sábado, 10 de mayo de 2014

Dolores Sánchez: “La Fragosa”


En el mundillo del toro las hubo más célebres, pero sólo esta sevillana de Guillena —donde nadó el 25 de septiembre de 1864— tuvo el honor de verse en la portada de «La Nueva Lidia», para escándalo de la afición machista de su época. De grandes ojos negros, nariz griega, boca de labios finos y pelo de azabache, Dolores Sánchez La Fragosa no disimula, ceñida en su traje de luces, una silueta muy femenina, de morbideces naturales bajo la chupa y de firmes caderas apretadas en la seda torzal y el oro de las taleguillas. Asi se explican situaciones como la denunciada por la revista «El Enano», en su campaña contra el toreo femenino: «Porque al autorizarse a las mujeres tal ejercicio, se atenta contra el decoro, y todavía más en los azares de rodar por el suelo y de tener que saltar la barrera, puesto que los que las reciben en el callejón aprovechan la coyuntura, examinando las partes de sus cuerpos donde creen que han podido recibir daño» (julio, 1853). 

En ningún tiempo ha sido fácil, para las mujeres, afrontar este trance, desde los años de aquella Nicolasa Escamiila La Pajuelera, inmortalizada por Goya, «que entraba cantando a las plazas en busca del toro, como los antiguos españoles entraban cantando en las batallas, sin que el pánico susto les impidiese lo festivo» (Almanaque «Sol y Sombra »). Ni sencillo sustraerse al hecho diferencial del sexo, motivo de pullas como puyas, al estilo de un «Reglamento para el gobierno interior de la Noble y Real Escuela de Tauromaquia », de Sevilla, original del abogado Manuel María Romero: «No se admitirán mujeres en clase de discípulas, a menos que beban vino y fumen y acrediten por información sumaria que sus inclinaciones y fuerzas son varoniles, entendiéndose esto sin perjuicio de la honestidad». Así lo comprenden quienes redactan los carteles de la época, algunos tan descriptivos como éste, que citan Emilia Boado y Fermín Cebolla: «Picarán las valientes y varoniles aficionadas Magdalena García y Mariana Duro, vestidas gallardamente, la primera de aldeana y la segunda de valenciana, a fin de que el público pueda distinguirlas y decidir cuál de las dos es más intrépida. En el desempeño de esta lid, procurarán acreditar que su sexo, aunque débil y delicado, sabe ser decidido, intrépido y arrojado cuando trata de cumplir con exactitud lo que se propone ejecutar, sin que el cuidado de dirigir el caballo ni el manejo de la vara de detener sirvan de obstáculos para presentarse con serenidad ante las reses y castigarlas». 

Yo no sabría decir qué gesto será más valeroso en las señoritas toreras de cualquier época: si el de colocarse delante de un cuatreño, a muleta plegada y mostrando el corbatín, o el de hacerlo frente a un público masculino en su gran mayoría, dispuesto siempre al trallazo de la crítica malintencionada: Cuando clavaban el par y por el suelo rodaban, ciertas cosas enseñaban que ocultas deben quedar. Así les cantaron a la valiente Martina y a La Guerrita, a Rosa Carmona y a La Reverte, caso este último que bien merece un recuerdo, por desconcertante y misterioso. Porque La Reverte, María Salomé, triunfadora en casi todas las plazas, en vez de retirarse cuando el ministro La Cierva prohibe los espectáculos de señoritas toreras, de la noche a la mañana deja de ser María Salomé para presentarse de novillero con el nombre de Agustín Rodríguez. «Llega un momento —dicen los historiadores— en que nadie sabe si María Salomé es una mujer que de pronto se ha convertido en hombre, o si Agustín Rodríguez es un hombre que durante algún tiempo se ha hecho pasar por mujer». Pero no hagamos esperar más a nuestra Fragosa, la primera en usar traje de luces y en rodearse de una cuadrilla de hombres. Uno de éstos, Antonio Escobar El Boto, que siempre está al quite, se deja empapar en el engaño de Dolores y, porque la de Guillena no hace sino darle largas cambiadas, lo que empezó en cargar la suerte con unas pretensiones de tienta y cerrado, se convierte en querencia de la que Escobar queda para el arrastre. 

Lo cierto es que, a pesar de lo arriesgado que le parece dar la vuelta al anillo con quien tanto sabe de cuernos, cambia el tercio, le ofrece matrimonio como Dios manda y rubrica, en la Vicaría, el pase de la firma. Algunos autores piensan que “La Fragosa” se casó con uno de sus banderilleros, Rafael Sánchez “El bebe” y que fue la madre de “Bebe chico”.
Las niñas de Sevilla,
ole salero,
esperaban al toro
junto al chiquero.
Y las peinetas
servían a las niñas
como muletas...
Con el matrimonio, Dolores Sánchez deja atrás sus tardes de triunfo y también los dejos de otra copla con que la musa popular le clavaba banderillas de fuego:
Se llama La Fragosa
Dolores Sánchez,
señorita torera
con mucho aguante.
Pero, pensando,
¿no estaría La Fragosa
mejor fregando?
Fueron rimas cargadas de perversas intenciones,que el crítico taurino Ángel Caamaño “El barquero” escribió pero es justo reconocer que, en esto de las mujeres pisando la arena de una plaza, hay cosas... ...Hay cosas que yo no sé cómo pueden caber en un traje de torero

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