vendrían España y Portugal, escenarios en los que su nombre quedó definitivamente inscrito en la historia. Desde muy niña mostró una pasión poco común por los caballos. Una de las anécdotas que mejor retratan aquella vocación cuenta que, mientras otras niñas jugaban con muñecas, ella prefería los caballos de cartón. Cuando hizo la Primera Comunión recibió como regalo un caballo de verdad y, según se ha contado, aquel fue uno de los días más felices de su infancia. 

Pero Conchita no quería limitarse a montar. A los doce años ingresó en la escuela de equitación del portugués Ruy da Câmara, quien se convertiría en su maestro y apoderado. Allí comenzó a familiarizarse con el rejoneo, mientras el célebre matador Diego Mazquiarán «Fortuna» le enseñaba los secretos del toreo a pie. Y aquí aparece una de las grandes paradojas de su vida: Conchita Cintrón sería considerada una de las mejores rejoneadoras de su tiempo, pero lo que realmente amaba era torear a pie. Ella misma explicaría años después que prefería enfrentarse al toro cuerpo a cuerpo. El caballo era extraordinario, pero entre el torero y el toro, decía, existía una relación más íntima, más directa y más bella. 

DE LA PLAZA DE ACHO A LA GLORIA MEXICANA

Con apenas trece años, en enero de 1936, apareció por primera vez en público en la plaza de Acho, en Lima, dentro de un festival hípico-taurino. No tardaría en demostrar que aquello no era un capricho juvenil. El 31 de julio de 1938, en Tarma, Perú, se presentó como novillera y comenzó una carrera que pronto adquiriría dimensiones internacionales. Fue el gran matador mexicano Jesús «Chucho» Solórzano quien descubrió sus extraordinarias condiciones y contribuyó decisivamente a llevarla a México. El 20 de agosto de 1939, en la plaza de El Toreo de México, se produjo su presentación. 

El público acudió en buena medida movido por la curiosidad de ver a una muchacha enfrentarse a los toros, pero pronto comprendió que no estaba ante una simple atracción. Había torera. Entre 1939 y 1943 llegó a actuar en más de doscientas corridas y estoqueó varios centenares de toros. Las cifras exactas varían según las fuentes, pero todas coinciden en señalar la magnitud de aquella carrera. Y Conchita empezó a ganarse algo que ninguna campaña publicitaria podía concederle: el respeto de los públicos y de sus compañeros. 

UNA CORNADA Y UNA DE SUS LOCURAS DE VALOR 

Uno de los episodios que mejor explican su carácter ocurrió en México con el toro «Chiclanero». La res la hirió gravemente y Conchita quedó inconsciente. Fue trasladada a la enfermería. Cuando recuperó el conocimiento, se negó a permanecer allí. Quería volver. Regresó a la plaza, terminó su actuación y consiguió matar al toro de una estocada. Después volvió a desplomarse. Aquella escena resume a la mujer que había elegido el toreo como profesión: el miedo podía existir, pero nunca debía gobernar sus actos. No fue la única experiencia dramática. Durante su carrera estuvo presente en varias ocasiones en festejos en los que compañeros de profesión perdieron la vida. Vio de cerca la cara más terrible de la tauromaquia y, aun así, siguió toreando. 

«FORTUNA», SU MAESTRO 

Entre quienes contribuyeron a su formación estuvo Diego Mazquiarán «Fortuna», un torero de extraordinaria personalidad. «Fortuna» había pasado a la historia, entre otras cosas, por un episodio insólito: en 1928, en plena Gran Vía madrileña, se escapó un toro y él salió a enfrentarse con el animal, consiguiendo darle muerte. Aquel hombre de carácter legendario fue quien transmitió a Conchita muchos de los secretos del toreo. No deja de resultar curioso que una de las mujeres más rebeldes de la historia taurina aprendiera a torear de un hombre que también había demostrado que el valor podía aparecer en los lugares y circunstancias más insospechados. 

CONCHITA CINTRÓN LLEGA A ESPAÑA 

En 1945 llegó a España. El 23 de abril actuó en la Real Maestranza de Sevilla como rejoneadora y, semanas después, el 13 de mayo, se presentó en la plaza de Las Ventas de Madrid. Pero en España se encontró con un obstáculo que no había tenido que afrontar de la misma manera en América: las mujeres tenían prohibido torear a pie. Y para Conchita aquello era sencillamente inaceptable. Ella no había llegado a España para ser solamente rejoneadora. Quería hacer lo que sabía hacer y lo que más amaba. Consiguió torear a pie en algunos festejos y plazas donde se lo permitieron, entre ellas Ceuta y Melilla, además de participar en festivales y realizar tentaderos y actuaciones privadas. Pero la historia tenía reservado para ella un último y espectacular desafío. 

