viernes, 18 de julio de 2014

BASILIO BARAJAS SANCHEZ


Caballero rejoneador español, nacido en Madrid el 30 de mayo de 1881. Era hermano mayor de otra figura relevante en el planeta de los toros, el matador de reses bravas Fausto Barajas Sánchez. Nacido en el seno de una familia de baja extracción social, desde muy joven se vio forzado a ejercer el oficio de carpintero, circunstancia que le llevó a prestar sus servicios en la antigua plaza de toros de Madrid, donde se ocupó del mantenimiento y la reparación de las barreras. Poco a poco, la innata pasión que sentía hacia el mundo de los caballos le indujo a interesarse vivamente por la cuadra de la plaza; y así, consiguió un puesto en las caballerizas del coliseo madrileño y, posteriormente, fue facultado para actuar como monosabio en los festejos celebrados en el ruedo de la capital.
Al tiempo que mostraba una extraña pericia en el cuidado y la atención de los equinos, Basilio Barajas iba dando pruebas de otra rara habilidad suya, consistente en acudir al quite con arrojo y presteza, siempre a cuerpo limpio, para salvar de las astas de los toros a los picadores derribados. Contaba, para ello, con dos virtudes innatas que le hacían no albergar ningún género de temor en estas situaciones de verdadero peligro: su desaforado valor -que llegaba a confundirse con el arrojo temerario-, y sus magníficas facultades físicas -que, según los cronistas de la época, le permitían saltar la barrera sin necesidad de apoyar las manos.


Fue muy celebrada en las arenas madrileñas esta valentísima disposición del joven Basilio, que en numerosas ocasiones llegó a ser ovacionado por el respetable como si de un oficiante más de la liturgia taurina se tratase; sin embargo, el excesivo protagonismo de que llegó a gozar algunas tardes le costó la dura reprimenda de más de un torero presente en el redondel, celoso de que los aplausos de la afición tuvieran por destino las proezas de un humilde monosabio. Otros diestros, empero, más seguros de sus propias virtudes en el manejo de engaños y aceros, felicitaban efusivamente a Basilio Barajas por sus quites providenciales. Tal fue el caso del genial espada sevillano José Gómez Ortega ("Joselito el Gallo"), cuya grandeza de ánimo y altitud de miras andaba muy por encima de disputas con el personal subalterno.
El caso es que, de tanto frecuentar el trato con los varilargueros y atender las necesidades de sus monturas, Basilio Barajas Sánchez se convirtió en un espléndido jinete, condición que, unida a la enorme afición que sentía hacia el arte del toreo, le condujo a anunciarse como caballero rejoneador. Seguidor de la denominada escuela portuguesa, pronto se convirtió en una de las figuras más destacadas dentro de esta corriente estética del noble Arte del Rejoneo, si bien es cierto que siempre sobresalió más por sus conocimientos técnicos y su impresionante dominio de la montura que por su elegancia y finura en la ejecución de las suertes. A lomos de las yeguas y caballos de su cuadra, hacía gala de un vigoroso poderío que entusiasmaba a la afición, que pronto lo convirtió en uno de sus ídolos entre los toreros ecuestres.


Sin embargo, la fatalidad pronto se cruzó en su camino, para frenar en seco su brillante proyección en el escalafón de los caballeros rejoneadores. El día 12 de octubre de 1924, cuando toreaba a caballo en el coliseo madrileño, al ir a clavar un rejón se produjo una grave dislocación del brazo derecho, con salida del hueso húmero. Esta lesión fue tan grave que, después de habérsele reproducido en sucesivas reapariciones, acabó por apartar definitivamente de los ruedos a Basilio Barajas Sánchez, privando al mismo tiempo a la afición de una figura en ciernes que, de no haber sido por dicho contratiempo, a buen seguro se habría convertido en uno de los rejoneadores más importantes de la historia del toreo ecuestre.
Retirado, en fin, del ejercicio activo del rejoneo, Basilio Barajas no quiso apartarse por completo del planeta de los toros, al que le ligaba no sólo su afición, sino la profesión torera de su hermano menor (a quien el propio Basilio había introducido en este mundillo taurino). Y así, aprovechando sus conocimientos sobre la fauna equina, se hizo contratista de caballos, lo que le permitió seguir estando presente en las principales ferias de la Península. En el desempeño de este oficio, regentó durante varios años las caballerizas de la plaza de toros de Madrid, donde se convirtió en una de los personajes más típicos y respetados del entorno.

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