JAÉN, 18 DE OCTUBRE DE 1950 

La fecha quedó grabada para siempre en la historia de la tauromaquia femenina. Conchita Cintrón actuaba en Jaén, compartiendo cartel con Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez. Estaba anunciada como rejoneadora. Después de realizar su actuación a caballo quiso hacer lo que verdaderamente deseaba: bajarse del caballo y torear a pie. No le dieron permiso. Conchita hizo caso omiso. Tomó la muleta y se enfrentó al toro. Los alguacilillos intentaron impedirlo. Ella continuó. El público se puso de su parte y la plaza se convirtió en un auténtico tumulto. La torera fue detenida y conducida al palco presidencial. Lo que ocurrió después pertenece ya a la leyenda. La presión popular fue enorme y finalmente se permitió que regresara al ruedo. Recibió una extraordinaria ovación y dio varias vueltas al ruedo. Aquel día, Conchita no solamente había toreado un toro. Había toreado contra una prohibición. Y había ganado. Ella misma resumiría aquella decisión con una sencillez extraordinaria: «No pude evitarlo». 

LA «DIOSA RUBIA» TAMBIÉN FUE ESCRITORA 

Conchita Cintrón se retiró de los ruedos en 1950. Al año siguiente, el 5 de noviembre de 1951, contrajo matrimonio en Portugal con Francisco de Castelo Branco, sobrino de su antiguo maestro Ruy da Câmara. Se estableció en Portugal y tuvo seis hijos. Pero tampoco entonces desapareció del mundo taurino. Escribió artículos para periódicos de México y Perú, entre ellos Excélsior y El Comercio, y escribió sus memorias, que fueron publicadas en diferentes idiomas. Su libro llamó incluso la atención de Orson Welles, extraordinario aficionado a los toros, que escribió el prólogo. No podía ser de otra manera: Welles había quedado fascinado por aquella mujer que había conseguido convertir su propia vida en una aventura taurina. Y Conchita también dejó una frase que retrata perfectamente la intensidad con la que vivía su recuerdo: «Cuando escribo, lloro de pasión». 

VOLVIÓ AL MUNDO DEL TOREO 

En 1991, cuatro décadas después de retirarse, volvió a aparecer públicamente en un ambiente taurino. Fue en Nimes, con motivo de la presentación de la francesa Marie Sara, que comenzaba entonces su carrera como rejoneadora. Conchita, que había tenido que enfrentarse a las prohibiciones para abrirse camino, acudía ahora a respaldar a otra mujer que pretendía conquistar su propio lugar en los ruedos. Era, de alguna manera, el cierre perfecto de una historia. La mujer que había luchado por abrir una puerta para las toreras veía cómo, décadas después, otras mujeres podían atravesarla. 

EL FINAL DE UNA VIDA EXTRAORDINARIA 

17 de febrero de 2009. Lisboa. Conchita Cintrón murió a los 86 años, víctima de un paro cardíaco. Había nacido en Antofagasta, crecido en Lima, alcanzado la gloria en México, toreado en España, vivido en Portugal y recorrido buena parte del mundo. Fue rejoneadora. Fue novillera. Fue torera de a pie. Fue escritora y periodista. Pero, por encima de todo, fue una mujer que se negó a aceptar que alguien decidiera qué podía o no podía hacer dentro de una plaza de toros por el simple hecho de ser mujer. Quizá por eso su figura conserva todavía una fuerza especial. Porque Conchita Cintrón no fue únicamente una extraordinaria mujer a caballo. Fue una torera que, cuando le dijeron que no podía bajar del caballo, bajó. Cuando le dijeron que no podía coger la muleta, la cogió. Y cuando intentaron impedirle torear, toreó. Por eso, al cumplirse hoy 104 años de su nacimiento, merece ser recordada no solamente como «La Diosa Rubia», sino como una de las mujeres que con mayor valor, personalidad y determinación contribuyeron a cambiar la historia del toreo. Conchita Cintrón. Antofagasta, 9 de agosto de 1922 — Lisboa, 17 de febrero de 2009. 

Texto e ilustración de Antonio Román Romero Agosto de 2026

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